Capítulo 30
El suave resplandor de la pantalla del celular iluminó el rostro de Anaís en la penumbra de su nueva habitación de hotel. Sus dedos se detuvieron sobre las sábanas recién cambiadas cuando la vibración del dispositivo interrumpió su ansiado momento de descanso. Era una notificación del grupo de trabajo.
La conversación en el chat fluía como un veneno silencioso. Una fotografía de su espalda, captada sin su consentimiento, había desatado una oleada de especulaciones maliciosas.
[¿Por qué Anaís está hospedándose en un hotel?]
[Seguramente anda con alguien, ¿no? Con tantos hombres que tiene a su alrededor…]
[Pues claro, si entró a la empresa solo por sus conexiones con el presidente Lobos.]
Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Anaís mientras sus dedos danzaban sobre el
teclado virtual.
[¿Que tengo muchos hombres alrededor? Vaya, esa sí que es novedad para mí.]
El bullicio digital se transformó en un silencio sepulcral. Los mismos dedos que momentos antes tecleaban teorías sobre sus supuestos encuentros con Roberto ahora permanecían inmóviles, paralizados por la vergüenza.
Anaís dirigió un mensaje directo al responsable de la fotografía.
[¿Nunca has estado en un hotel? Interesante.]
La quietud en el grupo se volvió casi tangible. De no ser un chat laboral, probablemente ya habría sido eliminado en medio de la incómoda situación.
“Qué gracioso“, pensó Anaís mientras se acomodaba entre las almohadas. “La vergüenza debería sentirla quien difama, no quien es difamado.”
La mañana siguiente trajo consigo un ambiente enrarecido en la oficina. Las miradas esquivas y los cuchicheos mal disimulados flotaban en el aire como polvo suspendido, pero Anaís mantuvo su dignidad intacta, concentrándose en sus pendientes con la serenidad de quien tiene la consciencia limpia.
Al caer la tarde, la voz de Fabiana resonó en su teléfono con una invitación para ir de compras. La excusa perfecta: Anaís necesitaba algunos muebles para su nueva casa, complementos que no podía seleccionar en línea sin verlos primero.
El inmueble, de construcción reciente, ya lucía algunos toques modernos gracias a sus compras anteriores. El servicio de limpieza había dejado todo impecable, y con los últimos detalles que adquiriera esa tarde, podría mudarse antes del anochecer.
La revelación del precio de la casa -quince millones al contado–provocó un cambio sutil pero perceptible en el rostro de Fabiana. Su sonrisa, antes genuina, se transformó en una mueca forzada.
1/3
10:105
Capitulo 30
-Anaís, ¿que no andabas con problemas económicos? ¿De dónde sacaste tanto dinero de repente?
-Digamos que la suerte me sonrió -respondió Anaís con naturalidad mientras examinaba una lámpara de mesa-. Disculpe, ¿tienen algún modelo más vintage?
-Por aquí, permítame mostrarle -respondió el vendedor, guiándolas por el lujoso
establecimiento.
El centro comercial resplandecía con el brillo de las marcas de lujo. Anaís seleccionó la lámpara y proporcionó su dirección para la entrega, mientras Fabiana observaba con atención cada movimiento de su tarjeta, sus dedos crispándose imperceptiblemente al ver cómo su amiga desembolsaba cinco mil pesos por una simple lámpara.
-¿Te dio el dinero Roberto? ¿O alguien más? -la pregunta de Fabiana resonó con un tinte de suspicacia.
Anaís continuaba seleccionando pequeños accesorios para su nuevo hogar, la emoción de la mudanza brillando en sus ojos.
-Ni uno ni otro. Es una historia complicada -sonrió-. ¿Te gustaría ver la casa más tarde?
-Por supuesto -respondió Fabiana, su sonrisa tensa contradecía el entusiasmo de sus palabras. Nunca he visto una casa de quince millones.
En San Fernando del Sol, muchos trabajaban toda una vida sin lograr comprar ni un baño propio, pensó Fabiana mientras seguían recorriendo las tiendas.
Al pasar frente a una boutique de bolsos de diseñador, Anaís siguió de largo. Los bolsos de lona siempre habían sido más de su estilo que aquellos con precios estratosféricos. Sin embargo, una voz estridente interrumpió sus pasos, acompañada de un agarre brusco en su
muñeca.
-¡Anaís, cuánto tiempo sin verte! Anda, cómprame este bolso, son solo treinta mil pesitos. ¡Me
encanta!
La mujer que la sujetaba aparentaba unos cuarenta años, con un rostro bien cuidado que no lograba disimular la codicia en su mirada.
Anaís frunció el ceño, liberando su muñeca con un movimiento suave pero firme.
-Disculpe, ¿nos conocemos?
El rostro de Jimena Bolaños se transformó instantáneamente, dejando escapar una risa cargada de veneno.
-Ay, no te hagas la graciosa. Ya cómpramelo.
Una risa incrédula escapó de los labios de Anaís mientras se disponía a marcharse.
La mano de Jimena volvió a apresar su muñeca, esta vez con más fuerza, su voz destilando
amenaza.
919
19:10
-¿Qué te pasa, Anaís? Te dije que lo pagues, no des más vueltas. ¿O no quieres que le hable bien de ti a Roberto? Anda, apúrate que tengo una cena pendiente.
El semblante de Anaís se endureció.
-Suélteme.
Fabiana, que observaba la escena desde atrás, intervino con voz suave.
-Es la tía de Roberto. Antes les comprabas muchos bolsos de marca a estas personas. Ah, y también está la otra tía, cuyo esposo tiene problemas con el juego… tú les ayudaste a pagar sus deudas.
Las palabras de Fabiana provocaron una punzada de dolor en las sienes de Anaís. Tras unos segundos de procesamiento, una sonrisa tenue se dibujó en sus labios.
-¿Estás segura?
“¿Así que despilfarré mi dinero en estos parásitos?“, pensó. “¿Por eso los Villagra decidieron controlar mis gastos?”
Jimena cruzó los brazos, su rostro una máscara de soberbia.
-Ya, apúrate. ¿Dónde está tu tarjeta? No me digas que no tienes para esto.