Capítulo 287
Anaís nunca lograba descifrar los pensamientos de él, así que simplemente repitió sus palabras con firmeza, sosteniéndole la mirada mientras su determinación se fortalecía con cada segundo.
-Lo siento, pero no puedo ir a Los Sauces.
-Tienes que ir.
Ella frunció ligeramente el ceño, considerando seriamente la posibilidad de renunciar, cuando la grave voz de él cortó el silencio.
-Andrés Lobos ha regresado.
-¿Quién es él?
-Es el hermano de Damián Lobos. A diferencia de Damián, él no es fácil de tratar. Está investigando los asuntos de su hermano. Te saqué de allí porque temo que no aguantes sus métodos de tortura.
Anaís entrecerró los ojos, estudiando el rostro impasible frente a ella.
-¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
-Anaís, él te buscará porque la medicina que Damián te dio salió de las manos de Andrés.
La seriedad en su tono hizo que ella reconsiderara la situación, analizando sus limitadas. opciones. Con su capacidad actual, definitivamente no podía desafiar a la familia Lobos. Y si Efraín afirmaba que Andrés era difícil de manejar, permanecer a su lado parecía la opción más segura. Pero la idea de Los Sauces, un lugar tan remoto, le generaba inquietud. Con Efraín en el centro de aquella tormenta, era imposible predecir si Andrés también lo atacaría. Además, últimamente sentía algo extraño en él, aunque quizás solo fuera producto de su imaginación.
-Está bien, iré, pero señor Lobos, yo viajaré en tren. Usted tiene una posición demasiado alta como para usar transporte público, así que Martínez puede llevarlo en auto.
Se dirigió hacia la puerta, dispuesta a concluir aquella conversación.
-Martínez mencionó que estaremos una semana. Iré a casa a recoger algunas mudas de ropa. Ya compré el boleto de tren, así que nos encontraremos en Los Sauces. Es un lugar aislado solo hay un hotel de cinco estrellas. Nos veremos allí.
Justo cuando su mano tocaba el picaporte, la voz de él resonó a sus espaldas.
-¿Es tan insoportable estar conmigo?
Anaís se detuvo, respiró hondo y cerró la puerta nuevamente, enfrentándolo con una mirada serena pero decidida.
y
-Señor Lobos, pensé que algunas cosas no necesitaban ser dichas tan claramente. Su actitud reciente es extraña, y naturalmente quiero evitar malentendidos. No quiero que los directivos.
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piensen que estoy usando su influencia para ascender, ni que Anselmo Lobos crea que tengo intenciones inadecuadas. Lo más importante es que no deseo verme involucrada en las luchas de su familia. Así que, ya sea que lo diga en broma o en serio, tengo razones para negarme.
Habló con calma y franqueza, sosteniendo la mirada de Efraín sin titubear.
Efraín tragó saliva.
-Estoy segura de que en San Fernando del Sol hay muchas mujeres excelentes esperando por usted. Sé que no soy su tipo, señor Lobos. Solo quiero evitar problemas y por eso he aclarado
todo desde ahora.
Su mano regresó al picaporte, lista para retirarse definitivamente.
-De todos modos, no tengo ningún interés en usted, señor Lobos. No me gusta. Estoy segura de que usted tampoco siente nada por mí. Mantener la distancia es lo mejor para ambos.
Al ver su evidente deseo de evitarlo, Efraín sonrió repentinamente.
Anaís sintió un escalofrío inexplicable, abrió rápidamente la puerta y salió apresurada a
recoger sus pertenencias.
Ya sentada en el tren, seguía pensando en aquella sonrisa perturbadora de Efraín, como si quisiera someterla por completo. “¿Habré sido demasiado presuntuosa con lo que dije? Después de todo, ¿cómo podría fijarse en mí? Las mujeres que lo han perseguido, incluso las supermodelos, nunca le interesaron. ¿Cómo iba a interesarse por una simple empleada como yo?”
Se acomodó en su asiento, bostezando con intención de descansar un poco, cuando captó una conversación desde el otro lado del pasillo.
-Ese lugar es peligroso, matan sin pensarlo dos veces. Tengan cuidado, especialmente con el tipo de la máscara plateada. Lo vi una vez por casualidad y casi me arrodillo del susto.
-Tú apenas entraste una vez y saliste perdiendo todo. ¿Cómo crees que tendrías la oportunidad de ver a alguien tan importante?
-¡Ya te dije! Estaba perdiendo tanto que me dieron ganas de ir al baño. Mientras buscaba uno, lo vi subiendo por la escalera de caracol. Solo dijo una palabra que me heló la sangre: “eliminenlo“. Me quedé tan aterrado que casi me hago encima.
Anaís giró disimuladamente y observó a varios hombres fornidos conversando. Al notar su presencia, los hombres se percataron de lo vulgar de su plática y rieron avergonzados.
Intrigada por aquel misterioso personaje de Nocturnia, ella no pudo contenerse.
-¿De verdad es tan aterrador?
El hombre se animó instantáneamente.
-Hermosa, ¿tú también has estado ahí, verdad? Les cuento y no me creen. Dicen que está prohibido apostar.