Capítulo 268
Anaís no lograba desprenderse de la maraña de dudas que la envolvía, una incertidumbre que se retorcía en su pecho y le robaba el sueño, oscilando entre lo que pudo ser un sueño fugaz y una verdad esquiva.
Hacia el atardecer, la puerta de su habitación en el hospital se abrió para dejar paso a Fabiana. Su rostro estaba tan pálido que parecía haber perdido hasta la última gota de vida, una sombra de sí misma.
Mientras tomaba asiento junto a la cama, sus dedos temblaban con un leve estremecimiento, como hojas agitadas por un viento helado.
Alarmada por su estado, Anaís se incorporó con un movimiento rápido.
-¿Qué tienes? ¿Te duele algo?
Fabiana negó con la cabeza, un gesto lento y agotado, aunque el color no regresaba a sus mejillas.
-No, Anaís, solo vine a decirte que me voy a dar de alta.
Su voz rasgaba el aire, ronca y quebrada, como si las lágrimas hubieran tallado surcos profundos en su garganta.
El corazón de Anaís se apretó en un instante.
-¿Pasó algo en tu casa?
Sabía poco de las tormentas que podrían azotar la vida familiar de Fabiana.
-No, nada de eso. Es solo que estoy agotada. Quiero irme a casa a dormir. Aquí no puedo descansar.
-Está bien, déjame llevarte entonces.
-No hace falta, prefiero estar sola un rato.
Su desaliento era evidente, y al levantarse, su cuerpo osciló peligrosamente, como si el suelo quisiera reclamarla.
Anaís captó que las palabras no serían bienvenidas y guardó silencio, dejando que Fabiana se marchara sin más preguntas.
Tras su partida, un impulso la llevó a decidir que ella también abandonaria el hospital. El encuentro con Fabiana había desviado sus pensamientos de Efrain, al menos por un momento. Sin embargo, al subir al coche, desbloqueó su celular y descubrió que lo había dejado en silencio. Una avalancha de mensajes de Z la esperaba.
l¿Qué estás haciendo?]
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Capítulo 268
[¿Por qué no me contestas?]
[Voy para allá, ¿dónde estás?]
[Ya pasaron tres horas y nada. ¿Estás enojada conmigo?]
La lista superaba los veinte mensajes, un eco insistente de su ausencia.
Exhausta, Anaís no tuvo ánimos de leerlos todos y condujo directo a casa.
Al llegar, se desplomó sobre la cama, buscando refugio en el descanso. En un duermevela inquieto, sintió una caricia suave que apartaba el sudor de su frente.
Esta vez no era un espejismo; una mano cálida envolvió la suya, transmitiendo un calor que se
coló hasta su alma.
-¿Z?
Murmuró su nombre, tanteando en busca de su celular para ver la hora, pero antes de alcanzarlo, una cuchara se acercó a sus labios, acompañada de su voz serena.
-Come un poco.
Un suspiro de alivio escapó de Anaís. Notó que alguien la había cuidado con esmero: su piel estaba fresca, libre del sudor que la había empapado, y hasta llevaba un pijama limpio. Su enojo se desvaneció como bruma al alba. Tomó un sorbo de la sopa y un aroma tentador flotó desde el pasillo.
-¿Esto lo preparaste tú?
Los dedos de Z temblaron apenas.
-No se me da muy bien la cocina.
El aire traía una fragancia peculiar, como si hubiera batallado con varias recetas antes de
rendirse.
Anaís terminó la sopa, sintiendo cómo la vitalidad regresaba a su cuerpo.
-¿Y qué comes cuando estás solo?
-Cualquier cosa, siempre que la carne esté cocida, me vale.
El sabor parecía ser lo de menos para él.
Tras decirlo, pareció arrepentirse, como si sus palabras hubieran dejado entrever demasiado.
-No quise decirlo así.
-¿Así cómo?
-Como si estuviera buscando que te preocupes por mí.
El corazón de Anaís se estrujó otra vez. Tal vez él había percibido su distancia y ahora medía cada palabra con cautela.
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Aún aferrando su mano, ella la apretó con suavidad.
-¿Qué hora es?
-Las ocho.
Se deslizó un poco hacia un lado y palmeó el espacio a su lado en la cama.
-Ven, acuéstate aquí conmigo.
Las cortinas sellaban la habitación en una penumbra absoluta. Cada vez que Z aparecía, lo hacía envuelto en sombras, como si la luz lo rehuyera.
Justo cuando él comenzaba a subir a la cama, el timbre resonó, seguido por la voz
inconfundible de Roberto.
Había planeado llevarle la cena al hospital, pero al llegar descubrió que ella ya se había ido.
-¡Anaís, te traje comida! ¡Abre la puerta!
Un pinchazo de dolor atravesó la cabeza de Anaís. Quiso que Z abriera, pero al recordar quién era él, se levantó con lentitud y le murmuró una instrucción.