Capítulo 251
Tras más de una hora al volante, Anaís llegó por fin a aquella vieja casa de campo, un refugio desgastado por el tiempo. La construcción, con al menos dos décadas a cuestas, se alzaba entre colinas olvidadas, rodeada de un caos de escombros y materiales de construcción abandonados que teñían el paisaje de una melancolía sombría. En el patio, entre la maleza descuidada, una tumba solitario destacaba por su pulcritud, adornada con flores frescas que contrastaban con el abandono general.
“Qué soledad debe de ser vivir tan apartado, con esa tumba como única compañía“, reflexionó Anaís, sintiendo un nudo en el pecho. Las ventanas, selladas con tablas, bloqueaban cualquier atisbo de luz, sumiendo el interior en una penumbra perpetua, como si la noche se hubiera instalado allí para siempre.
Tocó el timbre y, antes de que pudiera insistir, una mano la arrastró con urgencia al interior.
-¡Oye, tranquilo! Las cosas que compré siguen afuera -protestó, girando la cabeza para explorar el espacio apenas iluminado.
Sin mediar palabra, él la atrajo de nuevo, atrapándola en un beso profundo y voraz. Anaís se rindió al torbellino, sus piernas flaquearon mientras él la guiaba al sofá. La impaciencia de él era palpable, un fuego que no admitía pausas.
Recostado bajo ella, su nuez de Adán se movía con un ritmo hipnótico mientras sus manos se aferraban a la cintura de Anaís con una mezcla de fuerza y deseo. Ella apoyó las palmas sobre su pecho, sintiendo el galope desbocado de su corazón.
Como un felino buscando calor, se acurrucó contra él y murmuró:
-¿Entonces esta es tu casa?
De no ser por él, jamás habría puesto un pie en un rincón tan perdido del mundo.
Él, visiblemente complacido, respondió con una pregunta:
-¿Te incomoda?
-No, me entristece imaginarte aquí solo. Ni tiendas, ni vecinos… ¿Nunca charlas con alguien?
Él alzó la vista hacia ella. Aunque la escasa luz difuminaba sus rostros, parecía percibir la inquietud en su mirada. Una chispa de plenitud lo recorrió, como si pequeñas burbujas estallaran en su interior.
Anaís dejó escapar un gemido suave, casi involuntario.
-No me gusta hablar con la gente dijo él, su tono ligero, casi juguetón esa noche.
No era de extrañar que siempre contestara sus mensajes al instante, salvo cuando la ira lo dominaba; su mundo parecía carecer de amigos. Anaís tomó su rostro entre las manos, renunciando a insistir. “Si no quiere conversar, pues no lo hará“, pensó. Vivir en un lugar tan aislado moldeaba, sin duda, una personalidad peculiar.
Capitulo 251
Ella, en su lugar, habría perdido la cordura en cuestión de días.
Ansiosa por descifrarlo, enlazó los brazos alrededor de su cuello. Él depositó un beso tierno en su frente.
-¿Te duele?
-¿No crees que debería?
-Claro.
Apenas terminó de hablar, se desató de nuevo, un vendaval imposible de contener. Anaís se sentía como un bote zarandeado por olas implacables. Él se deleitaba en cada rincón: el sofá, la mesa de las bebidas, cada espacio era un escenario para su fervor. Ella, atrapada en su intensidad, se sorprendía siempre de esa pasión que rozaba lo salvaje, hasta el punto de casi perder la voz.
-Para, por favor -suplicaba, pero él parecía sordo a sus ruegos, como si cada encuentro fuera
el último.
De regreso al sofá, exhausta, respiraba hondo mientras descansaba sobre su pecho. Tras la tempestad, esa calma lenta y persistente era aún más abrumadora. En un impulso, le mordió el hombro.
-¡Apúrate ya!
Él soltó una risa baja y apretó su cintura con firmeza.
Al cabo, ella yacía lánguida en el sofá mientras él, con delicadeza, limpiaba las huellas de su desenfreno. Al sentir sus manos en los pies, intentó apartarlo con un débil pataleo, pero apenas tenía fuerzas. Él la contuvo sin esfuerzo.
-Siempre que te veo, terminamos así de locos -dijo ella, con un dejo de reproche.
Él rozó su pie con las yemas de los dedos y luego lo besó con suavidad.
-¿No te gusta?
Sí le gustaba; pero, ¿no era todo aquello un poco excesivo?