Capítulo 26
Efraín desvió la mirada, evadiendo el contacto visual con Anaís.
-¿Qué fue lo que pasó? -preguntó con voz pausada.
La mandíbula de Fausto se tensó visiblemente mientras respondía.
-Ese mocoso fue quien provocó todo. Ya estoy harto de sus tonterías.
Un grupo numeroso comenzó a desfilar hacia la salida del salón. Anaís observó con detenimiento la escena que se desarrollaba ante ella: el séquito que rodeaba a Roberto pertenecía a la élite social, herederos de apellidos ilustres que brillaban con un resplandor prestado. En contraste, los que acompañaban a Efraín eran los verdaderos titanes de la ciudad: herederos de imperios empresariales que no necesitaban presumir su poder porque lo ejercían con la naturalidad de quien ha nacido para comandar. Su presencia transmitía esa peculiar mezcla de refinamiento y desprecio que solo puede cultivarse tras generaciones en la cúspide del poder.
Anaís exhaló suavemente y se dirigió al vestidor para devolver la ropa a Fabiana.
-Anaís, ¿de verdad ya superaste lo de Roberto? -preguntó Fabiana mientras recibía las prendas.
Mientras se cambiaba a su propia ropa, Anaís asintió con determinación.
-Lo medité bien. Ya no quiero seguir viviendo en una fantasía.
Los ojos de Fabiana reflejaron una mezcla de preocupación y curiosidad mientras guardaba el
uniforme.
-Entonces, ¿entraste al Grupo Lobos por Efraín?
Una sonrisa tenue se dibujó en los labios de Anaís.
-¿Cómo crees? Cuando perdí la memoria, pensé que tal vez Efraín tenía alguna conexión con mi pasado, pero ahora veo que está en una dimensión completamente distinta a la mía. Solo quiero concentrarme en mi trabajo, ya no perseguir fantasmas.
El rostro de Fabiana se relajó visiblemente.
-Me alegra que por fin lo entiendas.
Anaís realizó una transferencia rápida desde su celular.
-Aquí están tus diez mil pesos. Me voy, mañana tengo que buscar un nuevo departamento. Donde vivo ahora ya no es seguro.
-Cuídate mucho -respondió Fabiana-. Y no vuelvas a arriesgarte como esta noche. Fausto… no es alguien con quien se pueda jugar.
Anaís arqueó las cejas, sorprendida.
113
19.09
-¿Lo conoces?
Un destello de inquietud cruzó el rostro de Fabiana, quien desvió la mirada precipitadamente.
-Bueno, llevo tres años trabajando aquí. Conozco a casi todos los clientes frecuentes del lugar. Anaís decidió no indagar más y se despidió con un gesto.
La mañana siguiente, apenas había tomado asiento en su escritorio del Grupo Lobos cuando una voz cargada de veneno la alcanzó.
-Hay personas que ven el trabajo solo como una pasarela para cazar hombres. Mejor ni vinieran. Usar trucos tan baratos para robar puestos… cuidado, que un día la vida cobra venganza.
Anaís levantó la vista hacia Fátima Iglesias, la gerente del departamento. El día anterior, aún convaleciente, había enviado su justificante médico, pero era evidente que la mujer no estaba dispuesta a aceptar excusas.
Fátima cruzó los brazos sobre su impecable traje sastre.
-Anaís, los documentos que debías organizar ayer retrasaron a todo el departamento. Así que hoy invitas el café para todos. Que pidan lo que quieran en el grupo.
Las voces de sus compañeros no tardaron en alzarse con entusiasmo.
-¡Gracias, Fátima!
-¡Yo quiero un Starbucks!
Una sonrisa maliciosa curvó los labios de Fátima. Desde el primer día, su antipatía hacia Anaís había sido palpable como una pared de concreto.
-¿Entonces Starbucks para todos, Anaís? No hay problema, ¿verdad?
Sentada en su escritorio, Anaís reconocía que su ausencia en su segundo día laboral merecía una sanción, incluso si había estado enferma.
-No hay problema, pero primero deberían agregarme al grupo de trabajo, ¿no creen?
Sus compañeros más cercanos intercambiaron miradas incómodas, conscientes de que ninguno la había agregado como contacto.
Alguien le mostró un código QR y Anaís lo escaneó de inmediato. Era el grupo departamental, donde también figuraba Roberto entre los miembros.
Los pedidos comenzaron a llegar uno tras otro, y Anaís los fue registrando metódicamente en la aplicación de entrega.
Apenas había completado la orden cuando Roberto emergió de su oficina. Al pasar junto al escritorio de Anaís, sus pasos se ralentizaron hasta detenerse.
Ella mantuvo la mirada fija en su monitor, determinada a ignorar su presencia.
2/3
Capítulo 26
Roberto se inclinó sobre el escritorio, invadiendo su espacio personal.
-¿No tienes nada que decirme? Esta noche estoy libre. ¿Cenamos juntos?
Su buen humor era evidente: la ausencia de Anaís en la reunión familiar de los Villagra la noche anterior lo había complacido, y ahora buscaba entretenimiento para su velada.
El rostro de Anaís se ensombreció.
-Ayer estuve enferma. Podemos salir otro día.
Una risa sarcástica escapó de los labios de Roberto.
-¿No te parece que tus mentiras son demasiado obvias? ¿Qué enfermedad te permite andar de fiesta en La Luna? La familia Villagra te ha llamado mil veces y no contestas.
“Seguramente no puede alejarse de mí, está demasiado enamorada“, pensó él con arrogancia.
Anaís permaneció en silencio, sin energía ni deseos de justificarse.
Roberto golpeó el escritorio con prepotencia.
-Te estoy preguntando si vas a salir esta noche.
-Vete al carajo.
-Sigue con tu teatro. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo bien que mientes.
3/3