Capítulo 314
Anaís le entregó diez mil pesos a Lucía, explicándole que solo tendría que presentarse brevemente ante un hombre, sin compromisos adicionales. Confundida pero impresionada por la seriedad de Anaís y la generosidad del pago, Lucía terminó aceptando la propuesta con cierto recelo, imaginando que nada malo podría pasar si solo se trataba de una breve presentación.
Tras ultimar los preparativos, Anaís contactó a Lucas para informarse sobre la agenda de Efraín. Al confirmar que estaría disponible esa noche, acordó encontrarse con él en el hotel, sintiendo una mezcla de nerviosismo y determinación que le recorría el cuerpo mientras visualizaba la reacción que tendría al ver su “regalo“.
Lucas, percibiendo algo extraño en el tono de voz de Anaís, no pudo contener su preocupación.
-Oye, ¿segura que al señor le va a gustar lo que preparaste?
Anais había desaparecido por dos días y, como ya había renunciado al Grupo Lobos, desconocía por completo el ambiente renovado que se respiraba en la cúspide corporativa. Pero como suele suceder, a mayor ilusión, mayor desilusión. Lucas ya se lo había advertido, con la esperanza de que ella realmente estuviera poniendo todo su empeño en esto.
Mientras observaba a la joven frente a ella, Anaís sonrió con una seguridad que ocultaba su desesperación.
-Martínez, ahora que me fui, ¿no quedó una vacante allá arriba?
Si Efraín quedaba complacido, podría colocar a la chica en un puesto importante, solo para que él la viera diariamente. Y si llegaba a enamorarse de ella, hasta podrían casarse; aunque esto no calmaría completamente su anhelo, sería preferible a visitar una tumba fría. Anaís se había quedado sin alternativas, así que tenía que intentarlo, aferrándose a esta última posibilidad como quien se aferra a un salvavidas en medio del océano.
Lucas inspiró profundamente antes de responder.
-Sí, ¿quieres regresar?
-No, en la familia Villagra también hay mucho trabajo, y no creo poder descansar mucho. Por favor, agenda una cita con el señor Lobos para esta noche a las ocho en el hotel.
Al escuchar esto, Lucas sintió cierto alivio; parecía que Anaís finalmente había comprendido su situación y limitaciones dentro de la compleja dinámica empresarial.
Cuando transmitió discretamente el mensaje a Efraín, este experimentó un leve temblor en los dedos. Apenas eran las dos de la tarde, y todavía tenía una reunión pendiente que no podía postergar.
Sin embargo, todos los ejecutivos de alto nivel notaron que el presidente, conocido por su adicción al trabajo, hoy se mostraba distraído, incluso consultando repetidamente el reloj de pared. Los asistentes intercambiaban miradas furtivas, sin atreverse a preguntar, y
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continuaban con sus reportes lo mejor posible, evitando cualquier comentario que pudiera alterar el extraño ambiente.
La reunión concluyó a las cinco. Antes, Efraín solía señalar con precisión los problemas en los informés, pero hoy permaneció callado, sumido en un silencio que resultaba más intimidante que cualquier crítica. Finalizada la sesión, nadie se atrevía a retirarse porque él aún no se había levantado de su asiento.
Efraín mantenía la mirada baja, absorto en sus pensamientos, y cuanto más se prolongaba su silencio, más inquietos se sentían los presentes. El sudor perlaba la frente de los directivos, y algunos incluso comenzaron a enviar mensajes discretos a Lucas. Este tipo de reuniones extendidas no eran inusuales, pero que el presidente permaneciera en silencio después de concluidos los informes hacía que todos temieran por la estabilidad de sus puestos.
Lucas entró con serenidad a la sala de juntas y se aproximó a Efraín.
-Señor, la junta ya terminó.
Las pestañas de Efraín vibraron ligeramente antes de alzar la vista hacia el reloj en la pared.
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