Capítulo 255
Anaís, tras la partida de Roberto, se dispuso a ordenar los proyectos pendientes que se apilaban sobre su escritorio, cuando de pronto Sofía irrumpió en la escena. Con pasos firmes, atravesó el espacio sin detenerse y pasó de largo frente a ella, directa hacia la oficina del presidente.
-¡Efraín! – exclamó, su voz temblando de furia.
Sus ojos brillaban, cargados de lágrimas contenidas. La noche anterior había buscado a Efraín en Bahía de las Palmeras para descargar sus quejas, pero no lo halló. Ahora, frente a él, el llanto brotó sin freno.
Efraín alzó apenas la vista, frunciendo el ceño ante el dramatismo de Sofía.
-¡Mira lo que me hizo Anaís! – señaló con indignación. ¡Tuvo el descaro de golpearme en la frente, y ayer sangré como nunca! ¡Tienes que castigarla, Efraín, y que sea duro!
Anaís, desde su lugar, captó la intención de Sofía al instante. Sabía que venía a acusarla, y no le sorprendió.
Cuando la convocaron a la oficina, entró con la guardia en alto, lista para enfrentar lo que viniera. Sin embargo, no anticipó cuánto parecía valorar Efraín a Sofía.
-Presidente Lobos – murmuró, manteniendo la compostura.
Efraín ni siquiera levantó la mirada. Con un gesto seco, le arrojó un documento sobre el escritorio.
–
-Tú te encargarás de negociar este proyecto – ordenó, su tono plano como el filo de una hoja.
Era una colaboración con la familia Córdoba. Anaís sabía bien que Samuel, con su hostilidad hacia ella, la pondría en una posición imposible. El fracaso parecía inevitable.
Sofía, al escuchar la asignación, dejó que una chispa de deleite iluminara sus ojos. Se aferró al brazo de Efraín con una sonrisa triunfal.
-¡Efraín, sabía que tú siempre me cuidas como nadie! – exclamó, su voz cargada de satisfacción.
Luego giró hacia Anaís, con una mirada cargada de burla.
-Jeje, la familia Córdoba, ¿eh? Todos saben que te odian a muerte. Ya quiero verte sudar la gota gorda con ellos. Un consejito de amiga: no los hagas enojar. Para los Córdoba, hacer desaparecer a alguien sin dejar rastro es pan comido.
Con el respaldo de Efraín, Sofía se sentía intocable.
Anaís sintió un peso oprimiéndole el pecho, aunque no lograba descifrar del todo por qué. Tomó el documento con manos firmes y se dio la vuelta para marcharse, pero la voz de Efraín la detuvo en seco.
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-¿Estás satisfecha?
preguntó él a Sofía, refiriéndose claramente al castigo impuesto.
Sofía esbozó una sonrisa radiante.
-Claro que sí, muy satisfecha. Dime, Efraín, ¿vas a volver esta noche a la mansión? Escuché que el abuelo quiere reunirnos a todos. Seguro tiene algo importante que decir, ¿no crees?
Anaís cerró la puerta tras de sí, con una incomodidad que se aferraba a su piel como una sombra persistente.
Sin embargo, pronto se sacudió esos pensamientos. Al fin y al cabo, ella no era nadie especial para Efraín. Que él inclinara la balanza hacia Sofía no debería sorprenderla.
Soltó una risa amarga para sí misma. Recordó las últimas palabras que alcanzó a oír: Anselmo probablemente anunciaría algo sobre Damián, perdido en el silencio, inalcanzable para la familia Lobos. Tal vez sería una advertencia para ciertos imprudentes.
Lo que Anselmo ignoraba era que su hijo menor, tras esa fachada despreocupada y carismática, escondía una mente implacable.
Anaís permaneció en su puesto hasta las diez de la noche, sumida en un malestar que no la abandonaba. Finalmente, desahogó su frustración con Z.
