Capítulo 276
Anaís dejó escapar una risa seca, cargada de incredulidad.
-¿De verdad sabes quién es Efraín?
Victoria, con las mejillas encendidas, titubeó. Sabía que Bárbara la había enredado con la absurda idea de que Efraín podría fijarse en ella.
-Yo… yo… Anaís, por favor, te lo suplico. Barbi sigue siendo tu hermana. Ve a ver qué pasa, te lo
ruego.
Anaís giró la mirada hacia Héctor, quien yacía en la cama, el rostro contraído por una mezcla de angustia y resignación. Soltó un suspiro profundo, cargado de cansancio.
-Que no se repita, Victoria. No estoy para andar recogiendo los pedazos que dejan los imprudentes.
Victoria se mordió el labio, el rubor subiendo por su cuello, pero esta vez guardó silencio.
Sin perder más tiempo, Anaís rastreó el hotel donde todo ocurría. Antes de arrancar el motor, marcó el número de Efraín, el pulso acelerado. Recordaba con claridad cómo él había manejado a Damián: frío, implacable. Si llegaba tarde, Bárbara no tendría oportunidad.
Era obvio que su hermana había intentado drogarlo, una apuesta tan estúpida como temeraria.
Efraín contestó al tercer tono, su voz entrecortada, como si luchara por mantener el control.
-Anaís…
-Presidente Lobos, voy en camino. Por favor, no haga nada con Bárbara. La familia Villagra responderá por esto. No tome decisiones apresuradas.
-Anaís, yo… me siento extraño. Todo da vueltas.
Su tono confirmaba lo peor: estaba drogado.
Un nudo de ansiedad se apretó en el pecho de Anaís. Si algo le pasaba a Efraín por culpa de Bárbara, no solo ella estaría en peligro; toda la familia Villagra pagaría las consecuencias. ¿En qué estaba pensando Bárbara al creerse capaz de seducirlo?
Aceleró hacia el hotel, subió en el ascensor con el corazón en la garganta y, al llegar al pasillo, encontró a Bárbara. Estaba acurrucada contra la pared, el cuerpo salpicado de sangre, los sollozos sacudiéndola sin control.
Al verla viva, Anaís sintió un alivio fugaz. Al menos Héctor no tendría que enfrentar otra
tragedia.
Ignorando el terror que brillaba en los ojos de su hermana, empujó la puerta con decisión. No vio cómo Bárbara intentaba alzar una mano temblorosa para detenerla.
-Presidente Lobos.
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Capítulo 276
Apenas cruzó el umbral, una fuerza brusca la jaló hacia adentro.
-Presidente Lobos…
Efraín la estampó contra la puerta con un movimiento torpe pero firme. Sus labios buscaron los de ella con violencia, mordiendo sin cuidado, mientras una mano audaz se deslizaba por su cuerpo, ansiosa por cruzar fronteras prohibidas.
El escalofrío recorrió a Anaís como un relámpago. Aterrada, levantó la mano y le cruzó el rostro con una bofetada que resonó como un trueno en la habitación.
Efraín ladeó la cabeza por el impacto, inmóvil por un instante, el silencio cayendo entre ellos.
Con el corazón desbocado, Anaís retrocedió y encendió la luz. La escena ante sus ojos era un caos: el aire cargado del aroma denso del incienso, gotas de sangre esparcidas como pinceladas macabras, muebles volcados en un desorden que gritaba violencia.
Efraín, apoyado contra la puerta, mantenía la cabeza gacha, perdido en un torbellino de pensamientos que ella no podía descifrar.
Sobre la mesa, entre copas volcadas, reposaba el arma. Todo apuntaba a que había estado a punto de acabar con Bárbara, pero algo lo había detenido.
-Presidente Lobos, soy Anaís —dijo con voz firme, aunque el pulso aún le temblaba—. Ahora mismo no está en sus cabales. Esa bofetada fue necesaria. Cuando recupere la claridad, usted decidirá qué hacer conmigo.
Efraín se pasó la lengua por el labio, donde una gota de sangre brillaba, y alzó la vista hacia ella con una lentitud que erizaba la piel.
Anaís siempre había intuido que en él habitaba una criatura indomable, un instinto oscuro que apenas lograba contener.
Cuando lo vio dar un paso hacia ella, no lo dudó: tomó el arma de la mesa con manos seguras. -No se acerque.
Su tono era sereno, pero el chasquido del arma al cargarse habló por sí solo.
Efraín se detuvo en seco, inmóvil, observándola con una mezcla de curiosidad y desafío.
Anaís no quería llegar a ese extremo. Si cedía a lo que la droga empujaba entre ellos, tendría que renunciar a todo: su posición, su vida con Z. No estaba dispuesta a traicionar a nadie, ni siquiera a sí misma.
Tras unos segundos de tensión, Efraín dio otro paso lento hacia ella, la voz ronca rompiendo el aire.
-¿Vas a disparar?
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