Capítulo 283
Anaís había sospechado al principio que Bárbara era la culpable de desatar el incendio, pero al contemplarla ahora, sumida en un torbellino de delirios, dudaba que esa mujer quebrada pudiera ofrecerle respuestas claras.
Observó en silencio cómo los enfermeros conducían a Bárbara hacia el hospital psiquiátrico, su figura menguante engullida por las puertas blancas. Exhaustos sus pasos, se dejó caer en un asiento del vestíbulo, el eco distante de los pasillos resonando en su mente agotada.
Aún quedaba, sin embargo, la carga de resolver los asuntos de Héctor. Con Victoria internada y Raúl sumido en su lenta recuperación, Anaís asumió sola la responsabilidad de los preparativos.
Durante la semana que siguió, tejió con manos firmes los hilos del funeral de Héctor, cada detalle dispuesto con una precisión que rozaba lo sagrado.
El día del entierro, el cielo se desgarró en una lluvia fina y persistente, como si llorara lo que los vivos ya no podían.
Anaís, envuelta en un vestido negro que parecía absorber la luz, advirtió que Raúl, a su lado, había agotado sus lágrimas. Su rostro, endurecido por la resignación, reflejaba una calma frágil.
Se aproximó con delicadeza y posó una mano sobre su hombro, un gesto leve pero cargado de
consuelo.
Raúl apretó los labios, su mirada esquiva luchando contra el brillo húmedo que pugnaba por
escapar.
Anaís no había conocido el reposo en días. Sus ojos recorrieron el camposanto, buscando a Victoria entre las siluetas oscuras, pero su ausencia era un vacío que pesaba.
En un día así, tan cargado de despedidas, ¿dónde estaba ella?
Cuando sus dedos rozaron el teléfono para llamarla, Raúl la detuvo con voz queda.
-Mamá ha decidido entregarse al sacerdocio.
Con su esposo perdido, su hija atrapada en las sombras de su mente y un abismo de rencores separándola de Anaís, Victoria había elegido refugiarse en la soledad de la fe.
Anaís inclinó la cabeza, respetando su voluntad. Esa misma semana, los bienes de los Villagra se deshicieron en ventas rápidas. Con lo obtenido, compró una casa para Raúl y guardó el resto en una cuenta bajo su nombre.
Mientras bajaban por la ladera empapada, el suelo traicionó a Anaís, que resbaló de pronto. Raúl, alarmado, extendió la mano al instante.
-¡Anaís!
Ella rodó varios metros, el mundo girando en un torbellino de barro y hojas, hasta detenerse. Al
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Capitulo 283
alzar la vista, vio que Raúl, en su prisa, también había caído.
Se incorporó primero, sacudiéndose la tierra, y le tendió una mano.
Raúl, con los ojos aún enrojecidos por el llanto seco, aceptó el gesto, su palma temblorosa encontrando la de ella.
Anaís respiró hondo, el aire frío cortándole los pulmones.
-Aún nos espera una pelea difícil. Tienes que estar listo.
Raúl asintió. Sabía que los buitres de la empresa rondaban cerca, sus garras afiladas tanteando el terreno. Habían intentado contactarlo, habían presionado a Victoria para que cediera las acciones de los Villagra por migajas.
Al inicio, el miedo lo había paralizado, pero con Anaís a su lado, todo parecía menos
inalcanzable.
El frío ya se había colado en el aire, y su aliento se alzaba en nubes blancas que danzaban
brevemente antes de desvanecerse.
Ya en el auto, Anaís encendió la calefacción, el calor llenando el espacio con un susurro
reconfortante. Entonces, Raúl rompió el silencio.
-Anaís, ¿no dijo Rober que tenías novio? ¿Dónde está?
Ella se sobresaltó, la pregunta cayendo como un guijarro en aguas quietas. Había estado tan inmersa en el caos que Z casi se había borrado de su memoria.
Sacó el celular y revisó la pantalla: más de una semana sin un solo mensaje, sin una llamada.
Ni de ella ni de él.
Frunció el ceño. Su excusa era el torbellino de los últimos días, pero ¿y la de Z?
Por un instante, sus dedos dudaron sobre el botón de llamada, pero luego, con un suspiro, guardó el teléfono.
“Siempre supe que algo no encajaba entre nosotros“, pensó, su mente tejiendo un hilo de claridad entre las grietas. “Si esto va a romperse, que sea ahora, mientras aún podemos mirarnos a los ojos“.
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