Capítulo 272
Victoria sintió un dolor agudo que le atravesaba el pecho, como si una espina invisible se hubiera clavado en su corazón. La humillación de ser confundida en la cama por un hombre era un golpe que ninguna mujer debería soportar.
-Barbi, ¿y si dejas de aferrarte a Roberto? -propuso con suavidad-. Mamá puede buscarte a alguien más digno, alguien que valore lo que eres.
Los ojos de Bárbara centellearon por un instante, un destello de furia contenida.
-¿Encontrarme a alguien digno? ¿Y de dónde lo vas a sacar, mamá? -replicó, su voz cargada de amargura. ¿Tú también piensas que mi vida ya no tiene arreglo? ¿Que estoy acabada? Todo esto es por culpa de Roberto. Él fue quien se acercó a mí primero, y ahora, por vergüenza, me desecha como si fuera nada. En nuestro círculo, todos me dan la espalda. Pero si Efraín me acepta, nadie volverá a mirarme por encima del hombro.
Al pronunciar esas palabras, sus ojos se iluminaron con una chispa feroz. Sí, el prestigio de Efraín era tan inmenso que, con él a su lado, el desprecio de los demás se desvanecería como polvo en el viento.
Raúl, que había estado escuchando en silencio, no pudo soportarlo más y se puso de pie de un salto, el enojo vibrando en cada fibra de su cuerpo.
-Bárbara, de verdad
no tienes idea de dónde
existieran esos rumores, Efraín ni siquiera te
él? ¡Por favor, usa un poco la cabeza!
-espetó con firmeza-. Aunque no
s veces. ¿Es que no entiendes quién es
Esas palabras cayeron sobre Bárbara como un balde de agua helada, encendiendo una locura que bullía en su interior. Con un movimiento brusco, barrió con las manos todo lo que había sobre la mesa de bebidas, enviándolo al suelo en un estallido de cristal y licor derramado.
-¡Si se fijó en esa maldita de Anaís, ¿por qué no en mí?! -gritó, su voz temblando de rabia-. Solo necesito una oportunidad para acercarme a él. Una vez que esté conmigo, no podrá soltarme, ¡lo sé!
Raúl jamás había oído tanto descaro. Aunque siempre supo que las intenciones de Bárbara eran turbias, nunca imaginó que llegaría a decir algo así en voz alta.
Ella, en cambio, no veía nada reprochable en su confesión. Al pensar en la devoción de Efraín por Anaís, sentía que el mundo entero se desmoronaba a su alrededor, y un deseo ardiente de arrasar con todo la consumía.
El hombre que ella había perseguido con desesperación, sin lograr siquiera rozarlo, estaba perdidamente enamorado de la mujer que más detestaba. Que no hubiera perdido la cordura aún era un milagro.
“Si yo no puedo tenerlo, que nadie más lo tenga“, pensó, con una mezcla de veneno y determinación corriendo por sus venas.
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Raúl, harto de tanta locura, dio media vuelta y subió las escaleras con pasos pesados, negándose a seguir escuchando sus delirios.
De pronto, Bárbara se dejó caer de rodillas frente a Victoria, el suelo crujiendo bajo su peso.
-Mamá, ayúdame, te lo suplico–rogó, aferrándose a sus piernas-. Cuando mi hermana llegue a la casa, quítale el celular y usa lo de papá para mantenerla aquí. Si consigo estar con Efraín, te prometo que haré todo lo que me pidas. Pero si no lo logro, prefiero estar muerta.
Dicho esto, tomó un vaso del suelo, lo estrelló contra el borde de la mesa y fingió alcanzar un trozo afilado para llevárselo al cuello.
Victoria palideció, el miedo atenazándola como una garra invisible. Raúl tenía razón: Efraín no era cualquier hombre. Muchas en San Fernando del Sol lo habían deseado sin éxito, y Bárbara, con su reputación hecha trizas, estaba soñando lo imposible.
-Barbi, tal vez deberías reconsiderarlo… -intentó decir, su voz temblorosa.
Pero antes de que terminara, un fragmento de vidrio ya rozaba la piel de Bárbara, dejando una fina línea carmesí.
Victoria sintió que el aire se le escapaba. Asustada, asintió inmediatamente.
–
—¡Mamá hará lo que tú quieras, Barbi! — exclamó, casi al borde del desmayo—. ¡Por favor, no hagas esto! Aunque ningún hombre te acepte, la familia Villagra siempre estará contigo.
Los ojos de Bárbara se llenaron de un desprecio gélido. “Sin un hombre, mi vida no vale nada“, pensó, mientras una sonrisa torcida asomaba en sus labios.
Muy pronto, Efraín sería suyo.
Y aquellos que ahora se reían de ella no tendrían más remedio que morderse la lengua.
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