Capítulo 261
Anaís había llegado a ese lugar con el alma bien puesta y los nervios templados, dispuesta a enfrentar lo que viniera.
Ignoró con elegante desprecio las miradas cargadas de veneno que la rodeaban y, con paso firme, se dirigió a ocupar el asiento junto a Samuel.
-Presidente Córdoba, los documentos del Grupo Lobos aún esperan su atención. ¿Cuándo podría darles un vistazo? Mi tiempo está a su disposición, puedo ajustarme a lo que usted prefiera.
Samuel esbozó una sonrisa tenue, casi imperceptible, mientras hacía girar la copa entre sus dedos con un movimiento pausado, como si midiera cada segundo.
-¿Qué? ¿Me vienes a presionar con el nombre de Efraín? No me digas que de verdad crees que le importas algo.
La postura de Anaís se volvió un delicado equilibrio entre respeto y firmeza, su voz suave pero cargada de intención.
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-No me atrevería jamás a insinuar eso, Solo cumplo con lo que el presidente Lobos me ha encargado. Si no lo hago bien, ¿cómo voy a mirarlo a la cara después?
Los ojos de Samuel se oscurecieron por un instante, un brillo frío atravesándolos. Si Anaís hubiera dejado caer una sola palabra fuera de lugar, él habría encontrado la manera de hacerla caer en ridículo. Pero esa mujer era un zorro astuto; cada frase suya estaba tejida con hilos imposibles de cortar.
Se sintió atrapado en su propia red, pero entonces una chispa de malicia iluminó su rostro y curvó sus labios en una sonrisa peligrosa.
—Está bien, si tanto quieres que revise ese contrato, lo haré. Pero hay una condición: vas a besar a la primera persona que cruce esa puerta.
El rostro de Anaís se crispó apenas, un sutil fruncimiento que traicionó su calma. Sabía que si no lograba complacer a Samuel esa noche, el contrato seguiría enredado en sus juegos de poder.
Para entonces, todos en el exclusivo círculo del piso superior sabían que ella era la enviada del Grupo Lobos. Si su actuación flaqueaba y el proyecto se estancaba, las lenguas afiladas no tardarían en despedazarla.
-De acuerdo -respondió, con una seguridad que cortó el aire.
Su respuesta fue tan inmediata que incluso Samuel parpadeó, desconcertado. ¿No tenía novio? ¿Era todo una fachada?
Un destello de diversión brilló en sus ojos mientras alzaba la voz, asegurándose de que todos lo oyeran.
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15:25
-Escucharon bien, señores. La señorita Villagra, para que yo firme ese contrato, besará al primero que entre por esa puerta. Saquen sus celulares, que esto lo aceptó ella solita.
Seguro mañana la imagen de Anaís besando a alguien estaría en boca de todos.
A ella, los rumores de ese mundillo le resbalaban como agua; lo único que le importaba era cerrar el trato.
Los murmullos se alzaron como un zumbido entre los presentes.
-No sé si el que entre va a ser un suertudo o un condenado.
-Si yo supiera que al entrar me besa Anaís, me quedo afuera para siempre.
-¡Ja ja ja! Apunten bien con esos celulares.
La expectativa crecía, todas las miradas clavadas en la puerta del salón, ansiosas por descubrir quién sería el protagonista de aquel espectáculo improvisado.
Un minuto después, la puerta se abrió con una lentitud casi teatral. Al ver a la figura en la silla de ruedas, con una serenidad que parecía tallada en piedra, los presentes se congelaron. Los celulares desaparecieron en un santiamén, guardados con disimulo mientras fingían que nada ocurría.
En ese círculo, todos sabían a quién podían pisar y a quién debían reverenciar. Samuel era un titán, sí, pero Efraín… Efraín era otra cosa. Aunque rara vez se mezclaba en esas cenas frívolas, su sola presencia imponía un respeto que no necesitaba palabras.
Nadie osaba mirarlo con desprecio; su condición no menguaba el aura que lo envolvía como un manto invisible.
Al verlo, el corazón de Anaís dio un salto traicionero, y un escalofrío le recorrió la nuca como un susurro helado.
Samuel, sorprendido por la llegada de Efraín, soltó una carcajada que resonó en el salón.
-¡Efraín, qué puntualidad la tuya! Ja ja, Anaís, parece que la suerte no juega de tu lado esta vez. Vamos, adelante.
Efraín, ajeno al torbellino que se había desatado, habló con una calma que desarmaba.
-¿Qué estás maquinando ahora, Samuel?
Samuel vació su copa de un trago, el líquido brillando bajo la luz antes de desaparecer.
-Solo un juego inocente. Hace un minuto le puse una condición a la señorita Villagra: si besaba al primero que entrara, le firmaba el contrato sin más rodeos. Y mira quién llegó primero. Ahora sí que está en problemas.
El rostro de Anaís dejó entrever un instante de pánico, una mueca que gritaba “estoy perdida“. Besar a Efraín no era algo que se atreviera a hacer, no después de haber visto de cerca la tormenta que ese hombre podía desatar. Desde que lo conoció, lo respetaba tanto como lo temía.