Capítulo 306
La cabeza de Anaís palpitaba con un dolor persistente mientras su mente revolvía inquieta las palabras de Andrés. Una sensación de desasosiego le oprimía el pecho, como si algo
importante estuviera a punto de revelarse en su memoria fragmentada.
-No, solo me topé con un contratiempo. Ya voy saliendo, estaré ahí en una hora.
-Anaís, no me mientas.
Su voz sonaba quebradiza, con un matiz de inseguridad que raras veces dejaba entrever.
Anaís sintió una punzada en el corazón que le robó el aliento por un instante.
-No te estoy mintiendo.
En el interior de la cafetería, el semblante cordial de Andrés se desvaneció como niebla bajo el sol. Siguiendo con la mirada la silueta de Anais mientras se alejaba, se dirigió al guardaespaldas apostado junto a él.
-Averigua quién es su novio.
No podía tratarse de Efraín. Era imposible. Efraín debería saber perfectamente que el corazón de Anaís pertenecía a otra persona.
“¿Realmente alguien tan orgulloso como él se aprovecharía de la amnesia de Anaís para convertirse en un reemplazo?”
Andrés soltó una carcajada gélida. La desaparición de Damián indudablemente tenía la firma de Efraín, pero había maniobrado con tal astucia que nadie había logrado conectar los puntos hasta ahora.
No importaba. Ahora que había regresado al país, disponía de todo el tiempo necesario para desenmascararlo. Y lo que era mejor: conocía perfectamente sus vulnerabilidades.
Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios mientras volvía a tomar asiento. A partir de ahora, San Fernando del Sol se convertiría en un tablero de ajedrez fascinante.
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Anaís llegó a la pequeña mansión cuando el reloj marcaba las diez de la noche. La oscuridad lo envolvía todo, creando una atmósfera intrigante y vagamente amenazadora que erizaba su piel. Al levantar la mano para tocar el timbre, la puerta se abrió silenciosamente por sí sola, revelando un interior completamente sumido en tinieblas. Palpó la pared buscando el interruptor, sin éxito.
-¿Z?
Cerró la puerta tras de sí, sumergiéndose en lo que parecía un pozo de oscuridad infinita. Guiándose por el recuerdo de su visita anterior, avanzó a tientas hacia donde recordaba que estaba el sofá.
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De repente, unas manos firmes rodearon su cintura y una voz apagada susurró cerca de su oído.
-¿Compraste el regalo?
Anaís exhaló profundamente, aliviada. Se giró de inmediato para tomar una de sus manos, notando bajo sus dedos el vendaje que cubría su palma.
-Sí, lo compré. ¿Me acompañas al sofá?
Z tomó su mano y la guio hasta el sofá donde ambos se sentaron. Anaís percibía una extraña energía emanando de él, y había un sutil aroma metálico a sangre flotando en el aire.
A tientas, posó sus manos en su rostro y depositó un suave beso en la comisura de sus labios.
-La próxima vez no me amenaces con saltar del edificio.
Él giró el rostro, evadiendo sus palabras con un silencio obstinado.
Anaís volvió a besarle dos veces en los labios con dulzura.
Pareció aplacarse, aunque su voz emergió áspera como papel de lija.
—Para la próxima, de verdad voy a saltar.
Un escalofrío recorrió la mano de Anaís. “¿Qué clase de monstruo he atraído a mi vida?”
Rápidamente tomó la caja que descansaba a su lado, la abrió y anunció:
-Te traje un anillo. Son anillos de pareja. Te pongo el tuyo y tú me pones el mío, ¿va?
Aunque el presente no era costoso, evidentemente tocó una fibra sensible en él. Su voz se iluminó con una alegría casi infantil.
-¿En serio?
-Sí, lo elegí especialmente para ti.
Mientras hablaba, Anaís extrajo el anillo, encontró uno de sus dedos entre la oscuridad y deslizó la joya en él. Luego, colocó su propia mano sobre la palma de Z.
-Ahora tú ponme el mío.
Su respiración se volvió inmediatamente pesada y, con dedos trémulos, tomó el otro anillo y lo deslizó en su dedo,
Anaís quería agregar algo más, pero tan pronto como el anillo encontró su lugar, los labios de él cayeron sobre los suyos con voracidad.
Casi sin aliento, confundida por la intensidad, sintió cómo besaba repetidamente el dedo donde ahora descansaba el anillo.
Su voz rebosaba felicidad genuina.
-¿Le has dado un anillo a alguien más?
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Capítulo 306
Con su memoria perdida, Anaís realmente no tenía forma de saberlo, pero instintivamente supo que no era momento de arruinar la atmósfera.
-No, eres el primero.
Se detuvo un instante y luego, con voz sombría, sentenció:
-Y seré el único.
Aquella sensación obsesiva volvió a envolverla como una manta sofocante. Anaís se recostó sobre su pecho, sintiéndose desorientada.
A veces dudaba si realmente sentía algo por él o si simplemente temía las consecuencias de su inestabilidad.
En la protectora oscuridad, dejó que sus labios reclamaran los suyos una y otra vez.
De pronto, impulsada por una curiosidad temeraria, preguntó:
-¿Quién es el hombre del que hablas?
Todo el ambiente romántico se evaporó instantáneamente. Sus movimientos cesaron como si hubiera pulsado un interruptor.
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