Capítulo 263
Efraín y Samuel permanecían en el salón privado, rodeados por el tenue murmullo de las conversaciones que flotaban como ecos en el aire cargado de aromas a licor y madera pulida.
-Claro que te ves bien, ¿acaso no es evidente? -dijo Samuel, entrecerrando los ojos con esa torpeza suya tan característica en asuntos del corazón. Si dejaras que los medios hablaran a su antojo, no imagino las loas que te dedicarían. Aunque, claro, siempre has sido tajante con eso de mantener tu vida fuera de los titulares.
-Efraín, mira, cuando un hombre empieza a preocuparse por cómo luce, es porque hay alguien rondándole la cabeza… ¿No será que te gusta alguien?
-No–respondió Efraín secamente, bajando la vista hacia las botellas alineadas sobre la mesa. Su mano se alargó hacia una de ellas, como si el gesto fuera un reflejo más que una
decisión.
Samuel, con un movimiento rápido, apartó la botella de su alcance.
-Oye, ese licor pega duro, ¿de verdad vas a tomarlo? Cuida ese estómago, amigo. Me contaron que el viejo te dio una buena regañada hace poco. Mejor agarra algo más suave, ¿no?
Curiosamente, la botella que Efraín había rozado era la misma que Anaís había vaciado antes con tanto empeño. Samuel soltó una risita al imaginarla en algún rincón, luchando contra las
náuseas.
-Apuesto a que Anaís está por ahí, sacándose hasta el alma. Debería andarse con cuidado; cerca de La Luna siempre hay oportunistas acechando a los borrachos. Si la pescan, no la
sueltan ni en tres días.
-¿Oportunistas con los borrachos? -Efraín alzó una ceja, sus dedos tamborileando apenas sobre el reposabrazos de su silla de ruedas, un gesto que delataba una curiosidad casi imperceptible.
Samuel, con una sonrisa torcida, asumió que necesitaba una explicación.
-Así es. Esos pobres diablos que terminan desplomados en la calle… alguien los levanta, y al otro día no les queda más que resignarse. Anaís podrá ser un dolor de cabeza, pero con esa cara, cualquiera caería rendido.
Tras esas palabras, percibió algo extraño en el aire. Efraín estaba distinto esa noche. Antes, sacarlo de su refugio era una odisea; solo cedía tras ruegos interminables de sus amigos. Con el tiempo, se había vuelto más accesible, aunque nunca tomaba la iniciativa. Pero ahí estaba, sin invitación ni motivo aparente.
-Efrain, ¿quedaste de verte con Iván o con Fausto esta noche?
-No.
Samuel frunció el ceño, intrigado. Entonces, ¿qué lo había traído hasta ahí? Iba a insistir, pero un zumbido en su bolsillo lo interrumpió. Era un mensaje de su amante más reciente, esa
15:25
Capitulo 263
mujer que lo tenía atrapado con su chispa y su entrega. Ni el tiempo lograba desgastar lo que sentía por ella.
-Tengo que irme, mi compañía me reclama -dijo, con una sonrisa que no podía disimular-. Quizás un día te la presente.
Efraín observó la alegría que bailaba en los ojos de Samuel y, tras un instante de silencio,
preguntó:
-¿Estás pensando en algo más formal con ella?
Samuel se rascó la barbilla, pensativo.
-No suena mal, la verdad. Soy un as en la cama, y creo que ella no podría seguir sin mí. Siempre viene corriendo cuando la llamo. Deberías intentarlo, Efraín. Esto es mucho más emocionante que cerrar un negocio millonario.
-Hmm -fue lo único que Efraín dejó escapar, un sonido neutro que no revelaba nada. Samuel, sin más que añadir, se despidió con prisa y salió del salón.
El aire fresco de la noche golpeó a Samuel al llegar al estacionamiento. Allí, como esperaba, seguía Anaís, recostada contra la puerta de su auto. Su cabeza colgaba ligeramente, atrapada en un torbellino de pensamientos que el alcohol apenas lograba adormecer.
-Presidente Córdoba -saludó ella, esbozando una sonrisa débil pero persistente.
Samuel, desconcertado por esa calma aparente, no supo qué responder. Tomó el contrato que ella le tendía y lo lanzó al interior del auto con un gesto de hastío.
-No vayas a ensuciarme el carro con vómito -masculló.
-Presidente Córdoba, si algo no está bien con el contrato, no dude en decírmelo -respondió ella, imperturbable.
Él agitó la mano con desprecio, subió al vehículo y arrancó sin mirar atrás.
Anaís permaneció inmóvil, contemplando cómo las luces traseras se perdían en la distancia. Entonces, el ardor en su estómago la doblegó. Lentamente, se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo, con gotas de sudor resbalando por su frente como perlas heladas. Si no hubiera estado esperando a Samuel, ya estaría camino al hospital. Ahora, apenas podía sostenerse.
Y justo en ese instante, como si el destino quisiera burlarse de ella, apareció Sofía.
Sofía avanzaba con un bolso de piel de cocodrilo colgando de su brazo, charlando animadamente con sus amigas sobre cómo Efraín la colmaba de atenciones. Sus ojos se posaron en Anaís, y un brillo malicioso cruzó su rostro. Con pasos firmes, se acercó y, sin mediar palabra, le arrojó el bolso con fuerza.
-¡Anaís! -gritó, su voz cargada de desprecio.
Las amigas de Sofía, testigos mudos, se quedaron paralizadas. Nadie se atrevió a intervenir. El
2/3
15:26
Capitulo 263
bolso, duro como piedra, golpeó la cabeza de Anaís, nublándole la vista y haciéndola tambalearse al borde del desmayo. Con un esfuerzo titánico, logró enderezarse, pero no tuvo tiempo de reaccionar: una patada de Sofía la alcanzó de lleno.
-Eres como una maldita sombra que no me suelta -escupió Sofía-. Vaya donde vaya, siempre te cruzas en mi camino. Qué mala suerte la mía. Te lo advierto, Anaís: mantente lejos de mí, porque si te vuelvo a ver, te voy a moler a golpes hasta que aprendas.
Sin más, le lanzó el bolso otra vez. Anaís, aturdida y sin fuerzas, apenas pudo esquivar el impacto. El dolor en su estómago se intensificó, como si un puñal invisible la atravesara.
Sofía, satisfecha con su obra, se irguió con una sonrisa triunfal y llamó a sus amigas.
-Listo, ya le puse un alto a esta infeliz. Me siento como nueva. Vámonos, yo invito los tragos
esta noche.
Algunas miradas se deslizaron hacia Anaís, cargadas de preocupación, pero el temor a Sofía las arrastró a todas tras sus pasos.
Tendida en el suelo, Anaís sentía cada golpe como una marca ardiente en su piel. El dolor de su estómago era insoportable, una masa palpitante que parecía deshacerse dentro de ella. Un regusto metálico a sangre le inundó la boca. Odiaba a Sofía con cada fibra de su ser, y por extensión, a Efraín, cuyo poder le permitía a esa mujer actuar con tanta impunidad.
Pero Anaís no era de las que se rendían. Aunque la aplastaran hasta convertirla en polvo, su orgullo seguía intacto, brillando como una chispa imposible de apagar. Tal vez fue esa furia lo que la sostuvo; poco a poco, la claridad regresó a su mente.
Con manos temblorosas, se incorporó. Sacó su celular, pero sus dedos vacilaron sobre la pantalla. No sabía a quién recurrir. Finalmente, marcó el número de Fabiana, el único nombre que su mente agotada pudo conjurar.