Capítulo 285
Cuando Anaís despertó, la noche había envuelto el mundo exterior en un manto de sombras impenetrables.
Sacó su celular con un movimiento torpe y miró la hora: las nueve en punto. Un leve desconcierto la recorrió. ¿No le había pedido a Raúl que la despertara a las siete?
Se incorporó con prisa, dejando que el agua tibia de la ducha disipara los restos de sueño. Tras cambiarse, bajó las escaleras con pasos ligeros. Sobre la mesa, pequeños platillos exquisitos reposaban junto a una nota escrita con la caligrafía pulcra de Raúl.
[Anaís, fui a la oficina con Miguel.]
Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Con su apoyo y la guía firme de Miguel, Raúl florecería como un presidente digno de admiración.
Calentó la comida en el microondas, y mientras saboreaba cada bocado con calma, un destello de memoria cruzó su mente: al despertar, había visto una notificación en su celular.
Lo sacó de nuevo y, en efecto, un mensaje de Z aguardaba en la pantalla.
[No terminemos…]
Habían pasado dos horas desde que lo envió. Ella, sumida en el sueño, no había respondido. Ahora, con la mente aún nublada, no sabía qué decir. Prefirió dejarlo en pausa, como un pensamiento suspendido en el aire.
Tras la cena, condujo hacia su casa, el rumor del motor acompañando sus pensamientos. La semana había sido un torbellino agotador. Al llegar, se desplomó en la cama, anhelando un sueño profundo que la llevara hasta el amanecer, lista para reincorporarse al Grupo Lobos.
Pero apenas cruzó el umbral de su habitación, una fuerza la arrastró hacia el interior con ímpetu repentino.
No necesitaba adivinar quién era.
-Z…
El nombre apenas rozó sus labios antes de que él la silenciara con un beso urgente, cargado de pasión y una devoción casi desesperada.
Tropezando entre pasos torpes, avanzaron desde la puerta hasta el sofá, envueltos en un torbellino de emociones. Cuando él la recostó contra los cojines y ella intentó hablar, otro beso la interrumpió.
-No terminemos.
Anaís apenas podía tomar aire, sintiendo el leve temblor que recorría el cuerpo de Z. El miedo lo consumía, y ella lo sabía. Inspiró hondo, empujándolo con suavidad, pero él, con un movimiento brusco, sujetó sus piernas.
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-¡Z!
En la penumbra, su voz resonó con una mezcla de súplica y confusión.
-Z…
De pronto, un arrepentimiento afilado la atravesó. ¿Cómo había dejado caer la palabra “terminar” con tanta ligereza? Él parecía sordo a sus intentos de explicarse.
Se enderezó, decidida a dialogar, pero era como hablarle a un eco: él estaba perdido en su propia tormenta. Resignada, cedió poco a poco ante sus insistentes “no terminemos“.
El tiempo se desdibujó en un vaivén de emociones. Cuando él finalmente se calmó, Anaís, exhausta, apenas podía sostenerse. Acunó su rostro entre las manos, notando el dolor que punzaba sus músculos. Él, en cambio, parecía inagotable, una fuerza indomable.
-Z, ya basta. No terminemos, pero para, por favor.
Sus dedos rozaron sus mejillas y un sobresalto la recorrió: estaban húmedas. ¿Lágrimas? Retiró la mano como si el contacto la hubiera quemado, pero él la atrapó con firmeza y la guio
de vuelta a su rostro.
Como un cachorro buscando consuelo, Z se frotó contra su palma. Los dedos de Anaís temblaron, acosados por la culpa. ¿Cómo había descargado en él las tormentas de su propia
vida?
En verdad, él no tenía la culpa de nada.
Solitario por naturaleza, Z había esperado en su habitación, temeroso de perderla, vulnerable
como nunca.
Con ternura, ella acarició su mejilla, asegurándose de borrar toda huella de tristeza antes de sostenerlo con firmeza.
-Está bien, últimamente no he estado bien y, sin darme cuenta, lo he pagado contigo. Eso de terminar lo dije sin pensar. No terminemos, al menos por ahora.
-¿Qué significa eso de “al menos por ahora“? -La voz de Z se alzó, cortante-. ¿Soy un perro que puedes desechar cuando te aburres? Si estás de buen humor, me das una caricia, y si no, me pateas sin más.
Anaís frunció el ceño, herida por la acusación.
-Z…
Quería apaciguarlo, disculparse, encontrar un terreno común donde ambos pudieran respirar. Pero sus palabras habían encendido una chispa, y de pronto él mordió su hombro con furia contenida.
-¿No es cierto? -continuó, su tono afilado como una hoja-. ¿No es esa tu manera de llevar esta relación? Llegué en el momento justo, no me rechazaste, me tienes como una mascota a tu conveniencia. Te complace cómo te hago sentir en la cama, ¿verdad? Hasta te da igual
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Capitulo 285
cómo luzco. Cualquiera que estuviera aquí te serviría, ¿no? ¡Ni siquiera te importa si soy yo!
Su voz se quebró, descendiendo a un murmullo grave.
Anaís percibió su respiración, densa y agitada. La ira lo consumía, y ella lo entendía demasiado
bien.