Capítulo 291
Anaís se volvió para marcharse, pero Efraín la sujetó por la muñeca con tal firmeza que sintió una punzada de dolor recorrerle el brazo, Instintivamente se liberó de un tirón y retrocedió varios pasos, frotándose la zona enrojecida mientras observaba con cautela la expresión de Efraín, quien ahora mantenía la mirada baja y los hombros caídos en un gesto inusual de vulnerabilidad.
-Lo siento -murmuró él con voz apenas audible, un tono de derrota que Anaís rara vez había
escuchado en él.
-No pasa nada, voy a llamar a Martínez–respondió ella, apresurándose a salir de la habitación para dirigirse directamente a buscar a Lucas.
Al llegar a la puerta de su asistente, Anaís golpeó con urgencia. -El señor Lobos tiene una herida en la palma de la mano. Ve a la recepción y pide un botiquín para tratarla.
Sin embargo, Lucas ni siquiera se dignó a abrir, contestando desde el interior con tono desinteresado. -Señorita Villagra, estoy trabajando horas extra ahora mismo, no tengo tiempo. Te lo encargo a ti.
Anaís respiró hondo, consciente de que no podía negarse. Si Efraín contraía tétanos, ella también cargaría con parte de la responsabilidad como empleada durante este viaje laboral. Sin perder más tiempo, bajó hasta la recepción y consiguió un botiquín, pero al regresar al piso donde se hospedaban, Sofía apareció de la nada bloqueándole el paso con una sonrisa maliciosa.
-¿Efraín está herido? Dame el botiquín, yo me encargo de la herida exigió Sofía, quien ya no se molestaba en disimular sus intenciones frente a Anaís.
Aliviada de que alguien más asumiera la tarea, Anaís le entregó el botiquín sin dudar y se dirigió directamente a su habitación. Apenas se había metido bajo las sábanas cuando escuchó el llanto frustrado de Sofía resonando por el pasillo. Al parecer, la habían echado sin
miramientos.
“Bien merecido…” pensó mientras el sueño comenzaba a invadirla. Estaba a punto de quedarse dormida cuando su celular vibró con un mensaje de Z.
[¿Sigues despierta? Quería saber cómo estás.]
[No, ¿qué pasa?]
Tras enviar esa respuesta, se dio cuenta de lo seca que sonaba. ¿Quién le habla así a su novio? Como si necesitara una razón concreta para comunicarse con ella. Respirando profundamente, redactó otro mensaje más considerado.
[Estoy fuera por trabajo. Solo para informarte que estaré ausente una semana. No me busques en casa, por favor.]
Se acomodó dispuesta a descansar, pero entonces llegó un mensaje de Efraín interrumpiendo
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su tranquilidad.
[¿Ya te dormiste?]
Anaís observó la pantalla y decidió ignorarlo. Era mejor fingir que ya estaba dormida. En ese momento, Z volvió a escribirle.
[Te extrañaré estos días.]
Sintiendo una punzada de culpabilidad, respondió rápidamente: [Estoy en la costa. Te traeré unas conchas de recuerdo cuando regrese.]
[Me encantaría.]
Satisfecha con la respuesta, Anaís dejó el celular a un lado, bostezó profundamente y se sumergió en un sueño reparador.
La mañana siguiente, el estridente sonido del despertador la arrancó de su descanso. Después de asearse y prepararse, salió al pasillo donde encontró a Sofía esperando impacientemente frente a la puerta de Efraín. Anaís estaba a punto de seguir su camino cuando la puerta se abrió y Efraín apareció siendo empujado en su silla. Se detuvo respetuosamente, permitiéndole pasar primero, y luego lo siguió caminando detrás de Lucas.
Durante el trayecto al restaurante del hotel, Sofía no cesaba su monólogo sobre la intensidad del viento costero de la noche anterior, quejándose de cómo le había impedido conciliar el sueño. Efraín, fiel a su carácter reservado, no pronunció palabra alguna durante todo el
recorrido.
Al llegar al restaurante, los líderes locales de Los Sauces ya se encontraban esperando con evidente ansiedad. Se incorporaron dispuestos a estrechar la mano de Efraín, pero al notar su expresión sombría, contuvieron el impulso, limitándose a murmurar cortesías protocolarias
antes de volver a sus asientos.
Efraín tomó asiento junto a Anaís. Ella consideró cambiar de lugar, pero temiendo que resultara demasiado obvio, permaneció donde estaba. Al encontrarse en una ciudad costera, el menú consistía principalmente en exquisitos mariscos frescos. La mesa rebosaba de platos coloridos, y el intenso aroma marino despertó el apetito de Anaís.
Justo cuando se disponía a comer, observó la herida en la palma de Efraín, ahora más enrojecida que la noche anterior. Evidentemente no había recibido tratamiento alguno. Cuando Efraín intentó utilizar los cubiertos, estos resbalaron torpemente de su mano lesionada. Anaís, al presenciar su dificultad, no pudo permanecer indiferente y rápidamente le preparó un plato con los cubiertos más apropiados.
-Señor Lobos, si necesita algo más, solo dígamelo -ofreció amablemente.
Efraín la miró fijamente pero no articuló respuesta. Anaís, sin dejarse intimidar por su silencio, comenzó a pelar varios camarones para él, colocándolos cuidadosamente en su plato.
Sofía, sentada frente a ellos, observó la escena con una mueca de burla mal disimulada, -Anaís, ¿no sabes que Efraín con los mariscos…?–comenzó a decir, pero se interrumpió
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abruptamente al ver cómo Efraín consumía sin problemas el camarón que Anaís acababa de
preparar.
-¿Con los mariscos qué? -preguntó Anaís, genuinamente confundida por su reacción.
El rostro de Sofía palideció momentáneamente antes de enrojecer por la vergüenza, preguntándose si tal vez recordaba incorrectamente, pues juraba que Efraín solía ser alérgico a los mariscos. Anaís, interpretando la situación como otro intento desesperado de Sofía por acaparar la atención, desestimó el comentario y continuó pelando camarones para Efraín.
Ella preparaba uno tras otro y él los consumía inmediatamente, estableciendo una dinámica tan absorta que Lucas, sentado a su lado, finalmente intervino.
-Señorita Villagra, debería comer usted también.
Anaís soltó las cáscaras de camarón como si quemaran.
-Señor Lobos, entonces voy a comer un poco anunció, buscando su aprobación.
-Está bien–concedió él, bajando la mirada mientras sus largas pestañas ocultaban la expresión de sus ojos. Inadvertidamente para Anaís, en su cuello comenzaban a formarse inquietantes ronchas rojas que se extendían lentamente por su piel.