Capítulo 259
Anaís entreabrió los labios, pero por un instante las palabras se le atragantaron, incapaces de rebatir la crudeza de su verdad. Recordó el día en que sus caminos se cruzaron: él, un torbellino de emociones que la envolvió con su amor desbordante, su resentimiento afilado y el eco de una separación que aún lo hería. Aquella intensidad la desarmó, la hizo dudar de sus defensas, y poco a poco, casi sin notarlo, cedió hasta que sus vidas se entrelazaron.
Cuanto más lo conocía, más se abría en ella una herida dulce, un dolor que no explicaba pero que la llevaba a tolerarlo todo, a extender los límites de su paciencia.
-Z–murmuró, su voz apenas un suspiro.
No alcanzó a decir más. Él, con un movimiento brusco, la sujetó por la cintura con una fuerza que parecía querer fundirla en su abrazo, como si así pudiera borrar sus propias palabras.
-Por eso no quiero que veas este lado tan feo de mí -dijo con una voz ronca, cargada de
sombras.
Sin esperar respuesta, abrió la puerta del auto y la cerró con un golpe seco que resonó en la noche. Luego, se alejó, su figura recortándose contra la penumbra como un espectro que huía
de sí mismo.
Anaís permaneció recostada en el asiento trasero, los ojos fijos en la silueta que se
desvanecía. Ni siquiera pensó en arreglarse; su enojo era evidente, y ella aún sentía el calor de su roce palpitándole en la piel. Se incorporó con lentitud, atrapada en el torbellino que él había dejado tras de sí, incapaz de desenredar sus pensamientos.
Buscó un pañuelo en el asiento contiguo y se limpió en silencio, mientras una claridad amarga se asentaba en su pecho. Entonces lo entendió: sus sentimientos eran un reflejo de versos olvidados, como los de aquel poeta que una vez leyó.
Te brindo las calles vacías bajo un cielo sin juramento,
el crepúsculo que cae en su triste desaliento,
la luna que impera en los campos sin fin,
sobre un reino de sombras que no tiene confín.
Te doy la melancolía de su brillo sin par,
de quien solo en su luz supo siempre mirar,
la lealtad sincera de un alma sin creed,
mi soledad abierta, mi penumbra en su sed.
Te entrego el deseo que arde en mi interior,
un anhelo voraz que no encuentra su flor,
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Capitulo 259
mi corazón inquieto, hambriento de paz,
que en su oscuro latir te busca, y no más.
Arrugó el pañuelo y lo arrojó al pequeño basurero del auto. Comprendía su tormento, pero seguir así era un cansancio que pesaba en los huesos. “Tal vez lo mejor sea dejar que respire un poco“, pensó. En el mundo de los adultos, el amor no lo es todo; atarse ciegamente a alguien puede ser un abismo, y si no se cuida, termina por quebrar a quien más quieres.
Con un esfuerzo que le supo a plomo, condujo hasta casa. Una ducha rápida apenas la aligeró antes de desplomarse en la cama. Pero el sueño no fue refugio esa noche; se enredó en imágenes de la piscina termal de Nocturnia, suspendida entre los brazos de Z.
-¿Sabes quién soy? -le preguntaba él, su voz suave como un murmullo entre la bruma.
Envuelto en la niebla, su rostro brillaba, sonrojado y magnético, con una belleza que la atrapaba sin remedio. No recordaba qué había respondido, pero él se encendió de pronto, como si sus palabras hubieran desatado una chispa. Fue una noche de delirio.
Al despertar, el agotamiento la aplastaba, y un pinchazo insistente le taladraba las sienes. Se lavó la cara y cepilló los dientes con gestos mecánicos, casi ajenos. Ya en el auto, revisó su teléfono: un mensaje de Z, enviado a las tres de la madrugada, parpadeaba en la pantalla.
[Lo siento.]
Su corazón, terco, se ablandó un poco. No entendía por qué, pero endurecerse con él le resultaba imposible. Hay personas que, sin lógica alguna, te rozan el alma con las emociones más extrañas.
Había planeado meditar sobre su relación ese día, incluso barajó la idea de romper, de darse un respiro. Pero saber que él había trasnochado hasta las tres, que había escrito esas palabras, deshizo su resolución. Tal vez podían seguir un poco más; tal vez él encontraría el modo de cambiar.
No contestó de inmediato. Encendió el motor y se dirigió al Grupo Lobos. Al llegar a su escritorio, recogió los documentos para el proyecto con la familia Córdoba y se preparó para salir. Pero al alzar la vista, vio a Sofía charlando con Efraín.
Los ojos de Sofía destellaban con una dulzura aniñada, su gesto era delicado. Si no fuera por su veneno disfrazado de encanto, habría conquistado a cualquiera. Anaís, ya de por sí molesta, sintió que la escena le revolvía el estómago. Tomó los papeles y avanzó hacia la puerta para reunirse con Samuel, pero Sofía se acercó a zancadas, cortándole el paso.
-Vaya, ¿vas a ver a Samu? -dijo con una sonrisa punzante-. Felicidades, capaz y hoy terminas otra vez en el hospital.
Anaís apretó los dientes. La acidez de Sofía era insoportable, pero con Efraín respaldándola, no había mucho que pudiera hacer. Forzó una sonrisa tensa y giró para irse, pero Sofía no se contuvo: estiró la mano y le jaló el cabello con saña. El dolor le recorrió el cuero cabelludo como un latigazo.
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Sofía tiró con fuerza, y al ver el gesto de dolor en Anaís, una chispa de placer le cruzó el rostro.
-Anaís, anoche te salvaste de una buena paliza -siseó-. ¿Y ahora vienes a coquetearle a mi hermano? Qué descaro. Te lo digo claro: él no te quiere. Ya te revolcaste con otros; ningún hombre decente va a mirarte dos veces.
Anaís se zafó de un manotazo y se masajeó la cabeza, donde el ardor aún latía.
-¿Ya acabaste? -respondió, su voz cortante pero contenida.
Sofía había venido a provocar, y la chispa de rebeldía en Anaís solo avivó su furia.