Capítulo 274
Anais apretó los labios con un gesto contenido y asintió con sinceridad al médico.
-Gracias por todo murmuró, su voz cargada de una gratitud que apenas lograba ocultar su preocupación.
Cuando el médico abandonó la habitación, Anaís alzó la mirada y se encontró con los ojos de Victoria, que avanzaba hacia la cama de Héctor con pasos lentos, casi solemnes. Las lágrimas brotaron silenciosas por las mejillas de Victoria mientras tomaba la mano de su esposo con una mezcla de ternura y desesperación.
Era innegable: el amor que ella sentía por Héctor destellaba en cada gesto, puro y desprovisto de artificios.
Héctor entreabrió los ojos con esfuerzo, apenas rozando el dorso de su mano con una caricia débil, incapaz de articular palabra alguna.
Victoria, abrumada por el peso de su propia culpa, se giró hacia Anaís con una súplica en la
mirada.
-Quédate esta noche aquí, por favor. Acompáñalo un poco más pidió, su voz temblando entre el ruego y la resignación.
Anaís, que ya había resuelto no marcharse, inclinó la cabeza en un asentimiento suave pero
firme.
Mientras tanto, Bárbara manipulaba el celular de Anaís con dedos ansiosos, desbloqueándolo en un instante. Sus ojos se clavaron en la conversación con Efraín, revisando cada mensaje con una avidez que rayaba en la obsesión. Al comprobar que no había ni rastro de coqueteo entre ellos, su rostro se crispó en una mueca de envidia ácida.
“¿Entonces Efraín sigue suspirando por ella en secreto? ¡Qué miserable eres, Anaís!”
Sin dudarlo, tecleó un mensaje desde el celular robado, sus dedos temblando de malicia.
[Efraín, tenemos que hablar de esas cosas que me has estado escondiendo.]
Sin saberlo, había pulsado una cuerda sensible.
Efraín, al leer el texto, apretó el celular con una fuerza que delataba su inquietud. Poco después, llegó otro mensaje con una dirección: un hotel a pocos pasos de la casa Villagra. Se llevó una mano al entrecejo, masajeándolo con cansancio, y respondió con una palabra seca.
[Ok.]
Bárbara, al ver la rapidez de su respuesta, sintió una punzada de envidia que casi le deformó el alma. Quería volver a la casa Villagra y borrar a Anaís de la faz de la tierra. Tomó una bocanada de aire, se recompuso y puso rumbo al hotel.
Ya lo tenía todo planeado: cuando Efraín llegara, caería directo en su trampa. Conocía bien las artes de la seducción y estaba convencida de que él no podría resistirse. Con una sonrisa
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Capitulo 274
torcida, se enfundó en su ropa más provocativa y vertió una droga en el incienso de la habitación, un aroma que prometía desatar los instintos más salvajes en cualquier hombre, incluso en alguien como Efraín.
Esperó con paciencia felina, y al escuchar los golpes en la puerta, apagó las luces con un movimiento rápido. Había elegido esa habitación con astucia: la penumbra lo envolvía todo, y Efraín no distinguiría su rostro. Una vez que lo tuviera en la cama, sería demasiado tarde. Si lograba quedar embarazada, la familia Lobos no tendría más remedio que acoger al niño como un trofeo.
La sola idea la hizo estremecerse de emoción contenida. Abrió la puerta sin dejarse ver y se replegó al dormitorio, aguardando en la oscuridad.
Efraín, desde su silla de ruedas, inhaló el aroma dulzón del incienso y arqueó una ceja con leve curiosidad. Cerró la puerta con suavidad y pronto percibió los sonidos que escapaban del dormitorio. Maniobró la silla hasta la entrada, pero antes de que pudiera girar el pomo, Bárbara emergió con un salto, envuelta en telas ligeras que apenas cubrían su figura.
-Efraín… -susurró, su voz destilando una dulzura empalagosa, como miel derramada.
Él retrocedió un instante, el rostro imperturbable.
Bárbara, con las mejillas encendidas y guiada solo por la silueta borrosa de un hombre, dejó que el entusiasmo la consumiera.
-Efraín, soy Anaís. ¿Por qué me ignoras así? -mintió sin pudor, confiando en que la droga nublara su juicio.
Pero Efraín, inmóvil en su silla, soltó una risa baja, casi imperceptible, que cortó el aire como un
filo sutil.
Bárbara, cegada por su delirio, vio una oportunidad y se lanzó hacia sus piernas con una mirada cargada de deseo.
-¿Por qué no me tomas esta noche? -suplicó, sus ojos brillando en la penumbra.
Efraín alzó el pie con una precisión fría y le propinó una patada seca en el hombro.
Bárbara cayó hacia atrás, el dolor arrancándola de su fantasía con un estremecimiento.
-¿Ya terminaste de jugar? -preguntó él, su voz serena pero afilada como un cristal roto.
Aunque el golpe la había herido, Bárbara no estaba dispuesta a rendirse. Después de años de anhelo, nunca había estado tan cerca de Efraín. En ese momento, él no era el ejecutivo inalcanzable de la oficina; en la penumbra, su presencia destilaba un magnetismo poderoso y enigmático.
Nunca lo había visto así, y una fiebre intensa recorrió su cuerpo.
“¡Un hombre como este es el que yo merezco!”
Aunque esa noche le costara todo, estaba segura de que valdría la pena.
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