Capítulo 25
Anaís elevó su barbilla con un gesto estudiadamente casual, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa que destilaba malicia.
-Dígame, señor Moratalla -su voz aterciopelada ocultaba un veneno sutil-, si usted lo trata así, ¿qué me garantiza que él no buscará venganza contra mí? Señores oficiales, sean testigos: si algo me llega a pasar, el primer sospechoso debe ser el señor Leopoldo.
La frustración y la humillación se manifestaron en el rostro de Leopoldo como una tormenta contenida. Un hilillo de sangre escapó de sus labios, manchando el impecable piso.
La mirada de Fausto se clavó en Anaís como un taladro, escrutando cada detalle de su rostro. Sus ojos oscuros parecían contener el misterio de aguas profundas.
-Agradezco su intervención esta noche -se dirigió a los oficiales con voz pausada pero firme-. Nosotros resolveremos este asunto internamente y la señorita Villagra recibirá una compensación apropiada. En cuanto a las palabras desafortunadas de Leopoldo, pueden estar seguros de que no trascenderán estos muros.
El mensaje subliminal flotó en el aire como una amenaza velada: cualquiera que osara difundir lo ocurrido enfrentaría las consecuencias.
Anaís ajustó su sombrero con un movimiento elegante, sus dedos rozando el ala con
delicadeza estudiada.
-Parece que todo fue un simple malentendido -declaró con una ligereza calculada-. Pero ya que estamos aquí, permítanme ser clara: yo, Anaís, me precio de mi integridad. El joven señor Moratalla puede ser impulsivo, pero no vale la pena darle mayor importancia.
La ira consumió las últimas fuerzas de Leopoldo, quien con un giro dramático de sus ojos, se desplomó inconsciente.
Tras un breve intercambio entre Fausto y uno de los oficiales, las autoridades se retiraron. La multitud de curiosos se dispersó como hojas al viento, y Leopoldo fue retirado del lugar. Los presentes en el salón, intimidados por la presencia de Fausto, encontraron excusas apresuradas para marcharse.
En cuestión de minutos, el espacioso salón quedó sumido en un silencio expectante, con solo Fausto y Anaís como únicos testigos de su propia confrontación.
Anaís se dispuso a retirarse, pero la voz de Fausto la detuvo como una barrera invisible.
-Señorita Villagra, ha cambiado considerablemente.
Las palabras flotaron en el aire, cargadas de un significado oculto que sugería un encuentro anterior.
“¿Por qué siento que lo conozco?”
Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios mientras respondía:
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Capitulo 25
-¿Acaso el señor Moratalla pretende ofrecerme esa satisfactoria respuesta a través de amenazas, ahora que estamos a solas?
Fausto avanzó con pasos medidos. Su presencia imponente rivalizaba con la de Efraín, llenando el espacio con una autoridad silenciosa que erizaba la piel.
La inquietud comenzaba a trepar por la espalda de Anaís cuando una voz familiar cortó el momento como un rayo de luz en la oscuridad.
-Cuando terminen con todo este teatro, nos vamos.
Al girarse, Anaís descubrió a Efraín sentado en una silla de ruedas, acompañado por dos hombres que emanaban un aire de distinción natural, muy diferente a la vulgaridad de Roberto y sus secuaces. La nobleza en sus gestos y posturas hablaba de una educación refinada y genuina.
Fausto extrajo una tarjeta de su bolsillo, pasándola frente al rostro de Anaís con un movimiento
deliberadamente lento.
-¿Dos millones serán suficientes?
El soborno era tan evidente como efectivo: comprar el silencio sobre los eventos de esa noche y asegurar que Leopoldo mantuviera su distancia, al menos temporalmente.
Anaís tomó la tarjeta con la punta de sus dedos, como quien recoge una pluma caída.
-Lo sucedido esta noche… ¿qué cosa? Que pase una excelente velada, señor Moratalla.
Una chispa de diversión bailó en los ojos de Fausto mientras se dirigía hacia donde estaba Efraín, con una mano casualmente hundida en el bolsillo de su pantalón.
La dinámica cambió sutilmente. A pesar de la condición física de Efraín, sus acompañantes lo trataban con una deferencia genuina, y hasta el altivo Fausto modulaba su tono al dirigirse a él. -¿No les pedí que se adelantaran?
La mirada penetrante de Efraín se posó sobre Anaís como una caricia distante.
Bajo la luz ambiental que caía como un velo dorado, Anaís permaneció sola en el centro del salón. Su sonrisa, aunque perfecta, no alcanzaba a ocultar la profunda soledad que la rodeaba en ese vasto universo de intrigas y poder.
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