Capítulo 253
Anaís reposaba aún sobre el pecho de Z cuando cortó la llamada, su respiración entrecortada luchando por encontrar un ritmo tras la tempestad de pasión que él había desatado en ella. Él, cómplice de su calma, apenas se movía, sosteniéndola con una quietud casi reverente. En su mente, las palabras de Roberto resonaban como un eco travieso, pintándolos a ambos como amantes furtivos, envueltos en un manto de desenfreno y secreto. Una risa suave escapó de sus labios, irrefrenable.
Z le alzó el mentón con un gesto firme, teñido de una autoridad sutil.
-¿Qué te causa tanta gracia?
-Es que esto se siente como una aventura prohibida -respondió ella, su voz danzando entre la
burla y la confesión.
Un silencio breve se coló entre ellos, como si sus palabras hubieran rozado una fibra oculta. Anaís lo notó y, con rapidez, buscó enmendarlo.
-Mira, mientras no quieras que esto sea público, no te obligaré a enfrentar a nadie. Vendré aquí, a este rincón tuyo, ¿te parece bien?
Le tomó el rostro con delicadeza, como quien consuela a un alma frágil. Él musitó un “sí” apenas audible y hundió la cabeza en el hueco de su cuello, su figura cargada de una melancolía que ella podía casi palpar, Anais pensó en ofrecerle comprarle una casa cerca, con el dinero que Victoria Larrain le había dado, pero temió que aquello lastimara su orgullo. Suspiró, desviando el rumbo de la charla.
-Oye, por cierto, vi una tumba afuera. ¿De quién es?
El frotó la mejilla contra su piel antes de responder, su voz ronca tejiendo las palabras con lentitud.
-De mi hermano.
El corazón de Anais se estrujó, un pinchazo de empatía atravesándola.
-¿Hermano de sangre?
-Si, éramos gemelos.
Arrepentimiento instantáneo. Quiso sellar sus labios, pero él, percibiéndolo, depositó un beso suave en su cuello.
-Él era el brillante. Yo solo sigo aquí, habitando este lugar.
No lo soportó más. Anaís le tomó el rostro y lo besó con una intensidad que buscaba borrar su dolor. Diez minutos después, se apartó, jadeante.
-No digas nada más.
-Claro, te tengo a ti. No me abandones, porque si lo haces…
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-No lo haré–prometió ella, su voz firme como un juramento.
¿Cómo podría dejarlo ahora, sabiendo lo que cargaba? Quería envolverlo en lo mejor del mundo. Si él prefería la reclusión, que así fuera. Si no tenía amigos, ella sería suficiente. Si temía mostrar su rostro, sus ojos lo evitarían. Haría lo que él necesitara. Su alma estaba hecha jirones por él, y apenas había comenzado a descifrarlo. Lo abrazó con fuerza y se acomodaron en el sofá, tan perfectamente encajados que el sueño la llamó.
-¿Tienes sueño? -preguntó él, su voz un susurro.
-Sí, ini te imaginas cuánto me agotaste!
-Mi culpa. Descansa.
Su tono era terciopelo, y Anaís se rindió al sueño entre sus brazos. En la penumbra, él velaba su rostro, besándola hasta que, con un gesto de fastidio, ella lo apartó en sueños. Entonces, él la estrechó aún más, como si temiera perderla. Incluso dormida, Anaís sentía su abrazo como una enredadera que la envolvía sin descanso.
A la mañana siguiente, despertó en el asiento de su coche, envuelta en ropa limpia y con un desayuno caliente a su lado. Se frotó las sienes, renovada por el descanso, y comió con calma. Sabía que él aún escondía su rostro, así que no llamó a su puerta. Terminó y condujo hasta el Grupo Lobos.
Apenas ocupó su lugar en el piso superior, Roberto apareció frente a ella, ojeras marcando su rostro exhausto. Al verla, se levantó de un salto.
-¡Anaís!
Temió que su grito revelara todo al piso entero. Respiró hondo.
-Habla más bajo.
Él soltó una risa cargada de sarcasmo, la tomó de la muñeca y la arrastró a la sala de descanso. Vacía, la soltó y desató su furia.
-¡Anaís! ¿Con quién estabas anoche? ¡Yo desgastándome por el accidente y tú revolcándote con alguien! ¿No te da vergüenza? ¿Fue Efraín? ¿Tan bajo caíste con él? ¡Seducir a tu jefe y al ex de Efraín! ¡Eso es inmoral! ¡El mundo debería repudiarte!
Su voz subía, cada palabra un latigazo de emoción. Anaís, harta, le cruzó el rostro con una bofetada. Roberto se congeló, como si un interruptor lo hubiera silenciado.
-¿Ya te calmaste?
Él se cubrió la mejilla, los labios temblándole. Al verla tan serena, como saciada por otro, apretó los puños con rabia contenida.
-Anaís, solo perdiste la memoria, por eso te enredaste con Efraín.
-¡No es el presidente Lobos! -lo cortó ella, impaciente-. Anoche estuve con mi novio. Es solo
un mesero, no alguien del calibre de Efraín. Roberto, para de enloquecer.
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Capitulo 253
Él quedó pasmado. ¿Novio? ¿Desde cuando?
-No te creo. Seguro es Efraín. Me estás mintiendo. Antes despreciabas a los meseros, ¿cómo estarías con uno? ¡Ven conmigo, te enfrentaré a Efraín!
Los ojos de Anaís se abrieron, incrédulos.
-¿Estás loco?
¿Enfrentar a Efrain? ¿Acaso sabía que él había matado a Damián? Pero Roberto, cegado por su
furia, no atendía razones. Tomó su mano y marchó hacia la oficina del presidente.