Capítulo 29
El ocaso empezaba a teñir el cielo de San Fernando del Sol cuando Anaís, exhausta tras un día de trámites inmobiliarios, regresó a la suite del hotel. Sus dedos juguetearon distraídamente con la tarjeta que había tomado esa mañana, la misma que abría la habitación de Efraín. El cansancio nublaba su juicio mientras deslizaba la tarjeta por el lector, sin detenerse a
considerar las implicaciones de su acto.
La suite la recibió con su familiar elegancia. Los últimos rayos del sol se filtraban por las ventanas, dibujando sombras alargadas sobre el mobiliario de diseñador. Anaís se dejó caer en el sofá de terciopelo, permitiendo que la suavidad del tejido la envolviera. Un bostezo escapó de sus labios, resonando en la quietud del espacio.
Entre la bruma del sueño, el murmullo del agua corriendo en la ducha principal penetró en su consciencia. Al alzar la mirada, la figura de Efraín emergió del dormitorio como una aparición: su torso desnudo brillaba con diminutas gotas de agua, mientras sus manos se ocupaban de secar su cabello azabache. Una simple toalla blanca envolvía su cintura, creando un contraste dramático con su piel bronceada. Sus piernas, libres de la silla de ruedas, se movían con un esfuerzo contenido, cada paso medido y deliberado.
La somnolencia se evaporó instantáneamente de los ojos de Anaís, quien se incorporó de un salto. Efraín continuaba su ritual post–ducha con aparente despreocupación, aunque sus ojos oscuros se dirigían con curiosidad hacia la entrada, como intentando descifrar la presencial inesperada en su suite.
Era la primera vez que Anaís contemplaba su musculatura expuesta: hombros anchos, pecho definido, abdomen marcado. Las gotas traviesas trazaban caminos sinuosos por su anatomía, perdiéndose bajo el borde de la toalla. Apartó la mirada, consciente de la intimidad del
momento.
-Señor Lobos, nos volvemos a encontrar.
-Esta es mi habitación.
Un rubor tiñó las mejillas de Anaís; el agotamiento la había llevado a actuar sin pensar. Observó cómo Efraín se desplazaba con movimientos calculados, apoyándose en el mobiliario. A pesar de su temporal vulnerabilidad física, su porte destilaba una dignidad inquebrantable, como un rey desplazándose por su dominio.
Un impulso protector la empujó hacia él, sus dedos rozando la piel húmeda de su brazo.
-Lo siento, estaba tan cansada que ni lo pensé. Voy a buscar otra habitación.
La piel de Efraín estaba fresca por el baño reciente. Con un movimiento sutil pero firme, apartó el brazo de su agarre.
-Puedes quedarte en el sofá esta noche.
Otro bostezo escapó de los labios de Anaís; el cansancio pesaba sobre sus párpados como plomo.
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Capitulo 29
-Gracias, señor Lobos.
Al notar que él rechazaba su ayuda, dio media vuelta, pero se detuvo al verlo dirigirse hacia el secador. Sus movimientos, aunque dignos, delataban el esfuerzo que requería cada paso.
-¿Quiere que le ayude a secarse el cabello? -ofreció, acercándose nuevamente.
Se estiró para alcanzar el secador en el armario, pero en un giro desafortunado, el enchufe golpeó su frente. El impacto la hizo retroceder, chocando contra el cuerpo de Efraín. El contacto inesperado desequilibró al empresario, quien cayó sobre la cama. En su intento por estabilizarse, Anais, aún sosteniendo el secador, enganchó accidentalmente la toalla de Efraín con su ropa. El pánico atravesó el rostro del ejecutivo al sentir que su única prenda estaba a punto de ceder.
-Anaís.
Su nombre en los labios de él la paralizó. Cerró los ojos por reflejo, aunque una imagen fugaz quedó grabada en su memoria, revelando que la naturaleza había sido generosa con Efraín en
todos los aspectos.
“Definitivamente no fue intencional“, se repetía mentalmente, como un mantra.
Efraín, percibiendo sus ojos cerrados, desvió la mirada mientras tensaba el brazo que lo
sostenía sobre el colchón.
-Sal de aquí.
Con movimientos rápidos, se cubrió con una manta cercana.
Anaís abrió los ojos, evitando cuidadosamente su dirección.
-Está bien, señor Lobos, descanse.
La vergüenza había espantado cualquier rastro de somnolencia. Al cerrar la puerta tras de sí, el silencio envolvió la habitación como un manto pesado.
Sobre la cama, Efraín permaneció inmóvil, su mirada perdida en el techo, un brazo cubriendo sus ojos. Su cabello húmedo dejaba manchas oscuras en las sábanas de algodón egipcio, y a pesar de su habitual frialdad, su presencia irradiaba un magnetismo casi palpable.
La puerta se abrió una última vez, la voz de Anaís teñida de incomodidad.
-Señor Lobos, ya me conseguí otra habitación. No lo molestaré más esta noche. Buenas
noches.
La cortesía la había obligado a despedirse, en lugar de simplemente desaparecer.
Desde las profundidades de la habitación, llegó una respuesta apenas audible.
-Sí.
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