Capítulo 282
Victoria permanecía inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, como si el peso de las palabras de Bárbara la hubiera convertido en una estatua de sal. Una incredulidad visceral le atravesaba el pecho, robándole el aliento.
-¿Qué acabas de decir? ¿Tu abuelo también…?
-Sí, todo fue obra mía -respondió Bárbara, con una risa seca que resonaba como un eco roto-. Desde que volví a la familia Villagra, Anaís no me hizo nada. Fui yo quien tejió las mentiras, quien se pintó como víctima. Y ustedes, tan ciegos, se tragaron cada palabra. ¡Ja, ja, ja! Me decepcionaron tanto que regresé solo para vengarme. Ahora, todos pagamos el precio.
Victoria, con un impulso feroz, la tomó por el cuello de la camisa, sus manos temblando de
rabia y desconcierto.
-¿Por qué lo hiciste? ¡¿Por qué?! Tus padres adoptivos te dieron todo, siempre te quisieron…
-Je, ¿qué por qué? -la interrumpió Bárbara, con una mueca burlona-. La pobreza te carcome el alma. No importa cuánto amor te den, yo quería más: una vida de lujo, que me envidiaran. Tú no entiendes lo que es cargar con un hermano estúpido, las miradas, los cuchicheos, la duda de si eres su esposa o su sombra. Lo detesto. El mundo me debe todo, y vine a cobrárselo.
Las fuerzas abandonaron a Victoria. Se desplomó al suelo, con el corazón hundido en un mar de culpa. Todo era su responsabilidad: había creído en las lágrimas de cocodrilo de Bárbara, había silenciado a Anaís, negándole siquiera una oportunidad de explicarse. La ruina de la familia Villagra era su obra.
De pronto, un arrebato la impulsó a levantarse. Agarró el cuello de Bárbara con una furia desesperada, apretando hasta que el rostro de su hija se tiñó de rojo, los ojos brillando con una locura desbordada.
-¿Qué, me vas a estrangular? -gritó Bárbara, jadeante-. ¡Hazlo, mátame! Vivirás marcada por haber acabado con tu propia hija. Nunca debiste traerme a este mundo si iba a ser así.
Victoria, incapaz de soportar más, sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies y cayó desmayada.
Anaís irrumpió en la habitación justo a tiempo. Con voz firme, llamó a los médicos que, apresurados, se llevaron a Victoria en una camilla.
Bárbara, al verla, intentó incorporarse de la cama, pero las heridas la traicionaron, clavándola al colchón. Una risa histérica brotó de su garganta.
-Anaís, ¿te crees la gran ganadora? -dijo, con los ojos encendidos-. No tienes nada. Efraín no te ama, solo te tolera porque le recuerdas a alguien que perdió. Eres un triste reemplazo, Anaís. No has ganado nada…
La memoria de la mirada de Efraín la noche anterior cruzó por su mente. Temblando, se abrazó las rodillas, como si quisiera esconderse de un espectro invisible.
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Capítulo 282
-Efraín es aterrador -murmuró-. Un demonio disfrazado. Actúa mejor que yo… un demonio…
Anaís, contemplando el torbellino de locura que era Bárbara, se volvió al médico con calma.
-Por favor, trasládenla al hospital psiquiátrico. Yo me encargaré de los costos.
Al oírlo, Bárbara alzó la cabeza, desencadenando una tormenta de patadas y golpes contra la
cama.
-¡No has ganado! -chilló-. Cuando veas su verdadera cara, huirás de él como yo. Te hará temblar con solo pensarlo. Anaís, cuando descubras quién es en realidad, ¡correrás despavorida!
Repetía esas palabras como un mantra roto, pero para Anaís, su voz no era más que el delirio de una mente perdida. Nada de lo que decía tenía peso ya.
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