Capítulo 298
Cuando Anaís despertó, se dio cuenta de que ya estaba de vuelta en el hotel. A través de la pared escuchó a Sofía llorando en la habitación contigua con voz lastimera.
-Efraín, por favor, no te enojes conmigo.
La voz de Efraín se filtró a través de la puerta, fría pero con un toque indulgente que resultaba innegable.
-Que no se repita.
Sofía se animó al instante, recuperando su entusiasmo como si nunca hubiera estado angustiada.
-¿Sabía que no podrías estar molesto conmigo! Oye, Efraín, ¿cuándo regresamos a San Fernando del Sol? Anaís ha estado dormida una eternidad, ¡qué irresponsable!
Anaís sintió una indignación tan profunda que casi escupe sangre. Era evidente que todo había sido obra de Sofía, pero Efraín no investigaría el asunto, así que ella no tenía derecho a reclamar nada. Ahora solo sentía un dolor punzante atravesándole la cabeza. Tomó su celular y descubrió con sorpresa que había dormido dos días completos.
Apenas se incorporó, escuchó el característico sonido de una silla de ruedas aproximándose; Efraín abrió la puerta y entró a la habitación. Al recordar aquel beso tan íntimo, Anaís adoptó una actitud completamente racional y distante.
-Señor Lobos, lo he pensado detenidamente. Cuando volvamos a San Fernando del Sol, voy a presentar mi renuncia. Raúl todavía me necesita, y tengo planes de trabajar un tiempo en la empresa de la familia Villagra.
El sonido de la silla de ruedas se detuvo abruptamente, como si el tiempo se hubiera congelado. Él quedó inmóvil.
Anaís giró la cabeza y le dedicó una sonrisa cortés.
-Espero que lo entienda, señor Lobos.
Él tragó con dificultad; sus dedos apretaban con fuerza los brazos de la silla de ruedas. Todas sus emociones permanecían ocultas bajo una máscara de indiferencia, pero Anaís logró percibir un destello de frialdad en su mirada.
-¿Por qué? -preguntó con una voz contenida.
-Es mejor evitar situaciones incómodas. Después de lo que pasó, no puedo fingir que nada ocurrió. Además, presiento que Anselmo pronto te pedirá que te cases. Después de tantos problemas en la familia Lobos, ya es hora de que suceda algo positivo.
Se levantó de la cama y revisó en su celular el itinerario del proyecto. Al día siguiente de haber sido trasladada de regreso al hotel, Efraín y su equipo habían explorado la isla, y ambas partes habían discutido el proyecto durante un día y una noche completos.
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Anaís había dormido cuarenta y ocho horas, perdiéndose todo, pero eso también significaba que podían regresar pronto a San Fernando del Sol. Efraín la observaba intensamente, intentando detectar alguna otra emoción en su rostro, pero cuando ella hablaba de su renuncia, parecía completamente aliviada. Su respiración se volvió pesada de repente, y las venas en el dorso de su mano se marcaron visiblemente.
Finalmente, se dio la vuelta y con voz ronca, dijo:
-Haz lo que quieras.
-Gracias, señor Lobos. Pienso tomar el tren de regreso; compraré el boleto ahora mismo, seguramente salga esta noche.
La espalda de Efraín se tensó completamente. Emitió un “mmm” casi inaudible y salió de la habitación.
Anaís esperó a que la puerta se cerrara antes de soltar un profundo suspiro y dejarse caer nuevamente en la cama. Ahora que la fiebre había cedido, los recuerdos de aquella noche se volvían cada vez más nítidos. Tan claros que podía rememorar cómo la lengua de Efraín se entrelazaba con la suya, cómo su respiración invadía la de ella, la presión de sus dedos en su barbilla y aquella mirada sombría, cargada de pensamientos indescifrables. Si continuaba en el Grupo Lobos, algo serio podría ocurrir entre ellos. Era preferible alejarse cuanto antes.
Durante la cena, Lucas no pudo contener su curiosidad.
-¿Te peleaste con el presidente?
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Anaís se quedó perpleja ante la pregunta. ¿Qué posición tenía ella para enfrentarse a Efraín?
-No, simplemente le comenté que planeo renunciar cuando regresemos.
Lucas la miró con una expresión indescifrable, como si quisiera decir algo más profundo, pero finalmente preguntó:
-¿De verdad tienes que irte? El Grupo Lobos te paga muy bien, y el presidente te trata con respeto. ¿Pasó algo en la isla que no sepamos?
Un destello de incomodidad cruzó por los ojos de Anaís.
-No pasó nada.
-Anaís.
-¿¿Sí?
-Tú… ¿por qué mejor no te quedas? Aunque te vayas con la familia Villagra, cuando el presidente tenga insomnio, te seguirá llamando. Fue algo que tú misma aceptaste, ¿recuerdas?
-Martínez, disculpame, pero tengo algo urgente que hacer. Me voy.
-¡Anaís, espera!
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Capitulo 298
Lucas estaba genuinamente preocupado. Quiso seguirla, pero Anaís desapareció rápidamente entre la gente. Él se quedó ahí parado, dirigiendo una mirada furtiva hacia la persona sentada a poca distancia, y soltó un suspiro resignado.
Anaís volvió apresuradamente al hotel, empacó sus pertenencias y se dirigió directamente a la estación de autobuses. Cuando finalmente llegó a San Fernando del Sol, estaba
completamente exhausta. No entregó su carta de renuncia personalmente al Grupo Lobos; simplemente envió un correo electrónico a Efraín. Luego, sin remordimientos, permaneció en casa por dos días.
Fue hasta el tercer día, al despertar, cuando notó que la habitación estaba sumida en la oscuridad. Recordaba claramente haber dejado la luz encendida antes de dormir. Se frotó los ojos y distinguió una silueta sentada en el sofá junto a la ventana. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba esa persona ahí, observándola en silencio.
-¿Z?
Llamó, recordando que no había tenido contacto con él durante esos días agitados.
Su voz sonaba áspera cuando preguntó:
-¿Y las conchas?
Anaís se tensó súbitamente. Por lo ocurrido con Efraín en Los Sauces, había olvidado por completo el asunto de las conchas marinas.
-Lo siento mucho, se me olvidó completamente. Si quieres, puedo ir a buscar más otro día.
Z se levantó bruscamente y se plantó frente a ella con postura desafiante.
-¿Qué puedes recordar realmente? Llevas aquí varios días y ni un mísero mensaje me has enviado. Hasta un perro recibe algo de atención de vez en cuando. No me ves como tu novio, solo me tienes lástima…
El rostro de Anaís se ensombreció. Durante estos días había evitado deliberadamente pensar en ello. No sabía cómo mencionar a Z lo del beso con Efraín, temía que estallara de ira. Tampoco le parecía correcto ocultarlo. En medio de su dilema interno, había optado por la evasión. Ahora, al escucharlo, se sintió repentinamente agotada.
-Anaís, en el fondo no te gusto nada. Si no te busco yo, ni siquiera piensas en mí. Sigues odiándome como antes. Me usas y luego me dejas para ir tras ese hombre que tanto te encanta. Solo tienes ojos para él. Me detestas, tú…
Su discurso neurótico se interrumpió de golpe, y su tono se volvió peligrosamente bajo.
-¿Me estás viendo la cara?
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