Capítulo 257
Anaís sintió un cálido cosquilleo en el pecho, como si una chispa de ternura se hubiera encendido en su interior.
“Yo también te extraño. ¿Has usado las pantuflas que te regalé?”
-Si, las he usado -respondió Z al otro lado de la línea, con esa voz suave que siempre lograba
calmarla.
Tras cruzar unas palabras más, cargadas de afecto y promesas tácitas, Anaís colgó el teléfono. El cansancio pesaba sobre sus hombros como una capa invisible, y el anhelo de desplomarse en su cama para dormir la envolvía por completo. Mañana la esperaba un día arduo en la empresa de la familia Córdoba, donde tendría que coordinar un proyecto nuevo. Solo de pensar en las artimañas que Samuel podría urdir para complicarle la vida, un suspiro se le escapó.
Caminó hacia la habitación de Roberto, y fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en las heridas que marcaban su cuerpo. Algunas eran cicatrices pálidas, recuerdos de castigos. antiguos impuestos por la familia Lobos; otras, frescas y enrojecidas, parecían gritar la violencia reciente que había soportado.
Desde el cuello hasta el abdomen, apenas quedaba un rincón de piel sin mácula. La crudeza de las marcas revelaba una brutalidad implacable.
¿Y aun así había reunido las fuerzas para arrastrarse hasta el Grupo Lobos en busca de ella?
El rencor que Anaís albergaba hacia él se desvaneció como bruma al amanecer. Después de todo, Roberto no era más que un hombre privilegiado, un señorito consentido que, sin mucha experiencia en los golpes de la vida, solía dejarse llevar por las voces ajenas.
-¿Ya han tratado sus heridas? ¿Hay algún riesgo? -preguntó al médico, con un tono firme pero teñido de preocupación.
El doctor, secándose el sudor de la frente con un gesto agotado, asintió.
-Sí, ya las hemos tratado, pero este señor es terco como mula. Se escapa cada vez que puede, y las enfermeras ya han recibido más de un regaño de la señora Bolaños. Señorita Villagra, si él le hace caso, por favor, convénzalo. Una infección podría complicarse, y si se vuelve tétanos, sería grave.
Anaís esbozó una sonrisa leve, casi resignada.
-Está bien, mañana hablaré con él.
Apenas terminó de hablar, Roberto despertó. Sus ojos, nublados por la confusión, buscaron los
de ella.
-Anaís, no te vayas, tengo algo que decirte.
Desde que perdió la memoria, ella había cargado una mezcla de fastidio y distancia hacia él.
Pero verlo allí, tan frágil y desarmado, barrió toda su irritación como el viento dispersa las
112
15:27
Capítulo 257
hojas secas.
-Habla rápido, que quiero irme a dormir -respondió, cruzándose de brazos.
Roberto sintió una punzada de melancolía atravesarle el pecho, pero la tragó con esfuerzo.
-Es sobre tu accidente. Te conté antes que el conductor había sido dado de baja, ¿te acuerdas? Cuando alguien queda fuera del sistema, desaparece sin dejar huella. Me pareció raro, así que sospeché que su identidad era comprada desde el principio. Le pedí a un amigo con buenos contactos que investigara, y encontró un rastro del comprador.
Anaís, notando el esfuerzo que le costaba hablar, se acercó y le sirvió un vaso de agua con un movimiento casi instintivo.
Los ojos de Roberto se iluminaron al instante, como si ese sencillo gesto encendiera una chispa de esperanza en su interior. ¡Anaís aún se preocupaba por él! ¡No lo había borrado del todo de su vida! Dio un sorbo lento y, de pronto, los recuerdos lo asaltaron: las noches en que ella le llevaba tamales cuando el hambre lo acosaba, o las veces que aparecía con una sopa caliente en su casa para aliviarle el dolor de estómago. Antes, él apenas lo agradecía.
Cuanto más lo pensaba, más se hundía en una tristeza que le apretaba la garganta, hasta que las lágrimas amenazaron con desbordarse.
Anaís, impaciente, aguardaba a que continuara. Pero al girar la cabeza, lo sorprendió con los ojos húmedos, derramando gotas que caían silenciosas en el vaso.
-Roberto, ¿en serio? ¿Te pones a llorar solo porque te di un vaso de agua?
Él se sonó la nariz con torpeza y dejó el vaso a un lado.
-No es eso, es que las heridas me duelen demasiado, no lo aguanto.
-¿Quieres que llame al médico para que te den algo para el dolor?
-No, puedo soportarlo -insistió, aunque su voz temblaba-. Volviendo al tema, ahora que perdiste la memoria, tal vez no sepas cómo funcionan estas cosas. Cada año, el gobierno hace censos, pero no siempre los hacen bien. Quedan identidades sueltas, y esas se venden en el mercado negro. Valen oro porque pueden borrar el pasado de alguien, incluso si es un delincuente. El conductor que te atropelló tenía una de esas identidades. Al darle de baja, cumplió su propósito. Mi amigo rastreó al comprador hasta San Fernando del Sol, pero estoy seguro de que no fue alguna de las grandes familias de allá.
Roberto había mencionado antes que borrar una identidad por completo requería a alguien con mucho poder. Sin embargo, esta vez insistió en que no creía que fuera obra de una familia influyente.
2/2
15:27