Capítulo 249
Anaís, conocedora de la implacable naturaleza de Efraín, descartó la idea de que él la hubiera asustado adrede. No, él no jugaba a esos pequeños terrores; su crueldad era más directa, más afilada.
Mientras masajeaba su rodilla con dedos temblorosos, murmuraba para sí misma, dejando que las palabras se perdieran en el aire viciado.
Efraín, con un movimiento casi imperceptible, giró las ruedas de su silla y pasó frente a ella. Anaís, como si un hilo invisible la atara a él, lo siguió de inmediato, con pasos cuidadosos que apenas rozaban el suelo.
Tras lo sucedido ese día, un temor reverencial se había instalado en su pecho; no volvería a desafiarlo con ligereza. Si era capaz de aniquilar a su propia sangre sin un parpadeo… Los ojos de Anaís se nublaron con una mezcla de asombro y cautela mientras empujaba la silla, rememorando el destello de incredulidad en la mirada de Damián antes de que la vida lo
abandonara.
Aquel hombre, inmune al encanto femenino, parecía una fortaleza sin fisuras. Anaís sintió un escalofrío trepar por su espalda. Un ser sin debilidades… No era casualidad que reinara en San Fernando del Sol, su nombre resonando más allá de las fronteras como un eco temido y
admirado.
de cuero de Efraín. Anais
Al regresar al vestíbulo, la luz reveló unas pequeñas gotas carmesí salpicadas en los zapatos con un gesto rápido, tomó un pañuelo del aparador y se inclinó para limpiarlas, sus manos moviéndose con precisión casi mecánica.
Efraín observaba en silencio su obediencia, consciente de que ella buscaba redimirse con cada movimiento. Así era Anaís: un camaleón que se adaptaba a cualquier tormenta.
Ella arrojó el pañuelo al basurero y se irguió con gracia.
-Presidente Lobos, con su permiso, me retiro.
-¿Retirarte? -La voz de Efraín cortó el aire con suavidad engañosa-. ¿Y has pensado qué pasará si la familia Lobos descubre que trajiste a Damián aquí de forma tan evidente?
El rostro de Anaís se endureció en una calma fingida.
-Sé que usted, presidente Lobos, tiene todo bajo control.
Efraín, veterano de intrigas y atentados, había tejido una red de lealtades que resolvía cualquier inconveniente. Sus dedos alisaron una arruga en su manga con deliberada elegancia.
-¿Y por qué debería ayudarte?
-En realidad, estaría protegiéndose a sí mismo, presidente Lobos -respondió ella, bajando la vista mientras se rascaba la mejilla con un aire casi casual-. Damián es de su sangre. Si desaparece, el viejo removerá cielo y tierra buscándolo. Si me atrapan, no resistiría los métodos de la familia Lobos y terminaría señalándolo a usted. -Hizo una pausa, su tono
1/2
01:520
sereno pero firme. O podría eliminarme ahora mismo. Para usted sería pan comido. Pero si me quita de en medio, aún tendría que limpiar este desastre. ¿Para qué desperdiciar mi vida si todavía puedo servirle?
La mirada de Efraín se posó en ella, intensa y prolongada, antes de apartarla con una sonrisa tenue. Astuta, pensó.
-Vete.
Anaís salió al auto y, al cerrar la puerta, sintió cómo el sudor empapaba su espalda. Se recostó en el asiento, jadeante, y sacó un pañuelo para secarse la frente, donde las gotas se deslizaban como testigos de su tensión.
Desde ese día, Efraín dejó de ser solo una figura imponente en su mente. Siempre había asumido que él delegaba la violencia, que sus manos permanecían limpias. Pero verlo matar a su propio pariente con tal frialdad… Si Roberto osara traicionarlo algún día, ¿también caería bajo ese gatillo implacable?
“¿Acaso hay algo humano en él?” -se preguntó, mientras el eco de esa duda resonaba en su cabeza. Héctor tenía razón: Efraín era una máquina precisa, una obra maestra de control. No la eliminaba porque aún le era útil, ni más ni menos.
El corazón de Anaís se debatía entre la admiración y el rechazo. Eran de mundos distintos. Bajo su aura dominante, ella no podía más que inclinarse, incapaz de desafiarlo. Él había forjado su trono sobre un océano de sangre, un dios soberano que todo lo dominaba sin pestañear.
Una figura así era tan fascinante como aterradora.
Permaneció en el auto media hora, recomponiendo su alma, admirando su propia astucia. Si hubiera huido despavorida al ver a Damián desplomado, su destino habría sido el mismo que el de él. Efraín, con su elegancia gélida y su desprecio por la debilidad, exigía que quienes lo rodearan fueran tan fuertes como él. Al patear a Damián, rompiéndole los dientes, le había demostrado que compartían la misma fibra.
Aferrada al volante, sus manos sudaban copiosamente.
Tras llegar a casa y ducharse, la calma regresó a su cuerpo. Entonces vio un mensaje de Z.
[Enfermo.]
No solo estaba enfermo; seguramente también furioso. Anaís, exasperada, marcó su número.
-No importa cuánto te enoje, no me dejes sin respuesta. ¿Sabes lo preocupada que estuve?
-Me encanta saber que te preocupas por mí -respondió él, su voz baja, un susurro quejumbroso que siempre la desarmaba.
Anaís suspiró, rendida. Al final, Z solo era alguien que anhelaba sentirse protegido.
2/2