Capítulo 267
Anaís sentía un dolor de cabeza que latía como un tambor insistente, y lo último que deseaba era enredarse en pensamientos sobre las complejidades de las relaciones o en la figural esquiva de Z. Entre ella y él, los problemas se apilaban como una torre inestable, a punto de derrumbarse con el menor soplo.
Roberto, por su parte, estaba absorto en sus propios cálculos: cómo ganarse un lugar más firme en el aprecio de Anaís. Después de todo, había encajado una bofetada por defenderla, un sacrificio que, en su mente, bien merecía una recompensa. Invitarla a cenar le parecía un paso lógico, casi un derecho ganado.
Sin embargo, antes de que las palabras pudieran tomar forma en sus labios, Anaís se dejó caer lentamente sobre la cama del hospital. Su rostro, pálido y agotado, era un lienzo donde se dibujaban las sombras del cansancio.
-Roberto, estoy agotada. Por favor, déjame descansar un rato – murmuró, con la voz apenas un susurro que se desvanecía en el aire.
Roberto frunció los labios, conteniendo una mezcla de frustración y ternura.
-¿Te animarías a cenar conmigo más tarde? O si prefieres, puedo traerte algo. Sé que tu gastritis está dando guerra otra vez.
Anaís, con los ojos ya cerrados, respondió con un hilo de voz.
-Está bien.
Roberto se puso de pie y salió con pasos silenciosos, cerrando la puerta tras de sí con un
cuidado casi reverente.
Anaís creyó que al fin podría deslizarse en una siesta reparadora, pero el destino tenía otros planes. Apenas unos minutos después, el chirrido de la puerta al abrirse rompió el frágil silencio. Convencida de que era Roberto insistiendo, su paciencia se resquebrajó.
-¿Y ahora qué pasa? – soltó, con un dejo de fastidio tiñendo su tono.
Silencio. Un silencio extraño, demasiado prolongado para venir de Roberto, que nunca se mordía la lengua. Intrigada, entreabrió los ojos con lentitud y recorrió la habitación con la mirada. Entonces lo vio: no era Roberto, sino Efraín.
Efraín, el último rostro que deseaba encontrar en ese momento. Una ola de rechazo endureció sus rasgos mientras su voz adquiría un filo cortante.
-Presidente Lobos, ¿necesita algo? Si no es así, por favor, váyase. Quiero descansar.
Los dedos de Efraín, que descansaban, sobre el brazo de su silla de ruedas, temblaron un instante antes de cerrarse en un puño sutil. Anaís, sin mirarlo, se giró hacia el otro lado, ofreciéndole la espalda como un muro.
El roce de las ruedas acercándose la tomó por sorpresa, y antes de que pudiera protestar, una
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Capitulo 267
mano firme la giró de nuevo hacia él.
-No me des la espalda – dijo Efraín, con una intensidad que vibraba en cada palabra.
–
-¿Perdón? replicó ella, con la furia brotando como un río desbordado, alimentada por el
resentimiento que aún ardía por lo de Sofía.
-Presidente Lobos, no estamos en horario laboral. Es sábado, y esto no es la oficina. No estoy obligada a seguir sus órdenes.
El rostro de Efraín palideció por un segundo, y Anaís captó un destello fugaz de dolor en sus ojos, tan breve que casi pareció un espejismo. Eso solo avivó su molestia. Sin darle más espacio, se recostó de nuevo y cerró los ojos con decisión.
No supo cuánto tiempo pasó, pero el agotamiento la venció y se sumió en un sueño inquieto. Desde el incidente con Damián, su cautela hacia Efraín había crecido, y ni siquiera dormida bajaba la guardia por completo. Podía sentirlo: él seguía ahí. ¿Por qué no se había ido?
Mientras esa pregunta flotaba en su mente, un calor repentino rozó sus labios. Su corazón dio un vuelco, como si un relámpago lo hubiera atravesado, y sus ojos se abrieron de golpe. Conocía esa sensación; había besado a Z tantas veces que el tacto de unos labios era inconfundible. Pero en esa habitación no había nadie más que Efraín. ¿Habría sido él?
Un escalofrío recorrió su espalda, y por poco se desliza de la cama del susto. Se incorporó de un salto, con el pulso desbocado, solo para descubrir que la habitación estaba vacía. Efraín había desaparecido.
¿Habría sido un sueño? ¿Una jugarreta de su mente agotada? Su respiración seguía agitada, y la sola posibilidad de que Efraín la hubiera besado le retorcía el estómago. Si era cierto, estaba lista para tirar todo por la borda y salir corriendo.
“Por favor, que no haya sido él“, pensó, con el eco de su propia voz resonando en su cabeza como una súplica desesperada.