Capítulo 264
Fabiana irrumpió en La Luna esa noche con el corazón en vilo, y apenas habían pasado diez minutos desde la llamada cuando salió disparada a socorrerla. El aire denso del lugar se
desvanecía tras sus pasos urgentes.
-¡Anaís!
Su voz tembló de angustia mientras la guiaba con cuidado hacia la sala de descanso de los empleados, un rincón olvidado entre el bullicio de risas y copas. Anaís, con el rostro cenizo por el tormento que le retorcía las entrañas, alzó una mano débil para calmarla.
-Estoy bien.
-¿Cómo que estás bien? -Fabiana frunció el ceño, su preocupación tallada en cada gesto-. Me queda media hora de turno. Siéntate aquí, por favor, y luego te llevo al hospital. Toma estos analgésicos, dos pastillas, anda.
Anaís se dejó caer en la silla, apoyando la espalda contra la pared áspera, como si buscara anclarse a algo sólido.
-No quiero tomar nada.
Quería grabar ese dolor en su memoria, dejar que ardiera como una brasa viva, un recordatorio punzante para alimentar su futura revancha contra Sofía.
-Está bien, tú decides -suspiró Fabiana-. Espérame aquí, no tardo.
Anaís asintió con un leve movimiento, y en el silencio que siguió, su mente se nubló como un cielo antes de la tormenta. La sala de descanso, apartada de las lujosas habitaciones privadas de La Luna, era un refugio humilde, casi opaco. Mientras reposaba, el eco de pasos torpes resonó desde el pasillo; no eran los de una mujer, sino un tambaleo pesado que se acercaba. La puerta se abrió de golpe, y un hombre corpulento irrumpió tambaleándose. Sus ojos, vidriosos por el alcohol, se encendieron al posarse en Anaís.
-Vaya, qué sorpresa, una joya escondida aquí. Ven, preciosa, dame un beso.
Se abalanzó hacia ella con la torpeza de un toro desbocado. Anaís, atónita ante la invasión de un borracho en ese espacio reservado, se apartó con un movimiento ágil, casi instintivo. El hombre chocó contra la pared, y el golpe pareció despejarle un instante la mente, aunque solo avivó su deseo.
-No te hagas la difícil. Aquí en La Luna nadie es un santo. La última vez le di veinte mil a una chica y me siguió hasta este rincón sin chistar. Dime tu precio, que mi tiempo vale oro.
El rostro de Anaís se oscureció, una sombra afilada cruzándole los ojos.
-Lárgate.
El hombre, con la furia estallándole en las venas, se lanzó de nuevo hacia ella.
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-No tienes idea de con quién te metiste. Vamos a ver cuánto resistes.
El dolor en el estómago de Anaís era una tormenta rugiente, pero su mente se afiló como una hoja recién forjada. Esquivó sus embestidas una y otra vez, hasta que la rabia del borracho estalló sin freno.
-¡Maldita, hoy te acabo!
Tomó una botella de cerveza que yacía en una mesa cercana y la estrelló contra la pared, esparciendo fragmentos de vidrio como lluvia rota. Con el cuello afilado en la mano, avanzó hacia ella, los ojos inyectados de locura. Anaís, con el pulso acelerado, corrió hacia la puerta y la abrió de un tirón, pero antes de que pudiera escapar, esta se abrió desde afuera.
-Anaís, no me quedé tranquila -dijo Fabiana, entrando con premura-. Le pedí a un amigo que cubriera mi turno. Vamos al hospital ahora mismo.
No había esperado que Fabiana regresara tan pronto. Anaís intentó apartarla del peligro, pero su amiga ya había visto la amenaza: el hombre blandiendo el vidrio roto. Sin dudarlo, Fabiana se plantó frente a ella.
-¡Zas!–
El cristal se hundió en el hombro de Fabiana, y su rostro se descompuso en una mueca de dolor mientras el sudor le perlaba la frente. El hombre, al ver la sangre brotar, retrocedió con una chispa de pánico en la mirada.
-Yo… no quería…
Anaís sostuvo a Fabiana, sus labios temblando de impotencia y miedo.
-¿Estás bien, Fabiana?
Ella se acurrucó en sus brazos, asintiendo con un hilo de fuerza, queriendo hablar pero incapaz de articular palabra. Anaís, con el corazón en un puño, pensó en marcar al 911, pero al alzar la vista, un destello de esperanza la atravesó.
-¡Presidente Lobos!
Efraín estaba ahí, flanqueado por el gerente de La Luna. Este último, con el rostro desencajado, se apresuró hacia ellas, limpiándose el sudor con nerviosismo.
-Ya lo estamos investigando, señorita Villagra. Lleve a su amiga al hospital, rápido.
El gerente tomó a Fabiana con cuidado y corrió hacia la salida. Anaís lo siguió, los ojos enrojecidos por una mezcla de furia y alivio. Mientras avanzaba, gritó al aire, incrédula:
-¿Cómo llegó ese hombre aquí? ¿No es esta la sala de las empleadas?
El gerente lanzó una mirada ansiosa a Efraín, pero no respondió. Anaís apretó el paso hacia donde llevaban a Fabiana, pero al pasar junto a Efraín, él la detuvo con un agarre firme en el brazo.
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