Capítulo 294
Con un empujón desesperado, Anaís logró entrar a la cabaña junto con la puerta, dejando atrás la furia de la tormenta que azotaba la isla. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras activaba el aire acondicionado. Se limpió la nariz con el dorso de la mano y revisó su celular, confirmando que seguía sin señal. Era imposible comunicarse con el exterior y no tenía idea de cuánto duraría aquel temporal, aunque rezaba para que no se extendiera más de una
semana.
La prioridad era cambiarse aquella ropa empapada. Recorrió la habitación y descubrió que el armario contenía cobijas y sábanas extras, además de que la cama estaba perfectamente tendida. Un estornudo repentino la hizo encogerse mientras sentía el frío calándole hasta los
huesos.
Se deshizo de las prendas mojadas y se metió a la ducha. El agua caliente alivió momentáneamente su malestar, devolviéndole algo de calor a su cuerpo entumecido. Luego se deslizó entre las sábanas de la cama, escuchando el rugido de la tormenta que parecía querer arrancar el techo. Cerró los ojos esperando que al despertar el caos hubiera amainado.
No supo cuánto tiempo durmió hasta que el sonido del celular la sobresaltó. Se incorporó de golpe y tomó el aparato. La pantalla mostraba una llamada entrante de Lucas.
La conexión era pésima y la voz entrecortada apenas le permitió entender sus palabras. Solo logró descifrar una frase alarmante: “El presidente está yendo solo a la isla a buscarte.”
“No puede ser cierto“, pensó mientras su corazón se aceleraba.
-¿Me estás tomando el pelo, Martínez? ¿Cómo se te ocurre dejar que el presidente salga con este clima? ¡Por Dios, apenas se está recuperando de lo de su pierna!
La respuesta se perdió entre interferencias y la llamada se cortó definitivamente. Anaís respiró profundo mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Que Efraín hubiera salido a buscarla le provocaba una mezcla de conmoción y angustia.
La isla era un escenario apocalíptico con la tormenta. Los escombros y ramas volaban por todos lados, convirtiéndose en proyectiles mortales. No podía quedarse quieta sabiendo que él estaba afuera. Se vistió apresuradamente con la ropa aún húmeda y salió nuevamente a enfrentar la furia del temporal.
La lluvia golpeaba con más intensidad que antes, cada gota como una pequeña aguja contra su piel. Avanzar era una lucha constante, aferrándose a los árboles para no ser arrastrada por las ráfagas de viento.
Después de recorrer unos cientos de metros entre el fango y la vegetación azotada, distinguió una silueta humana en la distancia. Por un instante creyó que era una alucinación, pero aquella figura pareció reconocerla antes de desplomarse sobre el suelo encharcado.
-¡Señor Lobos! -gritó con todas sus fuerzas.
Intentó correr hacia él, pero el viento la empujaba en dirección contraria, obligándola a
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entrecerrar los ojos. Le tomó casi diez minutos eternos llegar hasta donde él yacía.
-¡Señor Lobos!
Efraín estaba tendido sobre el lodo, completamente empapado, su rostro de una palidez alarmante.
-¡Señor Lobos! ¡Efraín! -exclamó arrodillándose junto a él mientras daba suaves palmadas en su mejilla.
Lentamente, Efraín abrió los ojos. Se incorporó con dificultad y, en un impulso, la estrechó fuertemente entre sus brazos. En medio del caos desatado, aquel abrazo transmitió una conexión pura y sincera. Anaís no lo rechazó y exhaló aliviada al sentir que respiraba.
-Hay una cabaña más adelante. Por suerte, lo mencioné mientras hablaba con el encargado. Vamos, te llevaré hasta allí.
Efraín permaneció en silencio, extendiendo su mano en un gesto que pedía apoyo sin palabras.
Anaís quiso sonreír ante ese gesto, pero la gravedad de la situación se lo impidió. Se apresuró a sostenerlo mientras se levantaba. Juntos, apoyándose mutuamente, avanzaron hacia el refugio.
Le sorprendió que Efraín conociera el camino correcto. ¿Acaso había estado prestando atención cuando ella conversaba con el encargado sobre la cabaña?
El refugio no estaba lejos. Una vez dentro, Anaís cerró la puerta con dificultad, luchando contra la presión del viento.
Efraín era un hombre alto de piernas largas. Anaís, angustiada por el estado de su pierna lesionada, se arrodilló frente a él apenas aseguró la entrada.
-¿Te duele la pierna? ¿Dónde dejaste tu silla?
-La perdí.
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