Capítulo 269
-Tú descansa primero, voy a hablar con él un momento.
Apenas Anaís intentó levantarse de la cama, sintió el calor de los brazos de Z rodeándole la cintura, deteniéndola con una suavidad que ocultaba una súplica.
-No vayas -murmuró él, su voz grave teñida de una melancolía que se deslizaba como una sombra sutil.
Anaís, desconcertada por ese tono, respondió con una calma que buscaba apaciguarlo.
-Z, anda, duérmete primero.
Él la soltó con lentitud, como si le costara desprenderse, y se quedó allí, tendido, la manta cubriéndole la mitad del rostro. No había manera de saber si el silencio era enojo o simplemente un remolino de pensamientos que no compartía.
Algo en su quietud conmovía a Anaís, como si él tuviera el arte secreto de encenderle el alma con un solo gesto. Había planeado salir a ver a Roberto, pero esa chispa de intención se
apagó; en su lugar, volvió a recostarse junto a él.
-¿Estás de malas? Te noto demasiado callado.
Z se giró hacia ella y la envolvió en un abrazo firme, casi desesperado, como si quisiera borrar alguna distancia invisible.
Anaís no entendía del todo por qué parecía tan alterado, pero respondió al abrazo con igual intensidad, como si así pudiera aliviar lo que él no decía..
Tras haber dormido una siesta esa tarde, el cansancio ya no la dominaba por completo, así que
decidió romper el silencio.
-Z, ¿y si charlamos un rato? Cuéntame de ti, de tu vida. ¿Alguien te ha hecho daño en La
Noche?
-Nadie me ha tratado mal–respondió él de inmediato, aunque luego añadió, más pausado-:
Bueno, al menos no ahora.
Sus palabras dejaban entrever heridas pasadas, cicatrices que no mostraba.
Anaís se giró hacia él y, con un gesto juguetón, le dio un leve toque en el pecho con el dedo.
-¿De verdad? ¿Tan valiente te has vuelto?
Él atrapó su dedo con una firmeza cálida y sonrió apenas.
-Excepto contigo, nadie más se atrevería a pincharme así.
Anaís se sintió casi ofendida, como si la acusaran sin motivo. ¿Cuándo lo había tratado mal
ella?
Iba a cerrar los ojos, rendida al sueño, cuando lo escuchó susurrar:
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Capítulo 269
-Ahora tú, cuéntame de ti. De tu jefe, de tus compañeros.
-Mis compañeros son de lo más común, pero mi jefe… ese sí que impone respeto.
Al decir “respeto“, un leve cambio cruzó el aire, como si la palabra hubiera rozado algo delicado. Anaís no lo notó y se acurrucó más en su abrazo, buscando el calor de su cercanía.
-Igual, vivimos en mundos distintos. Ayer, en el hospital, soñé con él y desperté empapada en sudor, muerta de miedo.
Z la observó en silencio, sus ojos fijos en ella durante un instante que pareció eterno.
Anaís ya había cerrado los ojos, agotada, cuando de pronto sintió una mano grande y cálida en su nuca. Un beso intenso, profundo, la envolvió como una corriente inesperada.
A él le gustaba besarla así, con esa entrega que lo consumía todo, como si quisiera fundirse en
ella.
A ella, en cambio, le abrumaba un poco; sentía que él tomaba el control, dejándola flotando sin
asidero.
-Z… -jadeó, casi sin aliento, apoyada contra su pecho.
No era la primera vez que percibía un peso en él, una carga que no nombraba. Pero como no lo decía, ella no preguntaba. Cada quien guarda sus propios secretos.
A la mañana siguiente, al despertar, él ya no estaba.
Anaís abrió la puerta de su habitación y, de pronto, Roberto se desplomó hacia adentro, perdiendo el equilibrio.
Si no fuera por su temple, habría soltado un grito al verlo así tan temprano.
Roberto, que había dormido apoyado contra la puerta, se levantó de un salto, algo desorientado.
-¡Anaís! ¿Ya estás mejor? Anoche toqué el timbre y no contestaste, pensé que estabas dormida.
Ella lo observó de arriba abajo, con una mezcla de sorpresa y sospecha.
-¿Pasaste aquí toda la noche?
Roberto asintió y se acercó, revisándola con una preocupación sincera.
-Qué bueno verte bien. Por un momento pensé que tenías a alguien escondido aquí y por eso
no abrías.
Se había quedado vigilando toda la noche, pero no había visto a nadie salir.
Dentro del apartamento todo parecía en orden, así que quizá solo había imaginado cosas.
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Anaís, sin ganas de darle explicaciones, sacó su celular y escribió un mensaje a Z.
¿No viste a alguien en la puerta cuando te fuiste?]
¿Cómo había esquivado a Roberto sin que lo notara?
[Claro que lo vi. Dormía como piedra, ni se movió cuando le di un puntapié.]
Anaís soltó una carcajada al leerlo. ¿Cómo podía Z burlarse así de Roberto con tanta naturalidad?