Capítulo 260
-¡No he terminado, carajo! ¡Maldita, maldita, maldita!
Sofía apenas había soltado su veneno cuando Anaís, con un movimiento rápido y decidido, lanzó los documentos que sostenía directo al rostro de su agresora. Los papeles golpearon la nariz y las mejillas de Sofía, borrándole por un instante esa mueca de triunfo que llevaba tallada en la cara.
Sofía, con un gesto teatral, se llevó las manos al rostro y corrió hacia Efraín como si buscara refugio.
-¡Efraín, mira lo que me hizo esta loca!
Pisoteó el suelo con furia infantil, exigiendo justicia a gritos mientras sus tacones resonaban en el pasillo.
Efraín apenas desvió la mirada hacia Anaís, quien ya estaba agachada recogiendo los documentos esparcidos. Una opresión sutil le apretó el pecho al verla, pero su voz salió firme,
casi cortante.
-Anaís.
Ella se incorporó con agilidad, los papeles ordenados entre sus manos, y esbozó una sonrisa medida, profesional, como si nada de lo anterior hubiera sucedido.
-Lo entiendo perfectamente, debo disculparme con la señorita Lobos, ¿no es así?
Hizo una leve inclinación, elegante pero cargada de ironía.
-Señorita Lobos, le pido mil disculpas, pero el presidente Córdoba me espera y no puedo quedarme a charlar más con usted.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y se marchó, dejando a Efraín y su silencio atrás.
Sofía, al verla escapar con semejante descaro, sintió que la rabia le quemaba la garganta.
-¡Efraín, esa mujer no te respeta ni un poco! Deberías echarla de una vez. ¿Qué hace ella que no pueda hacer cualquiera? Al fin y al cabo, no es más que una empleada insignificante.
-Sofía.
La voz de Efraín cortó el aire con una seriedad que no admitía réplica.
El corazón de Sofía dio un salto. Sabía que había cruzado una línea, y rápido intentó suavizar el golpe.
-Ay, lo siento, Efraín, me pasé. No te enojes, por favor.
Efraín no respondió. Con el rostro endurecido, dio media vuelta y entró en su oficina, cerrando la puerta tras de sí.
Sofía se quedó fuera, inmóvil. No lo siguió, pero en sus ojos destelló una chispa de malicia
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Capitulo 260
pura. “Maldita Anaís“, pensó. No iba a permitir que esa intrigante se saliera con la suya tan fácilmente.
Anaís ya estaba en su auto, rumbo a la empresa de la familia Córdoba. El motor zumbaba suavemente mientras ella intentaba dejar atrás la escena de la oficina. Al llegar al vestíbulo, se acercó a la recepcionista con paso firme y explicó su motivo con claridad.
La joven detrás del mostrador hizo una llamada breve y luego le dedicó una sonrisa educada.
-Disculpe, el presidente Córdoba está ocupado ahora mismo.
Anaís captó el juego de inmediato. Era típico de Samuel. Forzó una sonrisa serena.
-No hay problema. Represento al Grupo Lobos por un asunto de colaboración. Cuando el presidente Córdoba tenga un momento, por favor avíseme. Estaré esperando en ese sofá de
allá.
Hizo énfasis en “Grupo Lobos“, un recordatorio sutil de que incluso un perro merece respeto por
su amo.
-Claro, le informaré al presidente -respondió la recepcionista con cortesía impecable.
Anaís se acomodó en el sofá. No había desayunado, y su estómago protestaba con pequeños rugidos. Imaginó que Samuel la haría esperar, pero no tanto. Las horas se deslizaron lentas: la mañana dio paso a la tarde, y la tarde se desvaneció en la noche. A las nueve, el vestíbulo estaba desierto; la recepcionista ya se había ido.
Cansada, se levantó y detuvo a un empleado que pasaba por ahí.
-Disculpa, ¿sabes si el presidente Córdoba está disponible ahora?
El hombre la miró y, tras un instante, pareció reconocerla.
-Oh, usted debe ser la señorita Villagra. Lo siento, el presidente se fue a tomar algo a La Luna. Dijo que usted sabría y que puede ir allá a negociar.
Anaís respiró profundo, apretando los labios para contener la frustración.
-Gracias, voy para allá ahora mismo -respondió, dejando ir al empleado.
Sabía que Samuel disfrutaba humillándola, pero no esperaba que despreciara tanto la colaboración. Condujo hacia La Luna, el dolor de estómago creciendo con cada kilómetro. Para cuando llegó, sus dedos temblaban ligeramente. Entregó las llaves al valet y avanzó hacia la sala privada.
Al abrir la puerta, encontró a Samuel cenando entre risas con su círculo de siempre. Reconocía esas caras, pero ninguna le era cercana.
Samuel alzó una ceja al verla, fingiendo sorpresa.
-Anais, Anaís, no creí que vendrías de verdad.
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Capitulo 250
Ella le dedicó una sonrisa estudiada, ocultando el cansancio y el dolor.
-Si el presidente Córdoba me invita, ¿cómo podría negarme?
Los murmullos llenaron la sala. Esos rostros, conocidos en los círculos de poder, no tardaron en diseccionar su presencia.
-¿Entonces esta es Anaís? No es para tanto. No me extraña que tuviera que perseguir a los
hombres.
-Dicen que al final ni siquiera consiguió nada, solo le abrió camino a su hermana.
-¿Bárbara, la de los videos? Vaya familia, los Villagra no se cansan de dar de qué hablar.
-Vienen de abajo, qué esperabas. Su mundo no es el nuestro.