Capítulo 284
Anaís reflexionó unos instantes, con el celular entre las manos, mientras una leve brisa se colaba por la ventana entreabierta del auto. Sus dedos danzaron sobre la pantalla antes de decidirse.
[Z, creo que no encajamos del todo. ¿Qué tal si nos damos un tiempo para pensar las cosas con calma?]
El mensaje apenas cruzó el éter cuando, al otro lado, apareció el indicio de una respuesta: “Escribiendo…“.
Ella alzó una ceja, esperando que las palabras de Z fluyeran con rapidez, pero el estado se mantuvo inmóvil, como un reloj detenido. Imaginó que él tecleaba con furia, borraba con duda, volvía a intentarlo. Diez minutos después, con la paciencia agotada y el motor ya rugiendo, Anaís dejó el teléfono a un lado y emprendió el camino.
Una punzada indefinible le apretaba el pecho, un nudo de frustración que no lograba desatar. Sus manos aferraron el volante mientras se dirigía al chalet que había adquirido para Raúl. Él había protestado, diciendo que no necesitaba tanto lujo, pero ella había insistido con firmeza: un presidente no podía habitar un rincón cualquiera.
El chalet, tras una semana de esmero, exhalaba ahora un aire cálido y acogedor. Las paredes recién pintadas y los muebles dispuestos con cuidado parecían susurrar promesas de calma. Saber que Miguel estaba allí, guiando a Raúl con mano experta, aliviaba el peso que cargaba Anaís. Raúl era aún un lienzo en blanco, y sin alguien que lo encauzara, podría perderse en los
recovecos de la inexperiencia.
El recuerdo de Héctor la atravesó como una espina. Antes de partir, él le había suplicado con los ojos vidriosos que velara por su hermano, y ese eco resonaba en su alma. Fallarle ahora, después de todo lo que habían soportado, era impensable. Un dolor sordo le trepó por la garganta al imaginarlo inquieto, incluso más allá de la vida.
Extendió la mano y, con un gesto suave, despeinó el cabello de Raúl, que la miró con ojos todavía tiernos.
-Últimamente sigue al pie de la letra lo que te diga Miguel para que te vayas empapando de los asuntos de la empresa. Si algo no te queda claro, pregúntale a él o ven conmigo. Ya puse en orden todo lo que necesitas saber; está tan claro que hasta un novato podría manejarlo. Raúl, ya no te dejes llevar por los caprichos de antes.
Raúl lucía un traje impecable, uno de los muchos que Anaís había encargado a medida en esos días frenéticos. En su rostro, los rasgos juveniles comenzaban a endurecerse con trazos de madurez. Sin embargo, ante ella, aún inclinaba la cabeza, permitiendo que sus dedos lo
rozaran con cariño.
-Anaís, lo tengo claro. Tú no has parado en toda la semana; anda, sube a descansar un rato. Siempre tienes tu habitación lista aquí, sabes que puedes venir cuando quieras.
1/2
17.05 C
Capítulo 284
Anaís había pedido una semana libre en el Grupo Lobos, y con el torbellino que envolvió a la familia Villagra, no había pisado la oficina. Las ojeras enmarcaban sus ojos como un recordatorio de las noches en vela. Al escucharlo, un bostezo leve escapó de sus labios.
-Tienes razón, voy a dormir unas tres horas. No te olvides de despertarme a las siete en punto.
-Cuenta con eso.
Raúl la siguió con la mirada mientras ella ascendía las escaleras, su silueta cansada perdiéndose en el rellano. Luego, se dejó caer en el sofá y contempló el montón de papeles que Anaís había organizado con minuciosidad.
A su lado, Miguel rompió el silencio.
-La señorita Villagra ha hecho un trabajo impecable. Todo está detallado con una claridad que hasta me supera. Parece que antes guardaba su talento bajo llave. Con ella guiándote, el señor puede estar tranquilo donde sea que esté.
Raúl apretó los labios, y un brillo acuoso asomó a sus ojos.
-Pero ella se está exigiendo demasiado.
-Presidente Villagra, ya no eres un pequeño. Si de verdad te angustia verla así, lo mejor que puedes hacer es meterte de lleno en esos documentos. Esa será la forma más sincera de devolverle todo lo que ha hecho por ti.
Raúl se enjugó los ojos con rapidez y tomó el primer folder con decisión.
-Voy a poner todo de mi parte para entenderlo.
Miguel esbozó una sonrisa serena, pensando en cómo Héctor había depositado su fe en esos dos. Ahora, viendo a Anaís y Raúl sosteniéndose el uno al otro, creciendo entre las cenizas de la adversidad, supo que el viejo presidente finalmente hallaría paz.