Capítulo 273
Anaís subió con pasos apresurados al segundo piso de la casa Villagra, ansiosa por ver a Héctor. El eco de sus pisadas resonaba en el pasillo, cargado de un silencio que parecía anticipar algo inevitable.
Al girar el pomo y abrir la puerta de la habitación, se topó con Victoria, que estaba a punto de salir. Sus ojos se encontraron un instante, y Anaís se preparó para un comentario mordaz, pero la voz de Victoria la desarmó con una suavidad inesperada.
-Ah, ya llegaste. Pasa, tu papá lleva rato esperándote.
Anaís frunció el ceño, desconcertada, pero asintió y cruzó el umbral sin responder.
El aire de la habitación estaba impregnado de un aroma acre a medicinas, un olor que se le aferró a la garganta y le arrugó la nariz. Había imaginado que, tras resolver el lío del contrato, Héctor mostraría signos de recuperación, pero la realidad la golpeó al verlo: su figura, hundida en la cama, parecía más frágil que nunca, como si el tiempo hubiera tallado surcos más profundos en su rostro demacrado.
Una punzada de culpa la atravesó mientras se acercaba. En el fondo, Héctor no había hecho nada para merecer esto; el peso de sus dos hijas, cada una perdida en su propio torbellino, lo había consumido. Años de preocupaciones silenciosas, sumados al caos de la empresa, habían desencadenado una tormenta que ahora lo tenía postrado. Las lágrimas brotaron sin permiso, resbalando por sus mejillas mientras tomaba asiento junto a la cama.
Héctor, con los ojos agrandados por la delgadez de su rostro, la miró y sus pupilas brillaron con humedad. Con voz quebrada por la tos, murmuró:
-Lo has hecho muy bien con la empresa, cof cof… De ahora en adelante, Raúl estará bajo tu
cuidado.
Anaís apretó los labios y tomó su mano, temblorosa.
-Papá, lo siento tanto… Pensé que después de arreglar todo esto te pondrías mejor.
“No lo llamé ni una vez“, pensó, y el remordimiento se enredó en su pecho. Tal vez, sin admitirlo, había estado huyendo de todo lo que oliera a Villagra.
Héctor esbozó una sonrisa débil, apenas un trazo en su rostro agotado.
-No es tu culpa. Raúl me lo explicó todo: realmente perdiste la memoria. Antes no te creímos te hicimos daño.
Un nudo se formó en la garganta de Anaís, robándole las palabras.
“Héctor es bueno, pero yo… yo no he sido una buena hija“, se reprochó en silencio, mientras las lágrimas caían sobre la mano que sostenía.
Él intentó alzar los dedos para enjugarlas, pero su brazo apenas se movió, rendido por la falta
de fuerza.
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Capitulo 273
-Anaís, tu madre no debió culparte por lo de Barbi. Eras solo una niña de ocho años cuando desaparecieron esos tres días. Tú volviste, ella no, y Victoria se quebró de angustia por un mes. Necesitaba desahogarse, y nosotros… ella es egoísta, y yo también. No supe detenerla cuando te trató mal. Lo único que hice fue enviarte dinero, esperando que eso llenara el vacío. Si no fuera por todo esto, no habrías puesto tus esperanzas en Roberto, no habrían pasado tantas cosas…
Su voz se desvaneció, como si el aire se le escapara del cuerpo.
-Papá, no hables más. Voy a llamar al médico para que te vea.
Héctor cerró los ojos, su rostro pálido y agotado parecía al borde del abismo.
El médico entró minutos después, revisándolo con gestos precisos mientras Anaís lo observaba, inmóvil, sin atreverse a salir. Entonces, Victoria reapareció con una bandeja de fruta en las manos, y Anaís alzó las cejas, incrédula ante tanta amabilidad repentina. Con Héctor en ese estado, prefirió guardar silencio.
Victoria salió sin más, y en el pasillo, con un movimiento discreto, deslizó el celular de Anaís en las manos de Bárbara.
-No hagas locuras -le advirtió en voz baja-. Tu papá está así, piensa en él al menos.
Bárbara lo tomó con una sonrisa leve.
-Tranquila, mamá, sé lo que hago.
Se alejó deprisa, el teléfono brillando en su mano como un trofeo.
Victoria observó su figura desaparecer y un escalofrío le recorrió la espalda. Incluso Anaís, con todo su distanciamiento, estaba allí, junto a Héctor. Pero Bárbara, la niña mimada de los últimos cinco años, solo tenía ojos para su próxima conquista. “¿Dónde fallé con ella?“, se preguntó, y una sombra de tristeza se instaló en su pecho.
Al volver a la habitación, encontró a Anaís susurrándole al médico:
-¿Cómo está mi papá?
El hombre negó con la cabeza, serio.
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-Está enfermo por el estrés y las preocupaciones que lleva dentro. Los medicamentos no bastan. Tal vez si pasan más tiempo con él, hablando, soltando lo que guarda, mejore un poco. Tiene el corazón demasiado lleno de cosas que no ha dicho.
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