Capítulo 279
La villa ardía envuelta en un torbellino de llamas que lamían el cielo nocturno. El humo, espeso como una cortina de terciopelo negro, saturaba el aire, mientras las sirenas de los bomberos resonaban a lo lejos, un lamento que llegaba tarde a la tragedia.
Victoria se desplomó sobre la tierra húmeda, con la mirada perdida, convencida por un instante de que sus ojos la traicionaban. Con manos temblorosas, aferró el hombro de Raúl.
-¿Qué dijiste? ¡Repítelo!
El rostro de Raúl, manchado de ceniza, parecía una máscara de dolor. Sus ojos, vacíos de toda luz, se clavaron en ella.
-Papá sigue adentro. El fuego empezó en su habitación. No hay nada que hacer… ya todo se perdió…
De pronto, Victoria perdió el control. Se levantó de un salto y corrió hacia la entrada, pero apenas alcanzó el umbral, una lengua de fuego voraz rozó su brazo herido. Las lágrimas brotaban de sus ojos, empañadas por el humo, mientras forcejeaba contra las llamas como si pudiera doblegarlas con pura voluntad.
Anaís reaccionó al instante. Corrió tras ella y, con un tirón firme, la apartó del peligro.
-¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Héctor!
Victoria se debatía con ferocidad, sus uñas se hundieron en la piel de Anaís, dejando surcos rojizos. Sin más remedio, Anaís alzó la mano y le propinó un golpe seco que la dejó
inconsciente.
Victoria se deslizó al suelo como una marioneta sin hilos. Anaís la arrastró con cuidado hasta donde Raúl aguardaba, inmóvil.
Raúl seguía llorando, un mar de sollozos que ahogaba al joven arrogante que alguna vez fue.
-Anaís, ¡buaaa…!
Ella, al verlo desmoronarse así, sintió un chispazo de impaciencia. Le cruzó el rostro con otra bofetada.
-¡Basta de llorar como débil! Piensa quién pudo haber provocado esto. La empresa de los Villagra te necesita ahora.
El rostro de Raúl, oscurecido por la ceniza, mostraba dos senderos limpios donde las lágrimas habían trazado su camino. Se limpió con el dorso de la mano y, tembloroso, se aferró a la pierna de Anaís.
-Anaís, no me dejes solo, por favor.
El pecho de Anaís hervía de furia contenida, pero reprimió el impulso de apartarlo de un puntapié. Con voz firme, llamó al 120 para pedir una ambulancia para Victoria y luego coordinó con los bomberos que ya combatían las llamas.
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Capítulo 279
El incendio se rindió al amanecer, dejando tras de sí un paisaje de ruinas carbonizadas, un esqueleto humeante de lo que alguna vez fue un hogar.
Los pantalones de Anaís tenían los bordes chamuscados; su figura, emergiendo de entre las cenizas, parecía la de una sobreviviente de un mito antiguo.
Entre los restos ennegrecidos, la cama donde yacía Héctor había desaparecido, tragada por el fuego. Nada quedaba reconocible. Anaís movió una viga metálica con el pie, y el crujido seco de los escombros resonó en el silencio.
La policía llegó poco después, desplegándose para investigar las causas del siniestro.
Anaís alzó la vista y vio a Raúl a lo lejos, sentado con el rostro agotado y perdido. Se acercó a los oficiales con paso decidido.
-Les agradezco mucho su apoyo. Si descubren algo, por favor contáctenme.
Los policías asintieron y comenzaron a inspeccionar el terreno.
Anaís regresó junto a Raúl y, con un movimiento brusco, lo puso de pie.
En una sola noche, su mundo se había derrumbado. Raúl, con apenas diecinueve años, llevaba el peso de una vida que aún no sabía cómo cargar.
Lo empujó hacia su coche y, tras inhalar profundamente, dijo:
-Te llevaré a mi casa. Necesitas un baño y descansar. La policía se encargará del incendio, pero después te espera una lucha dura. Papá me dejó parte de las acciones antes de esto, y no alcancé a devolvérselas. Redactaré un documento para transferírtelas. Desde hoy, tú serás el presidente del Grupo Villagra.
Raúl bajó la mirada. Hasta ese momento, su vida había sido un juego despreocupado. Héctor siempre quiso enseñarle a liderar la empresa, pero él se escabullía, confiado en que sus hermanas cargarían con todo.
-Anaís, mejor vendamos las acciones.
-¡Chss!
El coche frenó en seco. Anaís lo agarró del cuello de la camisa con fuerza.
-Escucha bien, Raúl. Esta empresa es el legado de papá. La levantó desde cero con sus propias manos, sin que nosotros tuviéramos que mover un dedo. No está en condiciones de venderse ahora. Yo allanaré el camino y te daré tiempo para que madures.
Raúl, intimidado por su mirada feroz, tragó saliva. Las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez
en silencio.
Anaís lo soltó, su rostro recuperando una calma tensa.
-Después de hoy, no quiero verte llorar más.
Raúl guardó silencio, su llanto reducido a un murmullo ahogado.
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Capitulo 279
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Llegaron al departamento de Anaís. Ella lo dejó ducharse primero y le dio un pijama de mujer que encontró entre sus cosas. Luego se bañó ella, saliendo con el cabello aún húmedo, secándolo con descuido.
Raúl la vio prepararse para salir y corrió tras ella, pero el timbre sonó en ese instante. Era Miguel Cabrera, el asistente de Héctor.
Raúl lo reconoció de inmediato. Miguel, un hombre de unos treinta años, siempre había sido discreto, hablando poco salvo con Héctor. Sin embargo, era impecable en su trabajo.
Anaís firmó el documento de transferencia que Miguel traía listo y, levantando la vista, le indicó:
-Por favor, haz un listado de todas las propiedades y tiendas de la familia Villagra antes de que vuelva. Incluye su valor actual de mercado. Lo que se pueda vender, véndelo en un mes.
Miguel parpadeó, sorprendido, pero no objeto.
Anaís pensó que tal vez dudaba de sus órdenes y estaba a punto de justificarse cuando él habló.
-Señorita Villagra, lo entiendo perfectamente. Antes de partir, el señor Héctor me dijo que usted era, quizás, la más astuta de la familia. Confiaba en que cuidaría de Raúl.
Un nudo se apretó en el pecho de Anaís, una mezcla de gratitud y duelo. Le debía tanto a su padre, y ya no había modo de pagarle.
Asintió con firmeza y miró a Raúl, sentado en el sofá con el pijama rosa, antes de advertirle:
-Mandaré a Miguel a comprarte ropa decente. Quédate aquí. Lo de anoche seguro aparecerá en los medios, y las acciones caerán. Valerio Madariaga no tardará en mover sus fichas.
Valerio, hambriento por el poder de Héctor, había sembrado discordia durante su enfermedad. Ahora, con su muerte, no dudaría en presionar a la familia.
Lo que más temía Anaís era que Valerio buscara a Bárbara. Si lograba hacerse con el diez por ciento de sus acciones, tendría un peso en la empresa casi igual al del presidente.
Y Bárbara, trastornada por los eventos recientes, no dudaría en actuar por despecho. Haría lo que fuera para herir a Anaís, sin importar las consecuencias.
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