Capítulo 248
Lucas extendió una mano elegante y le ofreció a Anaís una bebida recién preparada, el cristal del vaso capturando destellos dorados bajo la tenue iluminación del salón.
Anaís tomó un sorbo, dejando que el líquido fresco calmara el nudo en su garganta, mientras sus ojos seguían el movimiento de unas figuras oscuras que arrastraban a Damián fuera de la habitación.
Inmediatamente después, Lucas se deslizó tras ellos con paso sigiloso, seguramente dispuesto a arrancarle respuestas al prisionero.
Anaís se quedó sola en el amplio salón, el eco de sus propios pensamientos resonando entre las paredes. Sin rastro de Efraín, el aburrimiento la empujó a explorar los alrededores de Bahía de las Palmeras.
El lugar se alzaba imponente, una extensión vasta y silenciosa salpicada de casas deshabitadas, sus fachadas mudas guardando secretos que nadie parecía dispuesto a
reclamar.
Se acercó a una construcción de líneas extrañas, casi caprichosas, y un murmullo apenas audible se coló por la rendija de la puerta entreabierta. Con un leve empujón, la madera cedió bajo su mano.
Dentro, Efraín reposaba en su silla de ruedas, sus dedos jugueteando con una calma
inquietante, mientras a sus pies Damián se deshacía en llanto y súplicas, un hombre roto que ya no recordaba su antigua soberbia.
-Efraín, te juro que no fui yo, ¡fue Anaís! Ella lo planeó todo, yo solo la provoqué un poco, nunca imaginé que llegaría tan lejos. Esa mujer no trae nada bueno, no sé quién la mandó, pero, por favor, averigualo bien -sollozó Damián, las lágrimas trazando surcos en su rostro desencajado.
Anaís frunció el ceño al percibir un olor metálico que impregnaba el aire. Bajo la mirada y vio las piernas de Damián, inertes y torcidas en ángulos imposibles. Apenas habían pasado diez minutos desde su llegada, y ya estaba destrozado. La brutalidad de Efraín la golpeó como una ráfaga helada.
Dio un paso atrás, y el crujido del suelo traicionó su presencia. Los ojos de Efraín, oscuros y afilados como obsidiana, se encontraron con los suyos a través de la estrecha abertura. Una sonrisa ambigua curvó sus labios, tan serena como enigmática.
Anaís, atrapada por esa mirada, empujó la puerta del todo y entró, decidida a no mostrar
titubeos.
Al verla, el rostro de Damián se contorsionó en una mueca de furia desesperada.
-¡Maldita seas, Anaís! ¡Todo esto es por tu culpa! Si no hubieras metido tus manos en esto, yo no estaría así, ¡tú me arrastraste a este infierno!
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Capitulo 248
Anaís inhaló profundamente, y bajo la atenta mirada de Efraín, descargó una patada certera en la cabeza de Damián.
El golpe resonó en la habitación. La cabeza de Damián se ladeó, y entre un gemido escupió varios dientes, la boca ahora un caos de sangre y desesperación.
Anaís, curtida por años de traiciones y maniobras en el mundo empresarial, sabía exactamente cómo jugar sus cartas. Se volvió hacia Efraín con firmeza.
-Presidente Lobos, no usé ni una gota de veneno. Damián secuestró a mi novio para
presionarme, así que le di vitaminas haciéndole creer que era mortal. Luego me arrepentí y por eso lo traje aquí, como prueba de mi lealtad.
Dicho esto, se inclinó frente a Damián, sus ojos encendidos por una mezcla de alivio y rabia contenida.
-Tú dijiste que le cortaste un dedo a mi novio, ¿es verdad o no?
Damián, aturdido, no esperaba esa calma en ella. ¿No debería estar temblando ante la presencia implacable de Efraín? ¿Por qué actuaba como si nada la perturbara? En su mente, Anaís era tan inhumana como el hombre en la silla de ruedas.
Con la boca llena de sangre, la miró con terror.
Anaís notó un cuchillo en la mano de un guardaespaldas cercano y lo tomó sin dudar.
-Tú le quitaste un dedo a él, yo te quitaré diez.
Damián palideció, el pánico ahogando cualquier grito que quisiera escapar de su garganta.
-¡No, espera! ¡Ni siquiera sé quién es tu novio! Nunca me diste un nombre, ¿cómo iba a secuestrarlo? Solo vi que no hablabas de él como si lo conocieras bien, ¡quise asustarte, nada
más!
Anaís dejó escapar un suspiro de alivio. Z estaba a salvo. Quiso salir corriendo a buscarlo, pero sabía que, una vez dentro de ese lugar, no había marcha atrás tan fácil.
Damián, aferrándose a un último hilo de esperanza, alzó la voz hacia Efraín.
-Efraín, piensa en el abuelo. Él no querría que nos destruyéramos entre nosotros. Si muero, ¿cómo se lo vas a explicar a la familia Lobos?
Apenas terminó de hablar, Efraín, con una calma perturbadora, tomó su arma y apuntó al rostro de Damián.
Las pupilas de Damián se contrajeron en un instante de puro horror. Antes de que pudiera articular otra súplica, un disparo seco atravesó el silencio, y su cuerpo desplomado marcó el fin de sus palabras.
Anaís sintió un sobresalto que le recorrió el cuerpo entero. Sus manos temblaron, y sus dedos se cerraron en un puño mientras tragaba saliva una y otra vez, luchando por mantener la compostura.
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Capitulo 248
En ese momento, entendió con claridad meridiana que tras la fachada tranquila de Efraín latia una naturaleza implacable, un abismo de crueldad que no admitia vacilaciones.
El arma giró con elegancia en la mano de Efrain, y el movimiento la hizo estremecerse. Instintivamente, cayó de rodillas con un sonido sordo, sus palabras escapando en un torrente desesperado.
-¡Presidente Lobos, si me matas, ¿quien te va a arrullar para dormir?
El arma se detuvo en seco. Efrain la observó por un instante, y una sonrisa leve, casi divertida, asomó en su rostro. Con un gesto despreocupado, le entregó la pistola al guardaespaldas a su lado.
Anais comprendió entonces que había leído mal la escena. No había intención de acabar con
ella.
Aprovecho el momento para frotarse las rodillas, aún doloridas por heridas pasadas, y se esforzo por ponerse en pie, aliviada de haber esquivado un destino que, por un segundo, había sentido demasiado cerca.
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