Capítulo 308
En cuanto a quién era la persona a la que Efraín apuntaba con la pistola, nadie lo sabía. Andrés había enviado la foto a propósito, aunque solo él conocía realmente la razón detrás de su acción. Una estrategia calculada que comenzaba a tejer una red invisible alrededor de sus objetivos.
Sin embargo, la persona encargada de entregar la foto casi pierde la vida cuando, al acercarse al Grupo Villagra, fue embestida por un camión. Salió despedida del vehículo y aterrizó sobre la franja verde que bordeaba la carretera, mientras la fotografía se deslizaba de su mano, manchándose con gotas carmesí de su propia sangre.
El mensajero se esforzó por abrir los ojos, intentando distinguir a quien se alzaba frente a él, pero su visión borrosa solo captó unas piernas que permanecían inmóviles con indiferencia. Unos dedos largos y elegantes recogieron la fotografía del suelo. Aquellas piernas subieron pausadamente a un auto y se desvanecieron en la distancia.
Andrés continuaba esperando noticias de su enviado, pero después de tres horas, no había señal alguna de él. Mientras acariciaba con movimientos circulares la taza de café frente a él, una sonrisa astuta se dibujó en sus labios.
“Parece que Efraín realmente teme que esta foto llegue a manos de Anaís“, pensó. Lo
que había comenzado como un simple tanteo resultó ser la grieta perfecta en la armadura de Efraín.
Apenas Anaís tomó asiento en las oficinas del Grupo Villagra cuando Valerio se aproximó
hecho una furia.
-¡Anaís!
-¿Qué pasa, Valerio? -respondió ella, desconcertada por su evidente hostilidad.
-¿Por qué mandaste a alguien a hacerle eso a Emilio? -bramó con los ojos inyectados de rencor-. Aunque no te caiga bien, no tienes ningún derecho a destrozarle la cara. ¡Es una estrella, por Dios!
Anaís lo miró completamente confundida. Ni siquiera sabía qué le había ocurrido a Emilio.
-¿De qué estás hablando? Yo no he hecho nada.
Valerio casi rechinaba los dientes de rabia, tomando una profunda bocanada de aire para
contener su furia.
-Mira, no quería llegar a esto, pero me has obligado, Anaís. Prepárate, si te atreviste a arruinarle la cara a Emilio, yo haré exactamente lo mismo con Raúl.
La amenaza flotó en el aire como veneno. Para Valerio, su único hijo era un tesoro invaluable. Esa mañana, cuando encontraron a Emilio, el hombre estaba tan perturbado que no paraba de gritar el nombre de Anaís como si hubiera contemplado el mismísimo infierno.
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Anaís sostuvo la mirada cargada de odio de Valerio, cuyos ojos parecían a punto de salirse de sus órbitas. Se contuvo de agredirla físicamente, pero su expresión resultaba profundamente inquietante.
Después del tenso encuentro, Anaís se dirigió a la oficina presidencial para buscar a Raúl, quien lucía particularmente agotado, con una barba más descuidada de lo habitual cubriendo
su rostro.
-Anaís -saludó con genuina alegría al verla.
Ella tomó asiento junto a él, preocupada por lo que acababa de escuchar.
-Raúl, ¿sabes qué le pasó a Emilio?
Raúl negó lentamente mientras se frotaba los ojos enrojecidos, antes de volver a su revisión de documentos.
-No conozco los detalles precisos, pero esta mañana lo encontraron cerca de nuestras oficinas con el rostro desfigurado, gritando tu nombre sin parar. Los altos mandos rumorean que tú ordenaste el ataque. Los que antes respaldaban a Valerio no vinieron hoy, todos se reportaron enfermos.
-¿Por miedo a mí? -preguntó Anaís, cada vez más sorprendida.
-Así es. Para ellos, tú fuiste capaz de destruir a Emilio con solo una orden, y temen ser los siguientes en tu lista. Antes querían ayudar a Valerio a derrocar a tu familia y quedarse con la
empresa, pero ahora, con lo de Emilio, están aterrorizados. Por eso solo Valerio se atrevió a confrontarte.
Anaís sentía cómo la confusión crecía en su interior. Emilio había salido solo la noche anterior,
y resultaba imposible que Roberto estuviera involucrado. A pesar de ser un desastre emocional, Roberto no poseía esa clase de crueldad. Además, se consideraba superior a Emilio, al que ya no veía como amenaza. Entonces, ¿quién podría haber sido?
-¿Valerio no llamó a la policía? -preguntó con la mirada baja.
-Llegaste tarde, Anaís. La llamó hace una hora. Ya vinieron a investigar, pero las grabaciones muestran que Emilio se causó las heridas él mismo. Valerio se niega a creerlo.
Raúl terminó de hablar y se frotó las manos nerviosamente.
-Parece cosa de brujería. Si te soy sincero, yo también creí que habías sido tú.
Anaís soltó una risa repentina que resonó en la oficina.
-¿De verdad me consideras tan despiadada?
Raúl no contestó. Simplemente sentía que Anaís siempre había poseído un halo de misterio imposible de descifrar.
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