Capítulo 256
Apenas terminó de hablar, la puerta de la oficina presidencial se abrió de golpe. Efraín, sentado en su silla de ruedas, dirigió una mirada fugaz hacia ellos.
Anaís estaba de pie junto a su estación de trabajo, mientras Roberto se apoyaba en ella, en una postura que destilaba una incómoda cercanía.
Los dedos de Efraín, aferrados a los reposabrazos de la silla, se tensaron sutilmente, como si un eco de crispación recorriera sus manos.
Un pensamiento cruzó como un relámpago la mente de Anaís: ¿y si el ataque a Roberto había sido idea de Efraín? Esa mañana, Roberto había soltado comentarios imprudentes en la oficina, desafiando la autoridad de Efraín sin llegar al extremo de Damián, quien había pagado un precio mucho más alto por su osadía. ¿Acaso Efraín había decidido darle una lección? Y si Roberto volvía a cruzar la línea, ¿terminaría compartiendo el mismo destino que Damián?
La silla de ruedas de Efraín se deslizó con un murmullo suave hasta detenerse a su lado.
Anaís tragó saliva, adoptando un tono respetuoso.
-Presidente Lobos, no tenía idea de que usted también estaba trabajando hasta tan tarde.
La mirada de Efraín se posó en la mano con la que ella sostenía a Roberto. Sin razón aparente, Anaís sintió un calor repentino recorrerle los dedos, como si esos ojos la estuvieran juzgando en silencio.
Roberto, que había planeado provocarlo con alguna frase mordaz, apenas pudo articular palabra. El dolor lo consumía; su cuerpo temblaba y parecía al borde del desmayo.
-Anaís, me duele demasiado… por favor, llévame al hospital.
Ella pensó por un instante que exageraba, pero al notar el leve estremecimiento de su cuerpo, supo que no mentía. Estaba conteniendo el sufrimiento con todas sus fuerzas. Al parecer se había escapado del hospital.
Anaís respiró hondo, exasperada.
な
-Roberto, ¿qué tienes, cinco años? Con esto, tu mamá va a venir a señalarme y a gritarme en la cara.
Él, sin fuerzas para discutir, solo alcanzó a murmurar:
-Lo siento.
Anaís se quedó sin palabras. Si Roberto hubiera actuado con la arrogancia de esa mañana, su mano ya estaría surcando el aire hacia su mejilla. Pero verlo así, al borde del colapso, la frenó. ¿Abofetearlo ahora? Sería demasiado cruel, incluso para ella.
Con cuidado, lo sostuvo con más firmeza y asintió hacia Efraín.
-Presidente Lobos, nos vamos.
1/3
Esperaba que él no dijera nada, pero, para su sorpresa, Efraín repitió con un tono que destilaba curiosidad:
-¿Nosotros?
Anaís sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una punzada de culpa que amenazaba con enraizarse. Sin embargo, al recordar la indulgencia de Efraín con Sofía, enderezó los hombros con decisión. Sin mirar atrás, llevó a Roberto directamente hacia el elevador, ignorando la figura solitaria que dejaba tras de sí.
Efraín permaneció inmóvil, envuelto en un aura de aislamiento que Anaís, en su prisa, no alcanzó a percibir.
Tras acomodar a Roberto en el asiento del copiloto de su auto, Anaís tomó el volante.
-Celular- El tono de su teléfono irrumpió en el silencio. Era Z llamando.
Con el motor ya en marcha, no tuvo tiempo de contestar.
Roberto, ahora más dócil, sudaba profusamente, recostado en el asiento. Entre jadeos de dolor y preguntas confusas “¿Me voy a morir, verdad?“, era evidente que la infección de sus heridas lo tenía febril y desorientado.
Anaís aceleró, el corazón en un puño, saltándose varios semáforos en rojo para llegar al hospital lo antes posible.
Al llegar, descubrió que los médicos habían estado buscándolo desesperadamente. Roberto se había escapado sin permiso, justo cuando estaban a punto de tratar sus heridas.
Cuando lo entregaron a los doctores, Anaís exhaló aliviada y se dejó caer en un banco del pasillo. Entonces, el celular volvió a sonar con insistencia en su bolsillo.
Al revisar, vio que Z la había llamado treinta veces sin descanso. Alarmada, pensando que algo grave ocurría, contestó de inmediato.
-Z, ¿qué pasa?
-Te extraño. ¿Qué estás haciendo?
+
Anaís no podía contarle la verdad. Sabía que los celos de Z podían volverse un torbellino, y la próxima vez que se vieran, su intensidad podría consumirla por completo.
-Trabajé horas extras todo el día. Acabo de llegar a casa y voy a darme un baño para descansar.
Para vender la mentira, soltó un bostezo exagerado, perfectamente ensayado.
Del otro lado, un silencio se prolongó por unos segundos antes de que Z preguntara, con una
voz grave:
-No me estarás engañando, ¿verdad?
Anaís se irguió, sintiendo un nudo en el estómago. ¿Y si él ya sabía algo? Pero luego lo
2/3
15:27
Capitulo 256
descartó. Z vivía aislado, trabajando como mesero en Nocturnia para sobrevivir. No tenía forma de seguirle el rastro. Era como un cachorro leal, siempre aguardándola con devoción.
Suspiró para sus adentros, relajándose. Estaba siendo demasiado paranoica.
-No te voy a engañar.
-Entonces te creo, Anaís. Te extraño.
Siempre decía esas palabras con una seriedad que rozaba lo solemne, como si cada vez que las pronunciaba temiera que fuera la última.
ด