Capítulo 311
Anaís sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras gotas de sudor perlaban su frente. La situación se había complicado en cuestión de segundos, dejándola completamente expuesta ante una trampa que no había previsto.
Efraín empujó con movimientos calculados el vaso frente a él, su voz destilando serenidad inquietante.
-Tu padre vendrá pronto a hablar contigo.
La joven recordó todas las ocasiones en que había asegurado al patriarca que no sentía absolutamente nada por Efraín. El anciano, a diferencia de otros, poseía un instinto agudo para detectar mentiras; no se tragaría ninguna excusa más que saliera de sus labios.
Anaís apretó los labios mientras su mente trabajaba frenéticamente buscando una estrategia viable, pero pronto comprendió que este asunto carecía de escapatoria. La honestidad era su única opción.
-Señor Lobos, solo intentaba sacarlo de un apuro. Se notaba que tampoco quería estar ahí
sentado.
-¿Te pedí ayuda?
Su tono permaneció impasible, con una calma que resultaba perturbadora.
Anaís se quedó muda. En realidad, él jamás había solicitado su intervención; ella había actuado por cuenta propia. Si el anciano decidía entrometerse, estaría completamente perdida.
Tras un minuto de tenso silencio, finalmente preguntó:
-¿Qué debería hacer ahora?
Apenas terminó la frase, Efraín comenzó a mover su silla de ruedas hacia la salida.
-Señor Lobos…
Ella lo siguió apresuradamente mientras él ingresaba al ascensor. No tuvo más alternativa que
entrar tras él.
El elevador los condujo hasta la suite. Una vez que la puerta del salón se cerró, quedaron completamente solos en la habitación. Él maniobró su silla hacia el dormitorio y Anaís, decidida, lo siguió de cerca.
Efraín se detuvo abruptamente. Con la punta de sus dedos desabrochó un botón de su camisa mientras arqueaba ligeramente las cejas al notar que ella continuaba tras él.
-Voy a cambiarme.
La preocupación consumía a Anaís. No podía convertirse en el objetivo del anciano ahora, o la empresa familiar de los Villagra correría grave peligro.
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Capitulo 311
-Señor Lobos, puedo ayudarlo a evitar estas citas a ciegas y amores no deseados en el futuro. No dejaría que una herramienta tan útil desaparezca, ¿verdad? Además, cuando dije eso antes, no me detuvo, lo que significa que puede manejar la situación después.
Ahora lo comprendía: cuando pronunció aquellas palabras, Efraín había otorgado tácitamente su consentimiento. No conocía a profundidad a este hombre, pero el Efraín que había visto desde su despertar era, como mínimo, alguien con suficiente educación para impedir que el anciano la destruyera.
Efraín ya había desabrochado dos botones y dejó su corbata sobre la cama.
-¿Ya no te importa tu novio?
-Hablaré con él.
-¿Hablarás?
Su tono contenía un matiz sarcástico, como insinuando qué hombre aceptaría semejante
situación.
Anaís tampoco estaba segura, pues el temperamento de Z resultaba impredecible, como si fuera a desmoronarse ante cualquier interés que ella mostrara por otro. Lo decía ahora para salvaguardar su propio bienestar y, de paso, obtener información sobre el terreno de Efraín.
Efraín, ya cambiado, movió lentamente su silla hacia ella, con una sutil sonrisa dibujándose en sus labios.
-Está bien.
¿Eso era un sí?
Suspiró aliviada mientras colocaba sus manos en la parte posterior de la silla, empujándolo
hacia la salida.
-Sobre ese terreno, señor Lobos, ¿podría darme alguna pista?
-No.
Anaís se paralizó, pensando que había escuchado incorrectamente.
Efraín ya se había acomodado en el sofá de la sala, tomando un documento que comenzó a leer con atención. El sonido de la pluma deslizándose sobre el papel inundó la habitación mientras bajaba ligeramente la cabeza, como si hubiera olvidado por completo la presencia de otra persona.
Anaís permaneció inmóvil por un momento, recordando que él no había probado bocado en el restaurante. Salió silenciosamente, decidida a traer algo de comida.
“Cuando necesitas ayuda de alguien, debes aprender a bajar la cabeza. El orgullo no sirve de nada en estas circunstancias.”
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