Capítulo 265
Anaís reaccionó con un sobresalto y soltó la muñeca de Efraín como si quemara.
Efraín permaneció inmóvil, atónito por varios segundos, antes de retirar la mano con un silencic que pesaba en el aire.
Anaís evitó su mirada y, con pasos apresurados, siguió a Fabiana sin volver la vista atrás.
La furia que ardía en su interior se había desviado hacia Efraín, aunque en el fondo sabía que su origen era Sofía. No podía evitarlo; ella también era humana, con un torbellino de emociones que la consumía. Si no hubiera sido por Sofía, aquella noche no se habría
desmoronado en caos.
Cuando llegaron al hospital, los médicos ya habían trasladado a Fabiana a la sala de emergencias, sus figuras blancas moviéndose con urgencia entre las cortinas.
Anaís, por su parte, sentía un malestar que crecía: un dolor agudo le atravesaba el estómago y la visión se le nublaba como si una sombra la envolviera. Antes de que Fabiana emergiera de la sala, sus fuerzas la abandonaron; se desplomó al suelo con un golpe sordo, desatando un
nuevo revuelo entre los presentes.
Al abrir los ojos, el techo blanco del hospital la recibió, frío e impasible.
Una mano cálida sostenía la suya. Giró la cabeza y encontró a Roberto a su lado.
Los ojos de Roberto, enrojecidos por la vigilia, se iluminaron al verla despertar.
-¡Por fin abriste los ojos, Anaís!
Su voz salió ronca, rasposa como papel arrugado. Roberto la ayudó a incorporarse con cuidado y le acercó un vaso de agua antes de que un acceso de tos la traicionara.
Aun en ese instante, Roberto no dejó pasar la chance de lanzar una pulla contra el novio de
Anaís.
-Estuviste inconsciente tanto tiempo, ¿y dónde está tu novio? Ni una visita, ni una maldita llamada para saber cómo estás. Te lo digo en serio, Anaís, ese tipo no vale la pena. Verte así, tan frágil en esa cama, hasta a mí me dolió.
Anaís guardó silencio, bebió un sorbo de agua y, con la mirada perdida, preguntó:
-¿Y Fabiana?
-Está en la habitación de al lado. Por suerte, no es grave; la herida fue en el hombro. Si le hubiera dado en el abdomen, no la estaría contando. Ah, y mientras estabas fuera de combate, ya investigaron lo de La Luna. Parece que el borracho tenía un enredo con una empleada de ahí. Sabía que esa era la zona de descanso de las chicas, pero no esperaba toparse contigo.
Anaís bajó las pestañas, un latido intenso resonándole en la cabeza.
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Capitulo 265
Roberto se sentó a su lado en silencio.
-Tienes varias heridas, hasta moretones en la cabeza. ¿Qué pasó, Anaís? ¿Quién te hizo esto?
Ella soltó una risa amarga, cargada de hastío.
-Pregúntale a tu adorada hermanita, mejor.
Los ojos de Roberto brillaron un instante, luego dejó escapar un suspiro.
-¿Te refieres a Sofía? Efraín la ha malcriado tanto que no le teme a nada ni a nadie. En secundaria casi deja a una chica lisiada. La familia desembolsó una fortuna para taparlo, pero ella nunca escarmienta. Efraín, muerto de preocupación, le puso guardaespaldas en la escuela, y desde entonces se cree una reina intocable.
Anaís sintió una opresión en el pecho, las palabras atascadas en su garganta.
En ese momento, unos golpes suaves resonaron en la puerta. Era Fabiana, pálida como la cera, avanzando con pasos vacilantes.
-Anaís, qué bueno que estás bien -dijo, con los ojos aún enrojecidos.
Ver a Fabiana en ese estado le apretó el corazón. Siempre tan trabajadora, cargando varios empleos sobre los hombros; esto no era más que un capricho cruel del destino.
-Estoy bien, Fabiana. ¿Y tú, te duele algo?
-No duele, pero tengo miedo. Hasta dormida, las pesadillas no me sueltan.
Fabiana se sentó a su lado, a punto de añadir algo, cuando un estruendo interrumpió el aire: alguien pateó la puerta con fuerza. Era Sofía, otra vez.
Al ver a Roberto allí, Sofía se lanzó contra Anaís sin medir sus gritos.
-¡Anaís, maldita! ¿Cuántas veces te tengo que decir que dejes de enredar a mi hermano? No le interesas, ¿entiendes? Si no quieres que te revienten otra vez, mantente lejos de mi familia. ¡Y de Efraín también! Seguro traes algo entre manos con él, ¡zorra!
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