Capítulo 278
-Acaba de llamar mamá -dijo Raúl, con la voz temblorosa-. Una mujer enloquecida detuvo a Bárbara y la apuñaló. También hirió a mamá en el brazo. Ya la tienen detenida, pero Bárbara está fuera de sí. No es una herida grave, dice, pero no para de gritar como poseída.
Anaís Villagra sintió el impulso de correr hacia el lugar de los hechos, pero sus pies se detuvieron al recordar a Héctor, vulnerable y solo en su lecho. Inspiró profundamente, conteniendo la tormenta en su pecho. En su mente, un nombre emergió con claridad: Gisela Cedillo. Bárbara había destrozado la vida de esa mujer, dejando tras de sí un rastro de dolor que culminó con la muerte de su esposo en prisión. Gisela, consumida por la venganza, debía haberla acechado durante meses, aguardando el instante preciso para descargar su furia, sin importar el costo.
Intentó llevar a Raúl afuera, buscando un rincón donde las palabras pudieran fluir sin el de
peso los ojos de Héctor, pero justo entonces, una voz ronca rasgó el aire desde la cama.
-Dime, estoy escuchando.
Anaís sintió un nudo en la garganta, una impotencia que la anclaba al suelo. Giró hacia Raúl, su única salida fue preguntar:
-¿Cómo está la señora Larrain?
-Es solo un rasguño -respondió él, acercándose con cautela-. Pero Bárbara… parece haber perdido la cabeza. En el hospital está haciendo un escándalo, arañando a los doctores como si tuviera garras. No entiendo de dónde saca tanta fuerza.
Tres balas y ahora una puñalada de Gisela, y aún así Bárbara se retorcía con la vitalidad de una alimaña imposible de aplastar. Raúl se inclinó más cerca, susurrando:
-Anaís, los doctores ya le extrajeron las balas. Dicen que probablemente la manden al psiquiátrico.
Anaís se masajeó las sienes, la mirada fija en Héctor, inmóvil bajo las sábanas. Apretó los labios y sentenció:
-Que la lleven, entonces.
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Raúl calló de golpe, como si sus palabras lo hubieran herido. Bajó la cabeza, atrapado en un silencio que delataba su lucha interna. A pesar del cariño que aún le guardaba a Bárbara, sus actos habían cruzado un límite que ni el afecto podía ignorar.
Tras varios segundos suspendidos en el aire, Raúl se lanzó hacia ella y la abrazó, su voz quebrándose como cristal.
-Anaís, ¿podrías venir más seguido a ‘casa…?
El peso de la soledad comenzaba a aplastarlo. Anaís le dio unas palmaditas suaves en la mano y asintió con ternura.
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Capítulo 278
A las dos de la madrugada, ambos velaban junto a la cama de Héctor, exhaustos bajo el manto de la noche. Raúl se frotó los ojos, las ojeras marcadas como sombras de un insomnio compartido.
-Anaís, me dio hambre. ¿Bajamos a comer algo?
Ella lo observó, notando las huellas del cansancio en su rostro joven, y accedió. Bajaron juntos, y al abrir el refrigerador, Anaís encontró algunos ingredientes olvidados.
-Te prepararé un sandwich sencillo.
-¡Perfecto! -exclamó Raúl, iluminándose de pronto, y se ofreció a ayudarla, siguiéndola con la devoción de un cachorro.
El ánimo de Anaís se aligeró al verlo. Encendió la estufa, y el chisgueteo del fuego llenó la cocina de un calor pasajero. Mientras cortaba el pan, un ruido extraño irrumpió desde el
exterior.
Raúl, impaciente, tomó un sorbo de una sopa que aún humeaba.
Anaís lo reprendió al instante.
-¡Espera! Todavía le falta. Come despacio, no quiero que luego te quejes del estómago.
En ese preciso momento, un olor punzante invadió sus sentidos: humo, mezclado con el tufo inconfundible de la gasolina. Raúl dejó el tazón y ambos corrieron afuera, solo para descubrir que las llamas ya lamían el tejado.
Anaís sintió un latigazo de pánico y subió corriendo hacia la habitación de Héctor. La gasolina se deslizaba como un río ardiente, transformando los pasillos en un infierno voraz. Pateó la puerta del cuarto con todas sus fuerzas, pero el fuego ya reinaba allí, devorando la cama donde Héctor yacía.
Al ver las sábanas convertidas en antorchas, un grito mudo se atoró en su pecho. Raúl irrumpió tras ella y, al comprender la escena, se lanzó hacia las llamas.
-¡Papá!
Anaís lo sujetó con firmeza.
-¡Tenemos que salir de aquí primero!
-¡No quiero! ¡No quiero! -sollozó él, forcejeando-. ¡Anaís, papá se quemó, se quemó hasta morir!
Desesperado, intentó zafarse de nuevo. Anaís, con el corazón en un puño, le cruzó el rostro con una bofetada que resonó en el caos. Raúl se detuvo, aturdido, y las lágrimas brotaron como un
torrente.
Sin perder un segundo, Anaís lo arrastró escaleras abajo. El humo ya había invadido el vestíbulo, espeso y sofocante. Raúl la seguía, tambaleante, como una marioneta sin vida. Guiada por el instinto, ella encontró la salida, pero la puerta principal estaba sellada por el
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Саркок
fuego.
Con un esfuerzo desesperado, tomó una silla y la estrelló contra la ventana. El vidrio estalló en mil fragmentos, y ambos escaparon al aire frío de la noche, cubiertos de hollín y cenizas. Frente a ellos apareció Victoria Larrain, recién llegada, el brazo aún vendado. Al verlos, su rostro se desencajó.
-¿Qué pasó? -preguntó, la voz temblando de angustia.
Raúl se desplomó de rodillas y rompió en llanto.
-Papá sigue adentro… no pudimos salvarlo… no pudimos… ¿será que ya nunca podremos
volver?
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