Capítulo 252
Anaís reposaba exhausta sobre el sofá, su cuerpo aún tembloroso por la intensidad de los últimos momentos.
-Me gusta estar así contigo -susurró él, su voz suave como una caricia mientras sus labios rozaban la piel de sus pies, ascendiendo con lentitud.
Ella se sobresaltó, un escalofrio recorriéndole la espalda, y retrocedió instintivamente.
-No, espera, está sucio–protestó, el rubor tiñendo sus mejillas.
“¿Quién hace algo así después de terminar?“, se preguntó en silencio, atrapada en un torbellino de pensamientos que la envolvían como una niebla densa.
El celular irrumpió con su insistente zumbido, cortando el aire. Anaís no tenía fuerzas para contestar, ni siquiera ganas. Intentó alejarlo con un gesto débil, pero él, obstinado, no cedía. El tono seguía resonando, y en un descuido, sus dedos torpes presionaron el botón de contestar.
La voz de Roberto brotó al instante desde el altavoz.
-Anaís, ¿dónde estás? Estoy frente a tu casa, llevo rato tocando el timbre y nada. Sobre el
accidente…
Ella apenas registraba sus palabras. El teléfono se había activado por error, y aunque quería colgar, sus manos no respondían. Con un esfuerzo, presionó la punta de su pie contra el hombro de Z, un intento vano de detenerlo. En la penumbra, cada sonido parecía reverberar con más fuerza, amplificando el caos en su mente.
“Quizá no esté tan mal quedarme aquí, perdida en esta oscuridad con él“, pensó, dejando que la idea flotara como una hoja en un estanque tranquilo.
Tal vez él sabía que la llamada seguía activa, porque su audacia creció, sus caricias se volvieron más osadas, como si quisiera desarmarla por completo. Un relámpago blanco cruzó su mente, y su cuerpo se estremeció con un espasmo incontrolable.
-Mmm… ya, basta -gimió, su voz apenas un hilo.
Él la envolvió en un abrazo cálido, sus manos deslizándose por su espalda con ternura. Anaís, jadeante, se dejó caer contra su pecho, el calor de su piel abrasándole el rostro. Amaba ese aroma suyo, único, un perfume floral elegante que la envolvía como un recuerdo preciado.
La voz de Roberto, ahora teñida de un matiz sombrío, irrumpió de nuevo desde el teléfono.
-Anaís, ¿qué estás haciendo?
El aturdimiento se desvaneció de golpe. Tomó el celular, que había rodado hasta un rincón del sofá, con dedos temblorosos. Su garganta estaba seca, su voz rasposa. Quiso aprovechar un tenue rayo de luz para verlo mejor, pero él adivinó su intención y la atrajo hacia sí, su barbilla descansando en su hombro.
-No mires -murmuró, con una calma que escondía un dejo de posesión.
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Capítulo 252
Esas palabras atravesaron la línea hasta los oídos de Roberto. Un estruendo resonó en su cabeza. Desde que los primeros sonidos extraños llegaron a él, una sospecha había comenzado a carcomerlo. Se había dicho que debía estar equivocado, que Anaís no estaría con alguien más… Pero esa voz masculina, desconocida y cercana, lo golpeó como un mazazo. La furia lo consumió al instante.
-¿Encontraste a un hombre? ¿Anaís, cómo te atreves a estar con otro?
Ella frunció el ceño, abrumada por el ruido que llenaba su mente.
-Es mi novio -respondió con voz firme, aunque cansada-. Voy a colgar, tengo cosas que
hacer.
La envidia nubló a Roberto por completo, y un impulso cruel lo empujó a herirla.
-¿Qué cosas? ¿Seguir revolcándote con él?
Anaís respiró hondo, su semblante endureciéndose.
-Sí, pero eso no es asunto tuyo.
-¡Anaís!
Cortó la llamada sin titubear.
Roberto hervía de rabia, sus puños ansiosos por golpear algo, por alcanzarla. Pero no sabía dónde estaba. Su corazón latía desbocado; al subir al auto, descargó su frustración contra el volante con un golpe seco, las lágrimas brotando sin control.
-¡Anaís, carajo! -grito, su voz quebrándose de furia y dolor.
Tras maldecirla, se desplomó sobre el volante, consumido por el resentimiento. “¿Con quién está ella ahora?“, se preguntó, la mente nublada por imágenes que no podía soportar.
“¿Efrain?”
No, imposible. Conocia a Anais; aunque hubiera cedido ante Efraín, no se entregaría tan rápido. Además, él no le gustaba. ¿Entonces quién era ese hombre que la había cautivado en tan poco tiempo? ¿Un intruso que apareció mientras él lidiaba con Efraín? ¡Maldita sea! Golpeó el volante otra vez, sus ojos enrojecidos por la mezcla de ira y llanto. Se pasó una mano por el rostro, decidido.
“¡Tengo que descubrir quién es!“, se juró, la determinación ardiendo en su pecho como una llama que no se apagaría.