Capítulo 295
Sus dedos recorrieron con delicadeza el contorno de la pantorrilla, palpando cada centímetro con cuidado meticuloso.
-¿Te duele aquí?
-Sí, bastante.
“¡Maldita sea! Si su pierna está empeorando, estamos en un verdadero problema, y aquí no hay forma de conseguir ayuda médica.”
Anaís frunció el ceño mientras analizaba la situación. La preocupación dibujaba líneas profundas en su rostro.
-Mira, las condiciones aquí son muy básicas. Ya sé que eres exigente con todo, pero esta vez vas a tener que adaptarte. Quítate la ropa mojada y los pantalones. Necesito masajear esa pierna para mejorar la circulación.
Sin esperar respuesta, comenzó a desabotonar metódicamente su camisa. Apenas había liberado el primer botón cuando se detuvo abruptamente. Grandes manchas rojizas salpicaban su piel como un mapa de territorios desconocidos.
-¿Qué son todas estas manchas rojas?
Efraín mantenía los ojos cerrados, su cuerpo recargado contra la mesa en una postura de absoluto abandono. Su respiración era irregular.
-Debe ser una reacción alérgica a los mariscos.
Anaís sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. ¿Alergia al marisco? El recuerdo de haberle pelado camarones que él había devorado con aparente deleite la golpeó como una
bofetada.
Dejó caer el lujoso traje a un lado y terminó de desabotonar la camisa con dedos temblorosos. Las manchas se extendían por su espalda como constelaciones rojas, además de cubrir gran parte de su pecho.
-Señor Lobos, no se duerma por favor. ¿Tiene fiebre?
Colocó su palma sobre la frente de Efraín y la retiró casi instantáneamente por el calor que emanaba. La indignación y la preocupación se mezclaban en su interior. ¿Cómo se le había
ocurrido venir a buscarla estando en ese estado?
Sus manos encontraron el cinturón mientras su mente calculaba el siguiente paso. Efraín abrió los ojos lentamente, con una mirada vulnerable que contrastaba con su habitual seguridad.
-¿Qué estás haciendo?
-Le voy a quitar toda la ropa para pasarle agua tibia por el cuerpo y después acostarlo. Su ropa está empapada y solo hay una cama. Si se acuesta así, las sábanas quedarán inservibles.
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Capitulo 295
Al escuchar “una cama“, los ojos de Efraín vibraron ligeramente y desvió la mirada hacia un punto indefinido de la habitación.
Anaís notó el rubor que ascendía hasta las orejas de Efraín, y por un instante, la incomodidad se apoderó también de ella.
-Con su permiso, Señor.
Lo guio hasta el sofá y le retiró los pantalones con movimientos precisos. Luego se dirigió al baño para conseguir agua caliente con qué limpiar su cuerpo febril.
El cuerpo de Efraín desafiaba cualquier lógica. Resultaba inexplicable cómo alguien que había dependido de una silla de ruedas durante dos años conservaba semejante constitución física.
Con las mejillas encendidas, lo limpió meticulosamente de pies a cabeza, lo ayudó a acomodarse en la cama y lo cubrió con las cobijas hasta el mentón.
Comprobó su temperatura una vez más. La fiebre persistía obstinadamente.
Se incorporó rápidamente y examinó cada rincón de la habitación en busca de medicamentos, pero su búsqueda resultó infructuosa.
Regresó a la cama, la preocupación enmarcando cada uno de sus gestos.
-¿Cómo se siente, señor?
-Tengo frío y me pica todo.
Su voz sonaba áspera y sus mejillas ardían con un tono escarlata alarmante.
Sin detenerse a considerar las implicaciones, Anaís se dirigió al baño, tomó una ducha expedita y extrajo una sábana del armario para envolverse antes de deslizarse bajo las cobijas junto a él.
Quizás su presencia mitigaría la sensación de frío que lo atormentaba. Lo último que deseaba era que Efraín sufriera complicaciones estando bajo su cuidado.
Al encontrarse tan cerca, podía distinguir cada detalle del rostro de Efraín, cada línea, cada
sombra.
Frente a frente, la mirada de Efraín reflejaba confusión y vulnerabilidad. Aun así, elevó lentamente su mano hasta rozar la mejilla de Anaís con las yemas de sus dedos.
Anaís retrocedió instintivamente, sintiendo una corriente helada recorrer su columna al escucharlo murmurar:
-Tengo frío.
Inspiró profundamente y se acercó un poco más, aunque esta vez evitó el contacto visual, fijando su mirada en las imperfecciones del techo.
Al percibir sus movimientos inquietos, preguntó:
-¿Qué pasa ahora?
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-Me pica mucho donde tengo la alergia.
“De verdad que eres único, Efraín. Ni los santos dan tanto trabajo como tú.”
Resignada, giró nuevamente para enfrentarlo.
-¿Dónde te pica más? ¿En el pecho o en la espalda?
-En el pecho.
Efraín bajó la mirada, mientras gotas de sudor perlaban su nariz, exhibiendo una faceta
vulnerable que rara vez mostraba al mundo.
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