Despertar del Olvido 270

Despertar del Olvido 270

Capítulo 270 

Roberto deambulaba por la habitación con pasos inquietos, escudriñando cada rincón en busca de huellas invisibles que delataran la presencia de otro hombre. Solo cuando se convenció de que no había nada fuera de lugar, dejó escapar un suspiro tembloroso, como si hubiera estado conteniendo el aire demasiado tiempo

-Anaís, ¿ya comiste? ¿Qué tal si salimos a comer juntos? -propuso, con un brillo esperanzado en los ojos

-Roberto, ya te lo dije: tengo novio. Es mejor que dejes de buscarme. No quiero que se ponga celosorespondió ella, firme, con la voz serena pero tajante

El rostro de Roberto se encendió en un rojo intenso, como si la sangre le hubiera subido de golpe. Sus manos temblaron, y su respiración se agitó con una furia apenas contenida. No era un hombre de las altas esferas, cierto, pero ¿perder contra un mesero? Eso era un golpe que su orgullo no podía soportar

-¿Entonces qué? ¿No tienes corazón? -estalló, con los ojos encendidos de agravio-. ¡He aguantado tanto por ti, y te vas con un maldito mesero! ¿Qué te hace falta, Anaís? ¿Un hombre? ¿Qué tiene ese tipo que yo no pueda darte

Anaís sintió el impulso de cruzarle la cara con una bofetada, pero se contuvo. En lugar de eso, alzó un brazo y señaló la puerta con un gesto frío e inequívoco

-Lárgate

Roberto apretó los labios hasta que se convirtieron en una línea fina. Bajó la mirada, y un destello de arrepentimiento cruzó su rostro. Había jurado que mantendrían las cosas en paz, pero ahí estaba, arruinándolo otra vez. Se dirigió a la salida con pasos pesados, girando la cabeza a cada rato como si esperara que ella lo detuviera. Al llegar abajo, descargó su frustración con una patada furiosa al basurero, que rodó con un estruendo metálico

Sacó su celular y marcó a sus amigos con dedos torpes

-Nos vemos en La Luna. Necesito un trago

Ya instalado en un reservado del bar, con el licor quemándole la garganta, su rabia crecía con cada sorbo. Las palabras brotaron de él como un torrente amargo

-¿No les parece que está loca? -dijo, alzando la voz por encima del murmullo del lugar-. Esta herida en la espalda aún me duele, ¿y qué hace ella? Me manda a volar. Seguro se enredó con ese mesero porque la lastimé demasiado antes. ¡Si hasta le encantaban los hombres guapos

Sus amigos intercambiaron miradas confusas, pensando que hablaba de Bárbara. ¿No había cancelado ya su boda con ella? Pero Roberto, perdido en su embriaguez, tomó otra botella y, de pronto, se derrumbó. Las lágrimas le rodaron por las mejillas mientras sollozaba sobre la 

mesa

-Anaís está loca¿Por qué sigo detrás de ella? -farfulló-. Ese novio feo que tiene ni siquiera 

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apareció cuando estaba enferma, y ella lo trata como si fuera oro. No en qué está pensando. Por fin, sus amigos ataron cabos: el señor Lobos estaba destrozado por Anaís

-Oye, Roberto, ¿no decías antes que Anaís no te importaba? -intervino uno, con cautela-. Hasta juraste que si te dejaba en paz, prenderías fuegos artificiales para celebrarlo

-Sí, hombreagregó otro-. Estabas tan encaprichado con Bárbara que todos vimos cómo dejabas a Anaís en ridículo

-Tal vez ella sabe jugar sus cartas mejor de lo que crees -sugirió un tercero-. Quizás estás cayendo en su juego sin darte cuenta

Roberto fijó la vista en el líquido ámbar que temblaba en su vaso y negó con la cabeza, lento, como si intentara convencerse

-Ella perdió la memoria. La perdió de verdad -murmuró-. No recuerda nada de lo nuestro, y ahora, cada vez que puede, me echa en cara todo lo que hice

Dicho esto, se llevó otra botella a los labios y bebió hasta el fondo. Su cuerpo se desplomó sobre la mesa, vencido por el alcohol. Los presentes, al verlo en ese estado lamentable, no supieron qué hacer. Finalmente, alguien llamó a la familia Lobos para que vinieran por él

Pero no fue un Lobos quien apareció, sino Bárbara. Las miradas curiosas la siguieron mientras entraba con paso seguro. El video de su escándalo había circulado como reguero de pólvora, y los rumores decían que llevaba tiempo alejada del Grupo Villagra. ¿Qué hacía ahí, luciendo más radiante que nunca

Con una voz suave como el terciopelo, Bárbara levantó a Roberto del asiento

-Rober, vine a buscarte -dijo, sosteniéndolo con firmeza

Él, sumido en su borrachera, balbuceó mientras lo arrastraba hacia la salida

-Anaís, Anaísantes te hice daño. Me gustas, ¿podemos empezar de nuevo

La sonrisa de Bárbara se torció en una mueca fugaz. Agradeció en silencio a quien la había avisado esa noche; de no ser así, no habría tenido la oportunidad de rescatar a Roberto. Últimamente, él había sido implacable: canceló la boda, dejó de verla, ignoró sus llamadas y, al final, la bloqueó sin miramientos

-Je, je, ahora está en mis manos -susurró para misma

El hombre misterioso al teléfono tenía razón: si no actuaba pronto, quedaría fuera de juego para siempre. Su posición en la familia Villagra ya pendía de un hilo; perder a Roberto sería el golpe final. Lo llevó a su apartamento, despojó a ambos de sus ropas y, con dedos temblorosos, tomó fotos comprometedoras que envió a todos los grupos de contactos

Ahora no había vuelta atrás. Su reputación le importaba poco mientras pudiera atarse a Roberto. No era él quien la obsesionaba, en realidad, sino lo que representaba: la posibilidad de cruzarse con Efraín con frecuencia. Todavía no podía arrancar a ese hombre de su alma. Si 

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Capitulo 270 

no lograba tenerlo, aunque fuera una vez, no descansaría en paz

Tras enviar las fotos, marcó un número con determinación

-¿Ya tienes todo listo por tu lado? -preguntó-. Esta vez vamos a hundir a Anaís para siempre. -Todo está preparado -respondió una voz grave al otro lado-. Pero necesito que hagas tu 

parte

-¡Claro que

– 

exclamó ella, con un brillo feroz en la mirada-. ¡Haré lo que sea con tal de ver a esa desgraciada de Anaís en el suelo

Si no fuera por ella, Bárbara no estaría atrapada en esa espiral de humillación, ni habría sufrido aquella noche que aún le quemaba las entrañas. Anaís debía pagar. Colgó el teléfono y, con un movimiento brusco, barrió todo lo que había sobre el tocador. Los frascos y joyas cayeron al suelo con un estrépito que resonó en la habitación, mientras su pecho subía y bajaba con una 

furia contenida

Había luchado por ganarse el favor de la familia Villagra. Victoria por fin empezaba a suavizar su trato, pero Héctor y Raúl seguían mirándola con desconfianza. No importaba cuánto se esforzara, nunca superaría a Anaís. ¿Por qué? Si las cosas eran así, entonces nadie saldría bien parado

Los dedos de Bárbara se cerraron con fuerza, mientras un nuevo plan siniestro tomaba forma en su mente. Si la acorralaban hasta el límite, arrastraría a todos al abismo con ella. Pero antes, sin duda, debía tener a Efraín

No encontraré paz en esta vida si no lo hago mío, aunque sea por un instante, pensó, con una determinación que le ardía en las venas

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