Capítulo 254
Anaís sintió un ardor que le subía desde el pecho hasta la raíz del cabello, mientras las miradas indiscretas del personal del piso superior se clavaban en ella y en Roberto como dagas silenciosas.
Roberto irrumpió en la oficina del presidente con una patada que hizo temblar la puerta, y allí estaba Efraín, sentado tras su escritorio, con una serenidad que parecía tallada en piedra. Con una risa cargada de burla, Roberto cerró la puerta de un golpe seco, aislando el murmullo curioso que se alzaba afuera.
Soltó la mano de Anaís con un gesto brusco, como si quisiera desprenderse de algo molesto.
-Habla de una vez, ¿no que tu novio no era Efraín? Entonces, ¿quién carajos te tuvo anoche tan entretenida?
Anaís contuvo la furia que le quemaba las entrañas, mientras un rubor traicionero le encendía las mejillas, delatando su vergüenza. Roberto siempre encontraba la manera de humillarla, especialmente frente a Efraín.
Efraín, imperturbable, seguía absorto en los documentos que sostenía, como si el torbellino de reproches entre ellos no fuera más que un leve zumbido.
Roberto, exasperado por la indiferencia del presidente, avanzó con paso firme y le arrancó los papeles de las manos.
-Efraín, dime la verdad, ¿no estabas tú con Anaís anoche?
Un estremecimiento recorrió la espalda de Anaís al ver el atrevimiento de Roberto. Por un instante, temió que Efraín, con esa calma letal que ya había presenciado, sacara un arma y silenciara para siempre la imprudencia de aquel hombre. Roberto podía ser un necio, pero no merecía un final tan drástico.
Con un movimiento rápido, lo jaló hacia atrás.
-Presidente Lobos, disculpe, no pude contenerlo.
ཀ
Efraín detuvo su pluma en el aire, y al verla proteger a Roberto, sus ojos dejaron entrever un destello de algo indescifrable, quizás cautela. Sin dedicarle más atención, volvió la vista a los documentos y los recuperó con un gesto pausado.
-¿Alguna vez tu novio te ha visto interponerte así por otro hombre?
Anaís, que hasta ese momento había mantenido el rostro firme, sintió cómo una sombra de duda le nublaba el alma.
Efraín continuó firmando con esa calma que desarmaba.
-Ese hombre, además, fue tu prometido alguna vez.
La seguridad de Anaís se desmoronó aún más, pero entonces la voz de Roberto irrumpió con
un tono ufano.
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Capitulo 254
-Ja, ¿y qué si Anaís me defiende? Me tiene aprecio, le importo. Seguro teme que me metas en líos, Efraín, por eso me frena. Parece que tu rival no eres tú, después de todo. Pensé que eras más astuto, pero ni siquiera puedes superar a otro. Ja.
Al notar la indiferencia de Efraín, Roberto se convenció de que el novio de Anaís no era él. ¿Sería entonces un desconocido que ella había encontrado por casualidad?
¡Eso sería pan comido!
En su mente ya trazaba un plan: investigaría a ese tipo y, si resultaba ser un simple mesero, le ofrecería tres millones para que desapareciera de la vida de Anaís. Así, él ocuparía su lugar y dejaría a Efraín mordiendo el polvo de la envidia. Cuanto más lo imaginaba, más se llenaba de una esperanza febril.
Miró a Efraín con un brillo de triunfo, resopló y tomó a Anaís del brazo.
-Anaís, vámonos, tengo nuevas pistas sobre el accidente que he investigado.
Ella se zafó con un movimiento seco.
-Estoy trabajando.
Roberto lanzó una mirada satisfecha a Efraín.
-Perfecto, entonces te espero al salir. Oye, ¿cómo es ese novio tuyo? ¿Por qué no quiere salir contigo? ¿Será que es demasiado feo? Mira, piénsalo bien, por el bien de tus futuros hijos. Si te juntas con alguien así, van a salir igualitos a él.
Anaís lo ignoró y salió a paso rápido, con la cabeza en alto pese al torbellino que llevaba
dentro.
Roberto, hinchado de confianza, pensó que pronto se desharía de ese mesero insignificante que Anaís había elegido. Tal vez el accidente, o las heridas que él mismo le había dejado, la habían confundido, haciéndole creer que los hombres atractivos no eran de fiar.
Corrió tras ella, pero la voz serena de Efraín lo detuvo en seco.
-El proyecto de Ciudad Nueva, te lo encargo a ti.
”
Roberto se quedó paralizado. ¿Ciudad Nueva? ¿Qué demonios era eso?
-No pienso ir, Efraín. No creas que no te tengo calado. Tú también quieres quitártelo de encima, ¿verdad? Al novio feo de Anaís. Jaja, siempre te llevo la delantera, y esta vez no será diferente. Dile lo que quieras al abuelo, me da igual lo que pueda sacar de la familia Lobos.
Mientras no le importaran esas ambiciones, nadie podría doblegarlo.
Efraín alzó una ceja apenas perceptible, dejó la pluma sobre el escritorio y respondió con su habitual tranquilidad:
-No me extraña que ella no te tome en cuenta.
Roberto sintió el golpe en lo más hondo. Era cierto: entre los jóvenes de la familia Lobos, él era
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Capítulo 254
el menos dispuesto a brillar. Antes solo soñaba con casarse con Bárbara, y ahora perseguía a Anaís como un náufrago aferrado a un tablón.
Su rostro enrojeció de vergüenza. Por un momento, se preguntó si debía enfocarse en su carrera. Tal vez así Anaís lo miraría con otros ojos. Pero al cruzar la mirada con Efraín, la chispa de su orgullo se encendió de nuevo.
-Aun si quisiera destacar, será después de ganar a Anaís. Quieres apartarme, pero no voy a caer en tu juego. En un mes haré que termine con ese tipo, y tú te quedarás sin nada.
Con esa declaración, salió con paso firme. Al ver a Anaís sola en su escritorio, absorta en su trabajo, le pareció más hermosa que nunca. ¿Cómo no lo había notado antes? Debía haber estado ciego.
Quiso acercarse, pero la mueca de disgusto en el rostro de ella lo frenó en seco. Sabía que, en ese instante, lo despreciaba.
“Mejor sigo investigando el accidente. Cuando le traiga pruebas contundentes, Anaís me mirará con otros ojos“, pensó, llenándose de una determinación renovada.
Sin embargo, al llegar a su destino y estacionar el auto, un grupo lo sorprendió. Antes de que pudiera reaccionar, le cubrieron la cabeza con un saco y lo derribaron a golpes. Los atacantes fueron precisos, como sombras entrenadas; no buscaban matarlo, pero lo dejaron maltrecho, con el cuerpo tan resentido que apenas pudo moverse.
El dolor de las heridas en la espalda lo envolvió, y entre quejidos, perdió el conocimiento.