Capítulo 271
Tras varias horas de haberse esparcido como pólvora, las fotos de Roberto y Bárbara habían desatado un torbellino de rumores que sacudía los cimientos de la ciudad. El escándalo resonaba en cada esquina, desde los cafés elegantes hasta las oficinas de cristal, como un eco imposible de silenciar.
El celular de Anaís vibraba sin cesar, inundado de llamadas de Roberto que ella se negaba a responder. Con el ceño fruncido y un gesto de hastío, deslizó el dedo sobre la pantalla y bloqueó su número, dejando que el silencio se apoderara del aparato.
Minutos después, el tono de Raúl irrumpió en la quietud.
-Anaís, ¿ya viste esas fotos? Me preocupa que te afecten más de lo que admites.
-Sí, las vi. Estoy bien, tranquilo.
La voz de Raúl, al otro lado de la línea, cargaba un matiz grave.
-Bárbara lo planeó todo, ¿sabes? Quiere herirte, asegurarse de que entre tú y Rober no quede
ni un puente por cruzar.
Aunque Raúl sabía que la memoria de Anaís era un lienzo en blanco respecto a su pasado con Roberto, en el fondo albergaba la esperanza de que algún día, al recordarlo todo, su corazón volviera a inclinarse hacia él.
Anaís, sin embargo, no tenía paciencia para desentrañar sus ilusiones. Encendió su computadora con un movimiento preciso y retomó su trabajo. Las líneas del contrato con la familia Córdoba desfilaban ante sus ojos; aunque Samuel lo había revisado, ella no podía permitirse bajar la guardia ante una posible jugada oculta.
-Anaís, ¿por qué no vienes a cenar esta noche? Papá no deja de preguntar por ti. Su salud empeora cada día más, y para colmo, los del Grupo Villagra han venido varias veces a presionarlo. Lo han puesto tan furioso que ayer tuvo una hemorragia.
La voz de Raúl se quebró, teñida de una vulnerabilidad que delataba su juventud. A sus diecinueve años, parecía cargar un peso que lo sobrepasaba.
Mientras hablaba, su tono se desvaneció hasta casi apagarse.
-Siento que le queda poco tiempo.
Esas palabras golpearon a Anaís como una ráfaga inesperada, estremeciendo su calma. La imagen de Héctor, demacrado y frágil la última vez que lo vio, se alzó vívida en su mente. Dejó a un lado los documentos que revisaba y respondió con firmeza.
-Voy para allá ahora mismo.
En las paredes opulentas de la mansión Villagra, Bárbara se había arrojado al regazo de Victoria, sus sollozos resonando como una melodía ensayada.
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-Mamá, esas fotos se filtraron por un descuido de Rober, estoy segura. Pero ahora no tengo cara para mirar a nadie. Si él no se casa conmigo después de esto, ¿quién en todo San Fernando del Sol me va a querer?
Victoria, con el corazón apretado, acariciaba la espalda de su hija. Bárbara había sido su joya durante años, y el remordimiento la carcomía al pensar que, de no haber sido por aquel secuestro lejano, su vida habría sido distinta. La familia le debía algo, o eso sentía.
-No llores, mi niña. Voy a llamar a Rober ahora mismo.
Bárbara intensificó su llanto, al borde de un desmayo teatral, mientras Raúl, sentado en el extremo opuesto del sofá, observaba la escena con una mezcla de hastío y desconfianza. Las lágrimas de Bárbara ya no lo conmovían; ¿quién podía asegurar que no eran otra de sus máscaras?
Cuando Victoria marcó, Roberto contestó al instante. Pero apenas mencionó el nombre de Bárbara, su voz estalló como un trueno.
-Señora Larrain, solo contesto por el respeto que le tengo a mi madre. Anoche me emborraché, y Bárbara aprovechó para arrastrarme a esto. ¡Esas fotos son su obra! Antes estaba ciego, ¿cómo pude lastimar a Anaís por alguien como ella?
-Rober, tú y Barbi han compartido tantos años…
-¡No me hable de Bárbara! Ella sabe perfectamente lo que ha hecho. ¡Ni muerto me caso con esa mujer! ¡Ojalá se quede sola para siempre!
Sin más, cortó la llamada con un golpe seco.
Victoria se quedó con el teléfono en la mano, su rostro ensombrecido por la humillación. Roberto no le había dejado ni un ápice de cortesía.
Bárbara, captando el rechazo en el aire, dejó que sus lágrimas brotaran con más fuerza, aunque
una sonrisa retorcida asomó entre sus sollozos.
-Anoche fui yo quien lo llevó a casa, ¿sabes? Mi primera vez con Rober fue después de otra borrachera, y ahora me desprecia. Hasta me confundió con Anaís, jurando que siempre me trataría bien. Qué estúpida fui al pensar que, cuidándolo, él me miraría diferente.
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