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Capítulo 250
Anaís respiró hondo, dejando que el aire fresco llenara sus pulmones, y su voz se tiñó de una suavidad casi maternal.
-Voy a comprar las tazas y las pantuflas para parejas, pero al menos dame una dirección, Z. Si no, ¿cómo te voy a encontrar después?
Z, sin rodeos esta vez, le compartió una ubicación precisa, aunque peculiar: un rincón olvidado más allá de las afueras de la ciudad. Anaís, intrigada, investigó un poco. Descubrió que el lugar estaba rodeado de fábricas abandonadas, con un paisaje árido que parecía exhalar desolación. Una punzada de melancolía la atravesó como un suspiro. ¿Tanto tiempo trabajando en Nocturnia y no había logrado más que esto? Sin embargo, guardó silencio y solo le prometió visitarlo esa noche.
Hacía semanas que no se daba un capricho, así que llamó a Fabiana para que la acompañara de compras. Fabiana, con su entusiasmo habitual, aceptó de inmediato y acordaron encontrarse en el centro comercial.
Paseaban por la zona de lujo cuando los ojos de Anaís se posaron en unas pantuflas exquisitas: dos mil pesos por par, diseñadas para parejas. Eran un derroche, pero su corazón ya las había reclamado. Fabiana, que se había esmerado en su arreglo con un vestido ligero y el cabello suelto, dejó escapar un leve jadeo al ver el precio.
-Anaís, ¿no te parece que son un poco excesivas?
Anaís estiró la mano para tomarlas, pero otra mano, más ágil, se adelantó y las arrebató. Una voz cargada de burla cortó el aire.
-Si no tienes con qué pagarlas, mejor ni las toques. Estas cosas no son para quienes tienen que apretarse el cinturón dos meses para permitírselas.
Anaís alzó la vista y reconoció a Sofía, impecable con su sombrero elegante, una trenza cayendo sobre el hombro y gafas oscuras que gritaban opulencia. Al verla, Sofía soltó una risita mordaz y agitó las pantuflas como un trofeo.
-Anaís, ¿qué haces jugando a la rica si tu familia apenas te mantiene? Y esa que traes contigo, tan sencilla… parece mesera de algún restaurante barato. Aunque tenga dinero, quién sabe de dónde lo saca.
Fabiana apretó los labios, sus mejillas encendidas por la humillación mientras las miradas curiosas del lugar caían sobre ellas como agujas. Anaís, con un gesto protector, la puso tras de sí y encaró a Sofía con una calma que desmentía la tormenta en su interior.
-Señorita Lobos, sus palabras hieren más de lo necesario.
Sofía, con desprecio, lanzó las pantuflas hacia Anaís. El golpe en la cabeza le arrancó una mueca de dolor, pero no se inmutó.
-¿Que hieren? Esto es nada. Eres una miserable que ha hecho llorar a Barbi hasta hundirla en
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tristeza. ¿Y aquel día en el Grupo Lobos, cuando me arrojaste un archivo en la cara? Hoy te toca pagar por cruzarte conmigo. Siempre me has repugnado.
Sin mediar palabra, Anaís tomó su bolso y lo lanzó con fuerza hacia Sofía. El impacto abrió una pequeña herida en su frente, y la sangre comenzó a deslizarse mientras Sofía, entre gritos y lágrimas, se deshacía en pánico.
-¡Anaís! ¡Esto no se queda así! ¡Haré que Efraín te despida! ¡Te destrozará, ya lo verás!
Sofía había salido sola ese día, buscando un regalo para Efraín, y ahora corría hacia su auto, marcándole entre sollozos histéricos. Anaís, inmóvil frente a la tienda, giró hacia Fabiana con
una calma casi irreal.
-Fabiana, ¿estás bien?
Fabiana, pálida como el papel, negó con la cabeza.
-¿Y si mejor nos vamos a otro lado? La señorita Lobos tiene algo de razón, esto está fuera de nuestro alcance.
Anaís le dio una palmadita en el hombro, su voz cargada de una calidez reconfortante.
-No te aflijas. Nadie dijo que tienes que comprar para disfrutar mirando. Además, estoy feliz, enamorada. Te regalo un par a ti también.
Fabiana esbozó una sonrisa tímida, aunque una sombra persistía en su mirada. Anaís compró dos pares de pantuflas y, de paso, se detuvo ante unas camisas blancas. Recordó el cuerpo de Z: alto, al menos un metro ochenta y tres, con una figura sólida que sus manos aún podían trazar en la memoria. Fabiana la seguía de cerca, su curiosidad por aquel misterioso novio creciendo con cada paso.
-Anaís, ¿y si invitas a tu novio a cenar algún día? Yo invito. Me muero por saber qué clase de hombre te conquistó.
Anaís, sosteniendo la camisa, respondió con una risa ligera.
-No es precisamente un galán y se siente inseguro por cómo luce. Si no quiere salir, no lo voy a presionar. Ya le preguntaré, pero por ahora seguro que prefiere quedarse en casa.
“Un camarero poco atractivo… ¿En serio Anaís se fijó en alguien así?” Fabiana tragó saliva, dudando antes de insistir.
-¿Y qué tan lejos han llegado ustedes dos?
Anaís soltó una carcajada mientras pagaba en la caja.
-Vaya, sí que te intriga. La verdad, todo pasó rápido. Ya exploramos todo lo que había que explorar y estamos encantados el uno con el otro. Eso sí, se enoja por nada. Es tranquilo casi siempre, pero cuando se molesta, no hay quien lo haga razonar.
La sonrisa radiante de Anaís terminó de convencer a Fabiana de que, en efecto, estaba con un camarero. Suspiró aliviada y, con cautela, preguntó:
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-¿Y el presidente Lobos lo sabe?
-¿Efraín?
Anaís frunció el ceño, desconcertada por la mención, pero respondió despreocupada.
-Se lo conté hace poco y no dijo ni una palabra.
Cargaron las bolsas con ropa, pantalones, tazas y más, hasta que las manos de Anaís apenas podían con todo. Quiso invitar a Fabiana a comer, pero una llamada la obligó a despedirse para atender un asunto de trabajo.
Eran las siete de la noche cuando Anaís dejó las compras en el auto y marcó a Z.
-¿Ya cenaste? Todavía estoy en el centro comercial. ¿Te llevo algo?
-No tengo hambre. Solo quiero devorarte a ti.
El teléfono pareció arder en su mano, y un rubor instantáneo trepó por sus mejillas.
-Z, ¿entonces ya no estás molesto?
“¿No se fue furioso después de lo de las aguas termales? Y ahora, de pronto, todo está bien. Qué impredecibles son los hombres“, pensó ella.
-No estaba molesto contigo.
-Está bien, está bien. Si dices que no estabas molesto, te creo. Ya voy para allá a verte.