Capítulo 266
Anaís reposaba en la cama del hospital, su figura frágil envuelta en las sábanas blancas, cuando las palabras de Sofía encendieron una chispa de furia en sus ojos oscuros.
-¿Ya terminaste de humillarme?
Sofía, con una sonrisa cruel curvando sus labios, saboreaba el placer de su propia arrogancia.
-No, para nada. ¿Qué te pasa? ¿Ya se te olvidó lo ridícula que te veías anoche, tirada en el suelo mientras te daba tu merecido? -Soltó una carcajada seca, cargada de desprecio-. Vas a ver, esto apenas empieza. Si te tengo en la mira, prepárate, porque te voy a hacer pedazos.
Hablaba con la soberbia de quien ha pisoteado a otros sin remordimientos, una reina cruel en su pequeño reino de caos.
Anaís se incorporó con un movimiento brusco, el corazón latiéndole en los oídos. Tomó el vaso de vidrio que descansaba en la mesita y lo lanzó con fuerza hacia Sofía; luego, sin pausa, aferró una silla y la arrojó con la misma rabia contenida.
Sofía, sumida en su deleite mezquino, no anticipó la tormenta que se le venía encima. El impacto la alcanzó de lleno, dejándola tambaleante, con la vista nublada y al borde del colapso.
Roberto, boquiabierto, no había imaginado que Anaís tuviera esa furia guardada en su interior, mucho menos que la desatara con tal violencia.
-¡Anaís! ¡Por favor, tranquilízate!
Pero las palabras llegaron tarde: la silla ya había golpeado la cabeza de Sofía, que palideció al instante y se desplomó como una marioneta sin hilos.
Los médicos irrumpieron en la habitación al escuchar el estruendo, sus pasos apresurados resonando en el suelo. Sin perder tiempo, levantaron a Sofía y la llevaron a toda prisa para
atenderla.
Anaís aún sentía el fuego ardiendo en su pecho, una tempestad de emociones que clamaba por salir, buscando un escape en cada rincón de su ser.
Antes de que pudiera reaccionar, Efraín apareció en el umbral, su figura imponente llenando el pasillo. Lo seguía Lucas, con el rostro endurecido por una seriedad que no admitía bromas.
Fabiana, al verlo, aferró el brazo de Anaís con dedos temblorosos.
-Anaís, ¿qué vamos a hacer? El presidente Lobos está furioso.
Anaís sabía cuánto significaba Sofía para Efraín, pero no esperaba que abandonara una reunión crucial para venir hasta aquí. Se mordió el labio, atrapada en un silencio inquieto, cuando la voz grave de Efraín cortó el aire.
-¿Quién fue?
Roberto dio un paso al frente, interponiéndose entre Anaís y la tormenta que se avecinaba.
-Fui yo, Efraín. Estaba bromeando con Sofía y se me pasó la mano. Cuando despierte, le pediré disculpas.
No alcanzó a terminar la frase. Efraín hizo una seña a Lucas, quien avanzó con paso firme y, sin mediar palabra, descargó una bofetada contundente contra la mejilla de Roberto.
El sonido seco reverberó en el pasillo, un eco que heló el ambiente.
Roberto no se resistió. Sabía que Sofía era el tesoro intocable de la familia Lobos, y él, como su hermano, había fallado en protegerla. El golpe era su penitencia.
Anaís vio la marca roja florecer en la piel de Roberto, y un estremecimiento le recorrió el alma.
-Presidente Lobos…
Apenas pronunció su nombre, Roberto la tomó de la mano con suavidad pero firmeza.
-Anaís, ven, tengo algo que decirte.
La guio de vuelta a la habitación, dejando a Fabiana sola en el pasillo, incómoda y perdida, con las manos inquietas.
Dentro, Roberto la hizo sentarse en el borde de la cama.
-Ya me llevé una bofetada, así que no digas nada delante de Efraín. ¿Quieres que te pase lo mismo? Te lo advierto: entre tú y Sofía, siempre va a elegir a Sofía. Todos en la familia Lobos sabemos cuánto la quieren.
Anaís sintió un nudo apretarle el pecho, una opresión que la ahogaba y la urgía a liberar su tormenta interior.
Respiró profundo, intentando calmarse, cuando Roberto continuó:
-Ha pasado un día entero y tu novio ni siquiera ha mandado un mensaje. No le importas, Anaís. Deberías dejarlo de una vez. Tú vales más que eso.
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