Capítulo 280
Cuando Anaís se acomodó en el asiento del auto, el agotamiento la envolvió como una manta sofocante. Sus párpados pesaban, y el zumbido del motor apenas lograba mantenerla alerta.
No había dormido en toda la noche; la mañana había sido un torbellino de decisiones y trámites que desordenaron su mente como hojas atrapadas en un vendaval.
Entre el caos, una pregunta empezó a tomar forma, punzante como una espina: ¿quién podría haber provocado el incendio? ¿Acaso Efraín Lobos estaría detrás de todo?
La coincidencia con las provocaciones de Bárbara era inquietante. Efraín, con su temperamento impredecible, bien podría ser el culpable.
Aunque, pensándolo mejor, Anaís había cruzado caminos con él antes y seguía en pie, intacta. Tal vez no era tan vengativo como parecía.
Se masajeó las sienes con dedos temblorosos. “No, quizás esta vez Bárbara lo llevó demasiado lejos.”
Efraín había sacado un arma en el pasado, después de todo. Eso lo mantenía en la lista de sospechosos.
Mientras conducía rumbo al Grupo Lobos, su cabeza seguía nublada, atrapada en un remolino
de dudas.
Solo al dejarse caer en la silla de su escritorio sintió cómo el mundo giraba a su alrededor, un vértigo que la obligó a apoyar la frente sobre la madera por un instante de alivio.
Pero apenas había cerrado los ojos cuando un chorro helado le empapó la cabeza, sacudiéndola como un relámpago. El agua chorreó sobre su escritorio, arruinando papeles y dejando un desastre a su paso.
Alzó la vista y encontró a Sofía Lobos, con una ceja arqueada y un balde robado a la limpiadora en la mano, luciendo una sonrisa de victoria.
-Anaís, te lo dije: cada vez que te vea, te haré pagar. O te largas por tu cuenta y te pierdes de mi vista para siempre, o te aguantas.
Las risitas de los compañeros resonaron a su espalda, un coro burlón que celebraba su humillación.
Anaís se pasó una mano por el rostro, apartando el agua, y esbozó una sonrisa leve.
-¿Ya te recuperaste, señorita Lobos?
El rostro de Sofía se torció en una mueca feroz. Apretó el balde, lista para arrojarlo con furia.
¡Cómo se atrevía esa miserable a sacar el tema!
Por culpa de Anaís había terminado en el hospital. Hoy había ido al Grupo Lobos con un solo propósito: hacerla sufrir.
1/3
17.050
Capitulo 280
Pero antes de que el balde volara, Anaís le sujetó la muñeca con fuerza.
En un movimiento rápido, tomó una maceta del escritorio y la estrelló contra la cabeza de Sofía.
Sofía, aún débil tras su reciente alta médica, se tambaleó; la oscuridad nubló su vista al recibir el golpe.
-¡Anaís! Hoy mismo haré que Efraín te eche a la calle.
Se cubrió la herida con una mano, lanzándole una mirada cargada de veneno.
No, no bastaba con despedirla. Usaría el poder de la familia Lobos para asegurarse de que Anaís terminara destruida.
Con el rostro crispado de furia, Sofía le dedicó una última mirada antes de salir del edificio, sin siquiera pasar por la oficina de Efraín.
Anaís, empapada hasta los huesos, tiritaba mientras permanecía en su silla.
Los presentes se quedaron mudos, atónitos ante su osadía al atacar a Sofía. Nadie se atrevió a romper el silencio.
Cuando la convocaron a la oficina de Efraín, dio por hecho que su despido era inminente, pero él solo le preguntó por el avance del proyecto de la familia Córdoba.
Al verla empapada, frunció el ceño y tosió varias veces antes de hablar en voz baja.
-¿Qué pasó?
Anaís guardó silencio.
Efraín acercó su silla de ruedas, extendiendo una mano para revisar el corte sangrante en su
dedo.
Ella la retiró de un tirón y, en cambio, soltó:
-¿Cómo está el presidente Lobos?
Los dedos de Efraín quedaron suspendidos en el aire; desvió la mirada con un gesto contenido.
-Bien.
-Entonces, ¿lo de la familia Villagra fue cosa tuya?
Efraín alzó los ojos apenas, y por un instante su mirada dejó entrever una grieta. Tras unos segundos de duda, murmuró:
-¿Tú crees que fui yo?
-Solo estoy considerando lo obvio.
Una tos lo interrumpió; cubrió su boca con un pañuelo. Su rostro se encendió, pero mantuvo las pestañas bajas, evitándola.
213
Capítulo 280
Anaís, ya al límite de su paciencia, insistió:
-Presidente Lobos, ¿fuiste tú o no? Solo dime eso.
La tos cedió al fin. Aunque parecía agotado, una leve sonrisa asomó en sus labios.
-¿Y si lo fuera?
Anaís lo escrutó, buscando en sus ojos si hablaba en serio o solo jugaba con ella.
Con un aire de cansancio, Efraín se recostó en su silla.
-Digamos que sí.
Anaís se acercó de golpe, molesta, y detuvo con firmeza los documentos que él intentaba
mover.
-¿Qué es eso de “digamos“? ¿Qué, las vidas de los demás no valen nada para el presidente Lobos? Te lo estoy preguntando en serio.
-¡Ras!
Los papeles se partieron en dos cuando Efraín tiró de ellos con fuerza.
Solo entonces Anaís notó las venas hinchadas en su mano, como si estuviera reprimiendo algo
con todas sus fuerzas.
17.05