[Mi jefe está ciego. No entiendo cómo puede favorecer a alguien como Sofía.]
Z tardó unos minutos en responder, dejando que el silencio se alargara.
[¿Te sientes mal por eso?]
Anaís no había sentido el aguijón de la tristeza hasta esa pregunta. De pronto, una punzada le atravesó el ánimo.
Se había permitido soñar que ella y Efraín navegaban el mismo rumbo, pero ahora él la arrojaba a los lobos de la familia Córdoba. Era casi como firmar su condena.
“Qué ingenuos son los hombres a veces” – pensó con un dejo de ironía.
[Un poco. No logro entender por qué se inclina por alguien tan vacío.]
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[Todos tienen sus motivos, supongo. Procura mantenerlo a raya de ahora en adelante.]
Anaís no tenía muchas opciones. Evitar a Sofía no bastaría; esa mujer la buscaría sin descanso para seguir pinchándola.
Recogió sus cosas, lista para dejar el Grupo Lobos, cuando al salir divisó a Sofía flanqueada por dos guardaespaldas. La escena no auguraba nada bueno.
Sofía nunca había tenido reparos, ni siquiera frente a Efraín. Ahora, esperándola con intención, menos aún se contendría.
Anaís dio un paso atrás y regresó al ascensor con el pulso acelerado.
Desde el pasillo, la voz de Sofía resonó cargada de veneno.
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-¡Anaís, maldita! Si tienes agallas, no te escondas en casa. Cada vez que te vea, te voy a hacer papilla. ¡Efraín está de mi lado, no le temo a nada!
El ascensor ascendió de nuevo, llevándola al último piso.
A esa hora, el lugar estaba desierto. Solo ella permanecía, atrapada entre el cansancio y la amenaza. Su auto aguardaba en el estacionamiento subterráneo, pero los hombres de Sofía estarían ahí, acechándola. Si evitaba ese camino, quedaría acorralada, expuesta a un desenlace doloroso.
“¿Y si me toca dormir aquí esta noche?” – se preguntó, frotándose los ojos agotados. Había trabajado sin parar y el cuerpo le pedía tregua.
Se desplomó sobre el escritorio, dispuesta a cerrar los ojos un instante, cuando el sonido del ascensor la sobresaltó. Temió que fuera Sofía, pero al girar vio a Roberto emergiendo entre las puertas.
Nunca había sentido tanto alivio al verlo, aunque su estado era alarmante.
-¿Roberto, qué te pasó? – preguntó, acercándose con cautela.
Pálido y tambaleante, parecía a punto de desfallecer. Aun así, tomó su mano con una fuerza inesperada.
-Mis guardaespaldas me avisaron. Dijeron que Sofía estaba aquí, fastidiándote, y no lo pensé dos veces. Vine por ti.
Había despertado apenas una hora antes, sin pistas sobre quién lo había atacado. Pese al dolor, se arrastró desde la cama para encontrarla.
Anaís liberó su mano con suavidad, notando cómo él retrocedía, apenas sosteniéndose en pie.
Frunció el ceño, pero al verlo tambalearse, lo sujetó por instinto.
Un brillo de satisfacción cruzó los ojos de Roberto. Presentarse herido había tocado una fibra en ella.
Tosió débilmente, apoyándose en su hombro.
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-Esta mañana quise seguir investigando el accidente murmuró -, pero apenas pisé la calle, alguien me emboscó. Terminé en el hospital. Desperté hace nada. Anaís, ¿no te parece que alguien está desesperado por ocultar la verdad?
Ella lo observó. Su debilidad no parecía un teatro.
Roberto podía ser un necio, pero no merecía un final tan cruel.
Con un suspiro resignado, lo ayudó a estabilizarse, aunque sin ocultar su impaciencia.
Él aspiró el aroma dulce de su perfume, los ojos enrojecidos por el esfuerzo.
–
-Anaís… susurró, con una mezcla de gratitud y anhelo.
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