Capítulo 286
Anaís se incorporó con un suspiro, el eco de sus propios pasos resonando en el pasillo mientras se ajustaba la blusa.
-Una semana, ¿verdad? -murmuró, casi como si quisiera convencerse a sí misma.
-Martínez, creo que no voy a poder ir -dijo, alzando la voz para que Lucas, a unos pasos de distancia, la escuchara con claridad.
Lucas Martínez giró la cabeza y la recorrió con una mirada pausada, evaluándola de pies a cabeza antes de responder con su calma habitual.
-Entonces anda y díselo al presidente tú misma.
Anaís torció la boca en un gesto de fastidio. La sola idea de enfrentarse a Efraín le revolvía el estómago, no por él en sí, sino por el recuerdo persistente de Sofía, que se colaba en su mente como una sombra molesta cada vez que lo veía. Sin embargo, no había escapatoria. Con un bufido resignado, emprendió el camino hacia la oficina principal.
Al llegar, dio dos toques suaves a la puerta. Desde el otro lado, una voz fría y cortante atravesó la madera.
-Adelante.
Empujó la puerta con cuidado, y el aroma a papel y tinta la recibió al instante. Allí estaba Efraín, inmerso en una pila de documentos, su figura recortada contra la ventana como una estatua de mármol viviente. Anaís avanzó unos pasos, ensayando en su cabeza cómo plantear su excusa, pero algo la detuvo en seco. Sobre el cuello de él, apenas visible bajo el borde de la camisa, asomaba una marca tenue, un trazo rojizo que parecía el eco de un arañazo.
Se quedó mirándolo, parpadeando mientras su mente intentaba descifrarlo. Hace tiempo, no habría sabido qué pensar de algo así. Pero ahora, después de esos momentos encendidos con Z, donde las uñas a veces dejaban huellas sin querer, o queriendo, lo reconoció al instante. Eran marcas de una mujer, sin duda. ¿Sería que la familia Lobos, siempre tan metida en sus asuntos, le había arreglado una cita? ¿O acaso Efraín, contra todo pronóstico, había cedido a alguien más?
“¿Y qué pasó con su supuesto amor eterno?“, pensó, frunciendo el ceño mientras lo observaba en silencio.
Efraín, ajeno a su escrutinio, levantó por fin la vista, sus ojos afilados cortando la distancia entre ellos.
-¿Tienes algo que decir?
Anaís respiró hondo, sacudiéndose las conjeturas.
-Presidente Lobos, no voy a poder ir al proyecto de Los Sauces. Mejor mande a alguien más. Raúl apenas está tomando las riendas de la empresa, y la verdad, no me inspira mucha confianza todavía.
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Efraín dejó la pluma sobre la mesa con un movimiento deliberado, el leve sonido resonando en el aire quieto.
-¿Qué pasa, acaso todavía usa pañales?
Anaís se quedó muda, descolocada por el tono mordaz. No era propio de él hablar así de Raúl Tras unos segundos de silencio, forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
-Últimamente, señor Lobos, parece que anda muy solicitado… ¿Qué, ya tiene novia? Esa marca en el cuello, ¿se la dejó ella?
Efraín se tensó apenas, un temblor sutil que Anaís captó de reojo. Recogió la pluma con un gesto rápido, como si quisiera enterrar el tema.
-No es eso.
“¿No es eso?” Anaís entrecerró los ojos, segura de lo que había visto. Pero entonces, como un relámpago, otra idea cruzó su mente, y una risa breve se le escapó.
-¿Entonces qué, el presidente Lobos tiene un gato? Porque parece que lo arañó bien fuerte. No se olvide de vacunarlo, eh.
Era más lógico, después de todo. Efraín no era de los que se enredaban con mujeres a la ligera. Si estuviera con alguien, no necesitaría marcas furtivas; con solo mover un dedo, tendría a medio mundo a sus pies. No, definitivamente un gato encajaba más con ese aire distante que siempre lo envolvía.
Efraín no respondió. Solo aferró la pluma con más fuerza y bajó la mirada a los documentos, su expresión tan imperturbable como siempre, como si el mundo entero pudiera desmoronarse a su alrededor sin que él siquiera parpadeara.
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