Capítulo 3
Anaís contemplaba la pantalla de su celular. Las manecillas del reloj marcaban las nueve de la noche, y la deuda de los veinte mil pesos que necesitaba se cernía sobre ella como una sombra asfixiante. Tras varios minutos de indecisión, sus dedos se deslizaron hacia el número de
Efraín.
-¿Anaís? -la voz al otro lado de la línea sonaba distante y contenida.-
Un nudo de angustia le oprimió la garganta, pero se obligó a hablar.
-Hola, Efraín, ¿podrías prestarme veinte mil pesos? Estoy en el hospital y no puedo pagar las
cuentas.
El silencio se extendió entre ambos, interrumpido solo por el murmullo de tela rozando contra tela y respiraciones pausadas.
-¿Cuál es el número de tu cuenta? -preguntó él, sorprendiéndola.
-Tengo que buscarlo -respondió ella con premura.
Sus manos temblaban mientras rebuscaba en el bolso que la enfermera había identificado como suyo. Entre los cosméticos desperdigados, sus dedos finalmente rozaron el plástico frío de una tarjeta bancaria.
La transferencia se completó casi de inmediato, pero ninguno de los dos colgó. Durante tres minutos eternos, compartieron un silencio íntimo, sus respiraciones entrelazándose a través de la línea telefónica.
-Efraín, yo…
-¿Te lastimaste mucho?
Su tono seguía siendo distante, pero Anaís percibió en él la primera muestra genuina de preocupación que había recibido desde su despertar.
-Ya estoy bien, gracias. Buscaré cómo devolverte el dinero -musitó, la emoción haciendo temblar su voz.
-Anaís, ¿cuánto tiempo piensas engañarme esta vez?
Su corazón se detuvo por un instante. Cortó la llamada con dedos temblorosos, mientras la confusión nublaba sus pensamientos. ¿A qué se refería? ¿Qué clase de engaños habría perpetrado en su pasado olvidado?
La noche había caído sobre la ciudad cuando el taxi se detuvo frente a una residencia elegante.
El jardín, meticulosamente cuidado, desprendía un suave aroma a jazmín.
-Son cien pesos, ¿en efectivo o por WhatsApp? -preguntó el taxista.
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Capitulo 3
Antes de que pudiera responder, el ronroneo de un motor lujoso rompió el silencio nocturno. La ventanilla descendió con un zumbido, revelando el rostro de Roberto, y junto a él, Bárbara resplandecía bajo las luces del porche.
-¿Hermana, por qué saliste del hospital? -preguntó Bárbara al descender del auto. Su vestido centelleaba con diminutos cristales, y el bolso de edición limitada que portaba era un
recordatorio más de la disparidad entre ambas.
-¿Rober no te dijo? Tu novio es Efraín.
Los ojos de Bárbara enrojecieron instantáneamente..
-¿Vas a buscarme problemas otra vez?
Roberto emergió del vehículo, su rostro contorsionado en una mueca de desprecio.
-Pensé que durarías más, pero no aguantaste ni seis horas–espetó-. ¿Anaís, no tienes dignidad? ¿Necesitas que te recuerde una y otra vez que estoy con Barbi? ¿Por qué siempre te
metes con ella?
-Déjalo, Rober, ya estoy acostumbrada -murmuró Bárbara, acurrucándose contra su brazo.
La sangre abandonó el rostro de Anaís. La bata del hospital le pesaba como una mortaja, y sus pestañas temblaban como alas de mariposa herida.
-¿Podrías prestarme cien pesos? -susurró, evitando mirarlos.
-Prefiero dárselos a un perro antes que a ti soltó Roberto con una carcajada desdeñosa. Se volvió hacia Bárbara con dulzura-. Vamos dentro, no te preocupes por ella.
-Hermana, aquí tienes mi tarjeta, úsala si la necesitas -ofreció Bárbara, secándose una lágrima mientras esbozaba una sonrisa tenue.
Anaís bajó la mirada. El orgullo se deshacía como azúcar en agua ante la urgencia de su necesidad. Sus dedos se extendieron hacia la tarjeta, cediendo ante la cruel realidad que la
acorralaba.
El rugido de otro motor cortó el aire nocturno. Una camioneta de líneas elegantes se detuvo junto a ellos, y Victoria Larrain descendió como una tormenta en ciernes. Sus tacones resonaron contra el pavimento mientras se acercaba, y sin mediar palabra, su mano se estrelló contra el rostro de Anaís.
-¿Otra vez molestando a Barbi? ¿No te basta con el dinero que ya le has sacado? -bramó Victoria-. Anaís, ¿qué quieres de nosotros? ¿Quieres que todos suframos por tu culpa? Desde que encontramos a Barbi, no has dejado de acosarla. ¿Por qué no fuiste tú la que se llevaron aquella vez? Barbi ha pasado por tantas penurias, ¡y tú no haces más que comportarte como una niña malcriada!
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Capitulo 4