Capítulo 262
Anaís clavó la mirada en Samuel, con un brillo de desafío en los ojos.
-Presidente Córdoba, ¿y si lo cambio por una bebida?
El semblante de Samuel se ensombreció por un instante, pero un recuerdo fugaz cruzó su mente, y una chispa de diversión iluminó sus pupilas.
-¿Qué pasa, Anaís? ¿Tanto te cuesta besar a Efraín? Claro, él es el Efraín de Rober, y la jerarquía entre ustedes está más que definida. Seguro no te atreves. Además, todos sabemos que a nuestro Efraín no le interesan las mujeres. Si de verdad lo besaras, quién sabe si amanecerías mañana. Bueno, te doy una salida: si te tomas diez vasos de vodka, te libero del
trato.
El acuerdo había sido idea suya, y que Anaís intentara retractarse solo avivaba su deseo de no dejarlo pasar tan fácil. Sin embargo, diez vasos de vodka eran una sentencia directa al hospital para cualquiera.
Anais apretó los labios, rehuyendo la mirada de Efraín. No necesitaba verlo para imaginar que él ya lamentaba haber puesto un pie en ese salón. Tomó aire con fuerza, como si el oxígeno pudiera darle valor. Ir al hospital no le importaba, siempre que lograra cumplir su objetivo.
Se acercó con paso firme a la mesa repleta de bebidas. El salón privado, un espacio amplio de casi cien metros cuadrados, exudaba lujo en cada rincón; la mesa, alta y elegante, estaba coronada por una colección de licores finos que destellaban bajo la luz tenue.
Tomó una botella de vodka de alta graduación y, sin dudarlo, comenzó a beber. Por el rabillo del ojo captó a Efraín, inmóvil en su silla de ruedas, con la cabeza gacha, sumido en un silencio que parecía devorarlo. Al vaciar la primera botella, un fuego abrasador le recorrió el estómago. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso, y el aroma punzante del alcohol le inundó los sentidos.
Cuando alcanzó la segunda botella, notó que Efraín se disponía a marcharse. Sus dedos temblaron un instante sobre el cristal, pero aun así destapó la botella con decisión.
Samuel, que observaba todo desde su lugar, no quería que la escena terminara en tragedia. Era obvio que Anaís estaba forzándose más allá del límite, así que alzó una mano con rapidez.
-Está bien, está bien. Para ahí. Ve a esperarme junto a mi auto. Recojo unos documentos y te alcanzo en un momento.
Anaís dejó la botella sobre la mesa y respondió al instante:
-Gracias, presidente Córdoba.
Samuel se apresuró tras Efraín, temiendo que estuviera molesto. Sabía cuánto detestaba esas bromas triviales entre hombres y mujeres.
Apenas se marcharon, el salón estalló en murmullos. Las voces, antes contenidas, se alzaron en un coro de susurros.
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Capitulo 262
-¿Por qué Efraín tiene ese aire tan imponente? Cuando entró, sentí como si una fuerza me obligara a guardar el celular.
-A mí me pasó igual.
-Mi familia siempre me ha advertido que no lo provoque.
Anaís, aún escuchando los ecos de esas palabras, tomó su bolso y esbozó una sonrisa serena hacia los presentes.
-No quiero incomodarlos más. Nos vemos en otra ocasión.
Quienes esperaban verla tropezar se sintieron descolocados ante su calma imperturbable. “No se puede golpear a quien te sonríe“, decían, y ella lo sabía bien.
Caminó hacia el auto de Samuel, tambaleándose ligeramente. El mareo la envolvía como una niebla espesa.
Mientras tanto, Samuel alcanzó a Efraín en el pasillo y, con tono apresurado, soltó una disculpa.
-Efraín, me pasé de copas esta noche y no debí meterte en esa broma. Sé que no soportas esos juegos con mujeres. No lo haré de nuevo, no te enojes, por favor.
Efraín detuvo la silla y, con voz serena, respondió:
-No estoy enojado contigo.
Samuel, empujando la silla desde atrás, frunció el ceño, desconcertado.
-¿Entonces con quién? No me digas que te molesta que Anaís no te haya besado. Si lo hubiera hecho, ¿crees que seguiría aquí mañana? ¿Te acuerdas de aquella modelo que se atrevió a intentarlo? Al día siguiente ya estaba en el extranjero, y hasta ahora no ha vuelto. Todos saben que no te van esas cosas entre hombres y mujeres. Anaís lo captó perfecto: prefirió el vodka antes que arriesgarse contigo.
Al llegar al salón privado donde solían reunirse a solas, Samuel escuchó algo que lo dejó pasmado. Efraín, con voz pausada, preguntó:
-¿Soy guapo?
Si no lo hubiera oído con sus propios oídos, habría jurado que era una alucinación. ¿Qué estaba diciendo Efraín? ¿Desde cuándo le importaba algo así? ¿Y por qué, de todos los hombres, a él le preocuparía?
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