Capítulo 27
El arrepentimiento se deslizaba como una sombra sobre los pensamientos de Anaís. Si pudiera retroceder el tiempo, habría encontrado la manera de asistir a la reunión de la familia Villagra la noche anterior, aunque hubiera tenido que arrastrarse hasta allí con las últimas fuerzas que le quedaban.
Dejó escapar un suspiro apenas perceptible y decidió ignorar por completo la presencia de aquel hombre que una vez significó tanto para ella. La indiferencia, después de todo, era el antidoto más efectivo contra el dolor.
Roberto, por su parte, se regodeaba en una satisfacción mal disimulada. A pesar de conocer a Anais durante años, la aparición de Bárbara cinco años atrás había trastocado su mundo. Bastó una mirada a aquella joven, delicada como una flor de invernadero, para que su corazón cambiara de rumbo sin remordimientos.
La atención de todos gravitaba naturalmente hacia Bárbara, como planetas orbitando alrededor de un sol radiante. Se había convertido en una costumbre tan arraigada que nadie cuestionaba
ya su naturaleza.
“Ya regresará“, murmuraban entre ellos, convencidos de que la actitud de Anaís no era más que un berrinche pasajero, una rabieta infantil destinada a disolverse con el tiempo.
Las bebidas llegaron con prontitud, y los agradecimientos fluyeron hacia Fátima como un rio mal encauzado, olvidando por completo que había sido Anaís quien las había pagado. Ella optó por el silencio, concentrándose en los documentos que tenía frente a sí. Su mente ya vagaba hacia la cita con el agente inmobiliario esa tarde. Los dos millones que había recibido la noche anterior le abrían la puerta hacia una nueva vida, lejos de aquel lugar que solo le traía amargos recuerdos.
Al sonar la campana que marcaba el fin de la jornada, se incorporó con determinación, lista para partir. Sin embargo, Fátima apareció como una aparición inoportuna, depositando una nueva pila de documentos sobre su escritorio.
-Necesito que organices estos. Los necesito en una hora.
Anaís examinó las páginas con ojo crítico.
-Iglesias, estos documentos me los entregaste el primer día. Ya resumí todos los puntos importantes.
La incomodidad se dibujó en el rostro de Fátima. No esperaba que Anaís hubiera procesado la información con tanta eficiencia en su primera asignación. Al revisar el resumen, la incredulidad nubló su juicio.
“Seguramente Roberto la ayudó“, pensaba, incapaz de concebir que Anaís poseyera tal capacidad. Con ese pensamiento, le entregó otro montón de documentos, la mayoría duplicados de la primera entrega.
Para su sorpresa, Anaís los reconoció con solo una ojeada superficial. Una sonrisa sutil se
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dibujó en sus labios.
-¿0 es que aún no entiendes el contenido?
La expresión de Fátima se ensombreció.
-¿Qué insinuas?
-Solo expongo hechos. Mi resumen es claro. Si tienes dudas, puedes expresarlas.
Fátima, quien se enorgullecía de su fortaleza profesional, sintió el aguijón de la humillación. Tomó aire, esbozando una sonrisa calculada.
-Esos documentos los conseguiste con ayuda de algún hombre. ¿De qué presumes, Anaís? Todo lo que tienes es gracias a tu familia. Si hubieras nacido en circunstancias como las mías, estarías mendigando en las calles.
Anais aplaudió con elegante sarcasmo, su rostro una máscara de serenidad.
-Por eso eres digna de admiración, Iglesias. Tú representas a la verdadera mujer independiente de nuestra época. Deberíamos seguir tu ejemplo. ¿Algo más que añadir?
—¡Mira! —La furia encendió el rostro de Fátima, mientras las palabras se le atoraban en la garganta-. No soy como tú, que solo sabes perseguir hombres. Todo lo que tengo lo he conseguido por mérito propio.
Anaís consultó su reloj con visible fastidio.
-Tu historia de superación no me interesa. Si no hay más asuntos laborales, me retiro.
-¡Anaís! -La voz de Fátima temblaba de rabia contenida.
Sin más palabras, Anaís se dirigió al ascensor. No había planeado un enfrentamiento tan temprano, pero la actitud de Fátima, con su constante autoproclama de mujer moderna e independiente, había colmado su paciencia. Su supuesta seguridad se construía sobre el menosprecio hacia otras mujeres.
“Dice ser independiente mientras pisotea a otras“, reflexionó Anaís. “¿Dónde está su verdadera independencia? Solo es una mujer con un poco de malicia mal disimulada“.
La tarde la encontró recorriendo un elegante complejo residencial junto al agente inmobiliario, quien desplegaba su mejor repertorio de atenciones.
-Señorita Villagra, este es el desarrollo más exclusivo de la zona. La seguridad es impecable: solo los residentes tienen acceso, y deben acompañar personalmente a sus visitantes.
El lugar era innegablemente impresionante. Su ubicación privilegiada, cerca del Grupo Lobos y en una zona céntrica pero apacible, lo hacía ideal. Sin embargo, la realidad de sus finanzas se impuso sobre sus deseos.
-Mejor lo dejamos hasta aquí. Excede mi presupuesto.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando divisó a otro agente aproximándose,
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acompañado por Bárbara y Victoria. El hombre, rebosante de entusiasmo, comentaba:
-Aunque esta villa es modesta en dimensiones, su ubicación privilegiada, rodeada de centros comerciales, la convierte en el espacio perfecto para una señorita independiente. Ofrece seguridad y todas las comodidades.
Victoria, con voz maternal, apretó la mano de Bárbara con delicadeza.
-Esta villa apenas supera los trescientos metros cuadrados, y el jardín es diminuto. ¿Estás segura de que te satisface? Puedo conseguirte algo más acorde a tu estatus.
Bárbara sonríó con genuina alegría.
-Mamá, de verdad no hace falta. Trescientos metros son más que suficientes para mí, y además, la cercanía con la oficina de Rober me permite visitarlo cuando quiera.
En ese momento, la mirada de Bárbara se cruzó con la figura distante de Anaís, y la sorpresa iluminó sus ojos.
-¿Hermana, también estás buscando casa?
Victoria, al percatarse de la presencia de Anaís, frunció el ceño con disgusto.
-¿Qué haces aquí? ¿Te enteraste de que le estoy comprando una casa a Barbi y viniste a causar problemas otra vez?